Jueves Santo, pasadas las nueve de la noche. La avenida de Valvanera de Calahorra ya huele a incienso, a madera y a emoción contenida. Se siente en el aire que algo especial está a punto de comenzar. La gente empieza a agruparse en las aceras, en los balcones, en cada rincón. De pronto, un murmullo creciente anuncia la llegada de Jesús. Montado sobre la borriquilla, avanza entre la multitud que agita ramos de olivo y palmas. Y ya no hay escapatoria: estás dentro de la historia.
El recorrido continúa. A cada paso, los escenarios cambian. En una esquina, se monta la Última Cena, lo suficiente cerca como para ver los gestos, los susurros entre discípulos, la inquietud en el rostro de Jesús. El pan, el vino, las miradas. Apenas ha terminado la escena cuando la atención se desplaza hacia un jardín cercano. Es el Huerto de los Olivos. Jesús ora en soledad, mientras los centuriones de la Legión se acercan entre sombras. Judas se adelanta. El beso. El Prendimiento.

Un momento de la ‘Escenificación de la pasión de Cristo’. EFE/Fernando Díaz
Seguir andando supone seguir inmerso en el espectáculo, que no es solo teatral: es íntimo, colectivo, profundo. En el Juicio de Caifás, las luces bajan, se oye un gallo, y Pedro baja la cabeza tras negar por tercera vez. Hay silencio entre el público. Un silencio que, a veces duele.
En el Palacio de Pilatos, el espectáculo se intensifica. El látigo suena seco y retumba en los altavoces como un latido roto. Jesús es coronado de espinas, azotado, humillado. Pilatos se lava las manos. Y el pueblo lo sigue hasta el Calvario. Durante el trayecto, Jesús cae una, dos, tres veces. El sonido de los tambores es constante, como un corazón que no quiere dejar de latir. El Cirineo aparece, la Verónica limpia el rostro ensangrentado. Esas pequeñas escenas hacen que se olvide que esto es una representación. Porque no lo parece. Es real.

EFE/Fernando Díaz
A lo lejos, algo sacude por dentro: Judas, desesperado, se debate entre el arrepentimiento y la culpa. Su final es sobrecogedor. Y entonces, llega el Calvario. El camino se ilumina con antorchas. La legión escolta a los reos. Jesús, los ladrones, y detrás, María, Juan, el pueblo. Allí, en lo alto, se levanta la cruz. La música y los efectos de sonido completan una escena imposible de olvidar.

EFE/Fernando Díaz
La Crucifixión es un momento de recogimiento. El silencio que acompaña al descendimiento es abrumador. María, a los pies de su hijo muerto, pronuncia un monólogo que arranca lágrimas sinceras. Y cuando ya parece que todo ha terminado, cuando la emoción nos ha dejado exhaustos, sucede. La Resurrección. Luz blanca, música, un estallido de esperanza y aplausos, miles de ellos de un público que cada año sigue fiel a la representación de Paso Viviente.


