Es hora de recoger. De volver a meter los recuerdos en la mochila -junto con las gafas de sol, la purpurina que aún queda en la piel y alguna que otra prenda perdida entre tanta emoción- y encaminarse hacia el bus, el tren o esperar a que lleguen los coches de los padres, cansados pero pacientes, para regresar a casa. Calahorra despide su Holika más multitudinario con ese «hasta pronto» que suena a despedida, pero también a promesa.
Atrás quedan cuatro días intensos, vividos a tope, en los que la ciudad se ha transformado por completo. Música en más de una decena de escenarios -tres en el alma del festival y otros tantos repartidos por diferentes puntos- han convertido cada rincón en una fiesta continua. Más de 25.000 jóvenes al día han llegado con la maleta cargada de ilusión, ganas de pasarlo bien y esa energía vibrante que lo impregna todo. Y es que durante estos días, Calahorra no ha sido sólo un lugar; se ha convertido en un estado de ánimo.

Ahora toca desmontar. Bajar estructuras, recoger cables, repasar sueños que durante unas horas parecieron eternos. Empieza también el momento de hacer balance, del repaso más de 200 horas de música en directo que han dejado una huella profunda. Esta edición se recordará por la presencia de nombres que llenan estadios y playlists: Ozuna, Omar Montes, Duki, Timmy Trumpet, Luck Ra o Dimitri Vegas & Like Mike. Pero también por los momentos que no estaban en el cartel y que, sin embargo, se han convertido ya en únicos.
Porque éste será el Holika en el que Ozuna se empeñó en saludar al público con un «¡Hola Logroño!» una y otra vez, mientras miles de manos le respondían desde Calahorra, bien conscientes de dónde estaban. O la noche en que Don Diablo no pudo actuar por un fallo técnico en el escenario central, y aun así, el ambiente no decayó. Porque Holika es más que los artistas: es la experiencia compartida, el calor de las masas y los bailes espontáneos en cualquier esquina.
Momentos únicos como el de Luck Ra que se adueñó del escenario y sacó a bailar hasta a los más reacios con su ‘Morocha’, demostrando que a veces solo hace falta una canción para borrar el cansancio y encender otra vez las ganas.

Durante cuatro días, los Holikers han vuelto a dejar claro que ser joven no está reñido con saber ser respetuoso con la ciudad que te acoge y agradecido con quienes lo hacen posible. Que se puede disfrutar sin dejar huella negativa, y que sí, que cuando se facilita un tren al centro, los chavales lo aprovechan y lo llenan todo. Que una plaza de toros puede dejar de serlo durante unas horas para convertirse en un auténtico Circo Máximo, con carreras de cuadrigas.
Se apaga el sonido, sí, pero queda el eco. Ese que resuena en la memoria de quienes estuvieron, que se colará en las conversaciones de los próximos días: en los “¿te acuerdas de…?”, en las fotos compartidas, en los ‘stories’ que aún seguirán girando en bucle. Y es que Holika no es solo un festival. Es una historia escrita con sudor, música, risas, descubrimientos y mucha, muchísima magia.
Ahora sólo queda decir: «Hasta 2026, holikers».


