Llegaba la tarde marcada por la fumata blanca. El tañer de las campanas por la buena nueva se entremezclaba con el tintineo de los cascabeles de los caballos que tiraban de los coches de caballos. Un festín de sonidos en la ciudad de la luz y el color. Sevilla en primavera y en todo su esplendor. Cierto es que venía a faltarle a la tarde algo de temperatura. Los 21 grados de máxima. La brisa, más propia de los idus de marzo que de estas fechas de mayo.
Parecía írsele a Diego Urdiales su oportunidad de esta feria de abril, cursada en mayo, entre los dedos que habían mecido dos verónicas colosales. De caro trazo y soberbio temple. Porque allá que el toro de Juan Pedro Domecq empezó a blandear. Y a ser protestado. Fue la muleta de Urdiales la que obró el milagro de hacer brotar el toreo de lo que parecía un pozo seco. Una clase magistral de colocación, distancias, alturas y terrenos. Y de verdad. De mucha verdad. Todo a favor del toro. Todo en pos del toreo.

Foto: La Maestranza-Pagés
Se desbordaba el temple en aquellos redondos de excepcional dibujo. De tan cara trayectoria. Tan despaciosos. Tan enormes. El pecho ofrecido, la cintura encajada, los talones hundidos. Todo a compás. Intacta la pureza. Todo toreaba en Urdiales. Y La Maestranza se dividía bramando los oles y los ‘bieeeeeennn’, siempre roncos y también interminables. Que las pocas fuerzas de aquel ‘juampedro’ de enorme clase impidieran la ligazón hizo que cada muletazo adquiriera mayor solemnidad. La excelencia. Lo mismo al natural. Idéntica la cadencia, similar la grandeza.
El enfrontilado final, salpicado de trincherillas y adornos rezumantes de sevillanía, preludió una estocada de ley. En la suerte contraria, tirándose tras la espada Urdiales tan derecho. Oreja de enorme peso y argumento incontestable.

Foto: La Maestranza-Pagés
Con lo del nuevo Papa no dije antes que la tarde se antojaba como un sándwich, pero al revés. El jamón emparedando al pan. Ea; Urdiales, Castella y Aguado. Y, hablando de pan de molde, ocurrió lo de la ley de Murphy; que la tostada cayó como no debía y los mejores toros de la interesante corrida de Juan Pedro Domecq fueron a parar al francés Castella. Cierto es que se le vieron a este las costuras luego de aquel milagro de Urdiales, pero su tarde consistió en tirar líneas rectas, recurrir al efectismo y demás alardes.
La reunión que sobró en aquellos ceñidísimos embroques por chicuelinas faltó en el toreo fundamental que trató de instrumentar Castella poco después. Mucho movimiento y pocas nueces. Parece como si Castella siguiera siendo aquel mismo torero de 2005, cuando al toreo apenas habían llegado los Morante, Urdiales, Ortega o Aguado para virar el rumbo de la tauromaquia.
Paseó una oreja de ‘Mágico’, un gran toro de Juan Pedro Domecq por prontitud, repetición, ritmo y son. De preciosa lámina también; recogido de pitones, tan fino, tan rematado y musculado. De torera expresión todo él. El tal ‘Mágico’ sirvió para que Sevilla ovacionara al picador Agustín Romero por cómo ejecutó la suerte, que no por el castigo infringido, y también al banderillero Rafael Vioti. Lucieron ellos más que su jefe, como dije, siempre tan periférico. Tan marrullero. Además, la estocada se fue demasiado atrás.

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La misma historia se repitió en el quinto: ovaciones para la cuadrilla con el francés a lo suyo. Tanto pesaba entonces el genial toreo de Urdiales que a Castella le dejaron de tocar la música entre las protestas del público y le negaron una oreja para la que hubo petición en los tendidos, mas no razones en el ruedo.
Por su parte, Aguado protagonizó una faena breve y torera a partes iguales ante el astado corrido en tercer lugar. Pronto y en la mano. Aquel primer molinete seguido ya de una serie en redondo maciza y bella. Aguado y la naturalidad. Esa que desprende todo su toreo, tan sencillo, tan grácil, tan aparentemente fácil. Hubo reminiscencias a Triana. También a la Sevilla de antes. Tanto con el capote como con la muleta. Aquellas verónicas rebosantes de gracia y gusto; aquella media colosal. O aquel cambio de mano de cartel. Va con Aguado la gracia que ni se vende ni se compra. Se tiene o no se tiene y el sevillano, a Dios gracias, la rebosa. Quizás tanta naturalidad merme poder y sometimiento a sus obras. Pero solo quizás.
No hubo más de cuatro series. Igual de bellas y sentidas todas. Un fallo a espadas dejó su bella obra sin el premio debido.

Foto: La Maestranza-Pagés
Detalles con el capote pudieron esbozar Urdiales y Aguado con sus otros enemigos, tan faltos de fondo y poder. Aquel querer sin poder. Torero fue el inicio de Urdiales por bajo con aquel trincherazo sublime. Su trasteo fue un intentar abrir caminos a un toro que nunca pareció querer caminar. Por ello, recordemos lo del cuarto y su grandeza. El toreo y su milagro.
La ficha
Plaza de toros de La Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Duodécimo festejo de la Feria de Abril 2025. Lleno.
Toros de Juan Pedro Domecq, bien presentados y de buen juego en líneas generales, excepto los corridos en primer y sexto lugar. Flojo fue el cuarto. Se ovación en el arrastre al lidiado como segundo, de gran juego por prontitud, ritmo y repetición.
– Diego Urdiales: saludos desde el tercio y oreja.
– Sebastián Castella: oreja y vuelta al ruedo tras petición.
– Pablo Aguado: vuelta al ruedo y silencio.
Saludó Rafael Vioti tras banderillear al segundo y José Chacón y Alberto Zayas tras hacer lo propio en el quinto.


