Si ya de por sí era bastante desalentador visitar la Catedral de Calahorra, siempre vacía, sola y oscura, la cosa ha mejorado. A la encomiable labor de Don Ángel Ortega, auténtica piedra angular de la Catedral y de la asociación Amigos de la Catedral, nadie se une. Turistas abandonados a su suerte, pocas facilidades y mantenimiento cero. Un hombre singular y el trabajo de una asociación independiente son los cimientos sobre los que se apoya esta antigua Catedral.
Edificada en el lugar donde sufrieron martirio San Emeterio y San Celedonio, este templo se construyó para mayor gloria suya y de su fé. Primer templo de una de las Diócesis más importantes de España y ahora es un simple problema para muchos. Un Obispo en fuga desde hace tiempo que, en el mundo del teletrabajo, no puede residir en la cabecera de su Diócesis.
Otra Catedral en Santo Domingo, cuidada y mamando de la teta de un Camino de Santiago, otrora peregrinación mística de recogimiento y ahora parque temático y santo grial del senderismo; y una concatedral en la capital de la provincia que, pues eso, es la capital y donde esté la Redonda que se quite San Bernabé y Santa María de Palacio (a los nuevos Obispos les gusta mas esto).
Esta es una Diócesis, como dirían los futboleros, de cantera, la Masía Episcopal; de aquí han salido Arzobispos de Toledo y Primados de España, Arzobispos de Barcelona, Arzobispos de Zaragoza, vamos, que de aquí sales lanzado. ¿Cuál es el problema? Calahorra, Calahorra es el problema. Ya en la última década del siglo XIX se lio parda, como se dice en este bendito país. Hasta incluso salimos en el New York Times de allende los mares por el jaleo que montamos para no perder la silla episcopal, y desde entonces… problemas. Problemas por intentar los calagurritanos empeñarnos en ser algo, cuando la realidad es que ya no somos nada, un simple recuerdo, una china en el zapato de la Curia y la Conferencia Episcopal.
Todo esto puede parecer triste, pero a los calagurritanos siempre nos queda algo, algo muy importante para los fieles y los que de verdad creen; nuestras reliquias. Poder ir a nuestra Catedral y pasar un ratito hablando con nuestros “vecinos”, Emeterio y Celedonio, los del arenal, los del paseo de las bolas (para que caigan en quienes son) charlando con ellos, contándoles nuestras cosas, nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras necesidades o dándoles las gracias por algo que en nuestro interior sabemos que ellos nos han ayudado a conseguir. Esos ratitos de intimidad, de paz, de charla con unos amigos, se están poniendo cada vez más difíciles.
Ahora la Catedral está cerrada. Hay que acceder por una taquilla y por el museo del claustro. Primero hay que asegurar que eres de la antigua Ciudad de los Mártires, ahora Ciudad de la Verdura, para que te dejen pasar sin pagar. Después, al final del claustro, un lacónico cartelito te muestra dos direcciones: Sacristía e Iglesia, nada de los Mártires. Si tomas la dirección de la Iglesia accedes al altar Mayor y allí, si buscas bien o sabes dónde buscar, localizas a tus amigos. Allí están Emeterio y Celedonio, las urnas con sus reliquias, sin luz, a oscuras, sin brillantez, esto ya no es su templo, es un museo, como cuando el posadero quiere cerrar y va apagando las luces del negocio para que los parroquianos, nunca mejor dicho, vuelvan a sus casas. En esto se va quedando nuestra gloriosa historia.
El cartelito del claustro es gracioso por no hacer mención a los Santos, cuando no triste, pero tendrían que poner otro en el lugar en el que está el que dice así: «El último que apague la luz». Porque la luz está apagada…
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