Tinta y tinto

Santificarás las fiestas

Foto: PrekoRock

Cada vez que se acercan las fiestas de San Mateo, uno mantiene la esperanza de que este año, por fin, alguien se haya acordado de que las fiestas son para la gente. Que los colectivos, las peñas, los vecinos y las cuadrillas vuelvan a tener el protagonismo que nunca debieron perder. Pero no. A cada paso, más lejos. Más institucionalizadas, más privatizadas, más desconectadas.

Este 2025 el Ayuntamiento ha decidido reconvertir el Espacio Peñas en algo llamado La Terraza de San Mateo. Una concesión privada en la misma parcela de siempre, con conciertos por confirmar y posibilidad de cobrar entrada. Lo presentan como un espacio integrador, pero la realidad es que se ha hecho de espaldas a quienes llevan años dejándose la piel para que haya fiesta (las peñas lanzaron un comunicado para arremeter contra el Ayuntamiento el mismo día del anuncio). No hay integración posible cuando no se cuenta con quienes hacen la fiesta posible. Y así es como, en esta ciudad, dejamos de cumplir el tercer mandamiento: santificarás las fiestas. No con misa ni oración, sino con cuadrilla, parrilla y vino. Pero con devoción, al fin y al cabo.

Y mientras tanto, los concejales nos cuentan que en El Campillo, en el futuro ‘Logroño Arena’, no podrá haber grandes conciertos (suponemos que grandes eventos) en fiestas «por falta de aparcamiento» al estar ocupado el cercano recinto ferial. ¿Y si se reforzaran los autobuses? ¿Y si camináramos diez minutos como hacemos en cualquier festival de verano? ¿Y si, de una vez, pensáramos en las fiestas como algo más que una serie de obstáculos logísticos?

Cada decisión parece responder a un interés que nada tiene que ver con la fiesta. O peor, con un desinterés absoluto por lo que la fiesta significa. La desaparición del Espacio Peñas no es un cambio de nombre ni una cuestión de programación. Es una declaración de intenciones. Una forma de decir: ahora mandan otros. Y esos otros no están pensando en la charanga, en el humo de las chuletillas ni en el primer trago compartido en un chamizo lleno de amigos.

¿Queremos devolver la fiesta a la calle y a las peñas su protagonismo? Lo tenemos fácil: sus chamizos deben poder tener su propio bar en el que servir cubatas, cervezas y kalimotxos. Así, en una noche, harán la misma caja que con las tropecientas degustaciones que llenan de actos el programa y de filas la ciudad, pudiendo también ofrecer actuaciones en sus locales (punto para Leticia Sabater el año pasado). Como se hace en media comunidad, por mucho que la hostelería ponga el grito en el cielo. Y a cambio, para los bares, una solución tan sencilla como efectiva: sacar las barras a la calle. Porque lo que la gente quiere es estar al aire libre. Portales, Sagasta, San Bartolomé, la Plaza del Mercado… ganarían (aún más) vida como le ha ocurrido a la plaza frente al Museo de La Rioja y el Hotel de Correos. Los bares no serían latas de sardinas para pedir e incluso los camareros podrían incluso respirar.

Las fiestas son eso: salir. Mezclarse. No mirar la programación con cara de póker, sino encontrarse por casualidad con la música, con el vecino, con el humo de la parrilla o de las patatas con chorizo. Eso no lo genera un pliego. Lo genera la gente, si le dejas. Se ha vuelto a perder una oportunidad para sumar, para reforzar el tejido social, para empoderar a quienes han hecho las fiestas incluso cuando nadie apostaba por ellas. A este paso, habrá que ir pensando en otra cosa. No en otra fiesta, sino en otra forma de rescatar lo que fue San Mateo: barrio, cuadrilla, humo, charanga, risas, desorden amable. Lo demás —las terrazas, las licitaciones, las frases institucionales— no lo recordará nadie dentro de unos años. Pero el primer trago de zurracapote compartido en un chamizo mal ventilado, eso sí. Eso, señoras y señores, sí que era santificar las fiestas.

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