Pocas cosas hay más sencillas que la arcilla. Es blanda, terrosa, gris. Apenas dice nada. Pero en las manos adecuadas, puede convertirse en objeto de deseo, en oficio, en arte e incluso en terapia. En ese milagro cotidiano de convertir barro en belleza vive Marta Berra, una ceramista que ha hecho de su taller en Logroño mucho más que un espacio creativo: un lugar en el que cada historia está hecha a mano.
En la calle Cristo, entre fachadas tranquilas y pasos lentos, hay una puerta que al abrirse huele a barro húmedo, a horno recién apagado y a calma (no hay ni cobertura dentro del local). El tintineo de platos presenta a Marta, vasca de nacimiento, riojana de corazón y ceramista por vocación. Este viernes celebra algo que parece sencillo, pero que encierra una historia de calma obstinada: los seis años de vida de su taller.
«Nunca lo habíamos celebrado», confiesa. Pero esta vez, sí. Ha preparado picoteo, bingo y, sobre todo, una excusa perfecta para juntarse. Porque eso es lo que ha construido Marta más allá de las piezas de gres y arcilla: una pequeña familia.

Su historia con la cerámica no empezó como un flechazo súbito, sino como esas piezas que ella enseña a moldear: poco a poco, con tiempo y presión justa. Llegó a La Rioja para estudiar en la ESDIR (Escuela Superior de Diseño), hizo prácticas con el reconocido ceramista Toño Naharro y luego trabajó en una empresa de muebles. Pero lo suyo no era el excel ni las ocho horas sentada frente al ordenador.
Así que en 2019, con más ilusión que certezas, abrió su propio espacio: estudio, tienda y taller. “El principio fue regulero”, dice entre risas. Apenas unos meses después, llegó la pandemia. Las puertas cerradas, los talleres suspendidos, las limitaciones. Pero Marta resistió. Y con ella, sus piezas y su gente.
Porque lo que empezó como un pequeño sueño personal, se ha convertido en algo más grande. Los talleres —que ahora están de moda, pero entonces no tanto— fueron creciendo en popularidad. “La gente no solo viene a aprender. Viene a desconectar. Es un oficio que exige concentración. Si no estás con la pieza, no sale bien. Y eso les obliga a dejar fuera el trabajo, las prisas, todo”.
Muchos hablan ahora de la cerámica como “el nuevo yoga”, y no es exagerado. Se ha convertido en un refugio mental para quienes buscan frenar al menos una hora a la semana. Entre sus alumnos, la mayoría son mujeres, aunque también hay “chicos muy creativos”. Personas de unos treinta años, con vidas a mil por hora, que encuentran en la arcilla una especie de terapia silenciosa. Como ir al gimnasio.

Y es que la cerámica se ha puesto de moda. Aitana lo dejó claro hace unas semanas en sus redes, compartiendo sus primeras creaciones de barro con entusiasmo. Instagram se ha llenado de cuencos imperfectos, platos con personalidad y jarrones torcidos que, más allá de su forma, tienen algo único: fueron hechos con las manos y el corazón.
Pero para Marta no es una tendencia. Es su día a día. “Tengo grupos que llevan viniendo desde el principio. Entre ellos se han hecho amigos. Aquí no solo haces piezas, haces vínculos”.
En su tienda se venden piezas originales: para regalar, para decorar, para restaurantes que buscan vajillas distintas. “Quieren lo personalizado, lo diferente. Y el que viene, repite”, dice orgullosa. Y no es solo por la estética. Es por la historia que hay detrás. Cada cuenco, cada taza, lleva algo de quien la hizo. Un giro de muñeca, una imperfección querida.
Y sí, a veces lo que sale del horno no es exactamente una obra maestra. A veces es un pisapapeles “con personalidad”. Pero, ¿y la satisfacción de hacerlo tú mismo? “No hace falta ser mañoso”, insiste Marta. “Es más cuestión de paciencia que de técnica. Si le dedicas tiempo, las cosas terminan saliendo”. Una frase que, en realidad, resume todo su viaje. Porque si algo ha demostrado es que con constancia, barro y mucha paciencia, se puede construir un lugar donde la gente no solo cree objetos… sino que también se reencuentre consigo misma.


