Aún hay aulas en las que se escuchan las declinaciones entonadas a coro por los alumnos y las obras de Hesíodo, Homero o Plauto se leen en su idioma original para después ser traducidas.
En un mundo en el que las humanidades cada vez son más denostadas, todavía son muchos los que apuestan por ellas. Prueba de ello son los grupos, cada vez más numerosos, de latín, griego y hebreo clásico. Este ha sido el segundo curso de la iniciativa ‘Atril’ impulsada por la Asociación Alfonso VI y cuyo fin es espolear la enseñanza de estas lenguas clásicas y reivindicar su vigencia en pleno siglo XXI.
Este curso han estado a tope. Debido al aumento de alumnos, han podido ofertar hasta cuatro grupos: dos de latín, uno de griego y otro de hebreo clásico. Los dos primeros se imparten en la Escuela Oficial de Idiomas de Logroño, mientras que para poder cursar hebreo clásico, los alumnos deben desplazarse hasta Miranda de Ebro.
Los grupos están diseñados para adaptarse a distintos niveles. En latín, por ejemplo, hay uno de iniciación y otro de continuación para aquellos alumnos que ya empezaron el curso pasado y llevan un año estudiándolo.
En cambio, «en griego decidimos hacer un único grupo con alumnos que empezaron el curso pasado y nuevos, aunque en seguida nos hemos nivelado y hemos llegado un poco más lejos», señala orgulloso Íñigo Eguaras, profesor de griego clásico.
Los grupos rondan entre los quince y veinte alumnos, además de otros tantos que siguen las clases de forma telemática. Íñigo explica que el perfil de los alumnos es de lo más variado: «Desde antiguos compañeros de profesión, hasta antiguos alumnos o interesados en general». A sus clases acuden «desde veinteañeros, hasta jubilados». Algunos llegan atraídos por la nostalgia; otros, por pura vocación cultural.
«Hay quien estudia latín o griego porque lo estudió en su día, que puede ser hace dos años o hace más de cuarenta. Otros lo ven como complemento a su formación y otros sencillamente porque les interesa la historia, la arqueología o las lenguas, aunque no tuviese ningún conocimiento previo», explica Íñigo. «El estudio de las lenguas clásicas es difícil de abordar de manera autodidacta e interesa a más gente de lo que podría parecer, y no necesariamente vinculada al mundo académico», añade.
Mucho más que gramática
«Un idioma es el idioma de una cultura y es imposible, y nada recomendable, separar ambas cosas», afirma Íñigo. Para este profesor es fundamental tratar de entender, aunque sea de manera superficial, la mentalidad de las gentes que lo hablaban.
Es imposible entender ciertos términos y sus diferentes matices si no se tiene una idea mínima de todo lo que rodeaba esa lengua. «Hay palabras que son esencialmente intraducibles porque son complejos conceptos culturales, sociales, filosóficos o religiosos», explica. También hay que tener en cuenta que son muchas las palabras o conceptos que varían a lo largo del tiempo y que tienen significados diferentes «dependiendo de la época y trasfondo cultural».
Por esto, en las clases de Íñigo siempre hay espacio para hablar sobre cultura, historia y mitología. Estos paréntesis son bien recibidos entre los alumnos. La mayoría de ellos aprenden estas lenguas para «saber más de la Grecia y Roma antiguas, del cristianismo primitivo y de nuestra propia tradición occidental, en definitiva».
Lenguas de cultura, no muertas
Íñigo considera erróneo el término ‘lenguas muertas’, entre otras cosas, porque están muy vivas. Mucho más de lo que somos conscientes. Esto es más evidente en el caso del griego: «Es una lengua viva, actual, una de las más antiguas que se sigue hablando hoy día. El griego clásico es un estadio más antiguo de una misma lengua, al igual que las obras de Gonzalo de Berceo son un estadio más antiguo del español. Como es natural, ha cambiado mucho y los nativos también tienen que estudiarla, como un filólogo hispánico tiene que estudiar el castellano del Mío Cid».
El caso del latín es muy diferente. «No tuvo la unidad del griego y evolucionó de manera diferente y paralela en los distintos territorios del viejo Imperio Romano y se e convirtió en las lenguas romance (italiano, español, francés…) que no son sino distintos dialectos de un latín vulgar evolucionado», explica Íñigo.
«Sería como considerar la historia ‘muerta’ porque son hechos ya producidos que no se van a volver a producir. Nunca va a volver a haber un Imperio Romano o un Renacimiento, aunque en distintas épocas haya paralelismos», sentencia.
Ambas lenguas, sobre todo el latín, se convirtieron en lenguas de cultura: «Supralenguas que en un momento dado se ‘fijan’ y dejan de evolucionar para convertirse en vehículos culturales que trascienden épocas y fronteras mientras que los dialectos locales y vernáculos fueron evolucionando y transformándose. Como decía un compañero, no es que sean lenguas muertas, sino lenguas inmortales».


