Bosonit no construirá nada en el Casco Antiguo de Logroño. Último capítulo de una novela que empezó en 2021. Punto final. Aplausos en la sala para los que hicieron todo lo posible para que no se hiciera. Para los que pusieron palos en las ruedas desde el primer plano, los que hablan de agresiones patrimoniales mientras pasean entre solares vacíos y fachadas apuntaladas. Enhorabuena, lo habéis conseguido: nada. Los que se opusieron desde el minuto uno están hoy de celebración. No habrá sombra sobre la iglesia, ni modernidad junto a la piedra. Solo silencio, polvo y algún gato callejero con vistas a un muro desconchado. Y eso, al parecer, es lo que algunos entienden por preservar el patrimonio.
Logroño pierde una inversión millonaria, un edificio emblemático firmado por Kengo Kuma, seiscientos empleos, vida diaria en el Casco Antiguo, y una oportunidad —cada vez más escasa— de que el centro deje de ser un decorado de postal vacía entre semana. Pero no pasa nada. Ya están celebrando la victoria en algún foro de expertos patrimonialistas. Ellos ganan, aunque todos perdamos. La cosa es que aquí no se ha perdido solo un edificio. Se ha perdido una idea. La de que en el centro de una ciudad se puede vivir, trabajar, innovar…
La oportunidad surgió hace unos años y será difícil que se repita. En ese momento se daban todos los condicionantes para intentar levantar un proyecto de esos que transforman una ciudad para siempre. Cuatro años más tarde es imposible. La empresa ha dicho basta porque esto no va solo de planos y ladrillos. Va de certezas. Y cuando una empresa tiene que esperar años, modificar proyectos, volver a plenos, y seguir escuchando que no, que tampoco, que no así, que no ahora… pues se acaba cansando. ¿Y quién puede culparles?
Y ahora que Bosonit ha dicho «hasta aquí», es el momento de preguntarse: ¿y ahora qué? ¿Vamos a dejar que cada nuevo proyecto acabe estampado contra el muro invisible de la utopía patrimonial? ¿O vamos a atrevernos a pensar la ciudad en términos de presente y futuro? En este punto llega la parte más delirante del asunto: bastó que la empresa anunciara su renuncia para que todos los partidos, en tiempo récord, salieran con la misma receta: viviendas. No una reflexión, no un debate, no una búsqueda de equilibrio. VPO. Como si el Casco Antiguo necesitara únicamente eso para revivir (y ojo porque las necesita).
¿De verdad creemos que la solución a todos los males del Casco Antiguo es construir pisos? ¿Dónde están los planes para fomentar el trabajo en el centro? ¿Dónde está la conversación sobre el uso mixto del suelo urbano? ¿Sobre cómo combinar vivienda, oficinas, comercio, cultura y espacio público? ¿Dónde está la propuesta valiente que apueste por atraer a jóvenes y profesionales a vivir y trabajar en la zona?
El Casco Antiguo necesita vida. Pero vida de verdad. Diaria. Estable. Con empleo, con movimiento, con gente bajando a por un café entre reunión y reunión, con comercios que vendan más allá del sábado por la tarde. Para eso hace falta que alguien venga a invertir. Que alguien arriesgue. Y para eso también hace falta algo tan impopular como necesario: aparcamientos. Sí, esa palabra maldita. Porque si de verdad queremos implantar oficinas en el Casco Antiguo, habrá que dar acceso, comodidad y servicios. Si no, no lo hará nadie. Ni empresas, ni autónomos, ni funcionarios. Es así de sencillo.
No estamos hablando de un solar cualquiera. Estamos hablando de un símbolo. De una oportunidad perdida que difícilmente volverá. Porque las empresas no suelen llamar dos veces a la misma puerta cuando se les recibe con pegas. Y sí, claro que hay que proteger el patrimonio. Pero proteger no es enmarcar. No es dejar en ruina lo que no puede rehabilitarse con dinero público. No es esperar a que algún día ocurra un milagro. Proteger también es adaptar, evolucionar, encontrar fórmulas compatibles entre historia y futuro.
Por eso, cuando alguien se atreve a mirar al frente, a proponer algo nuevo en medio de un casco antiguo que muchos ya dan por perdido entre ruinas, lo mínimo sería escucharle. Y si tiene sentido, acompañarle. Pero no. Aquí seguimos pensando en pequeñito. En lo de siempre. En VPO para el solar, aunque luego se tarden diez años en levantar un ladrillo. El edificio de Bosonit no se va a construir. Y lo peor es que nadie parece tener un plan alternativo. Sólo un reflejo automático, un titular facilón, y el eterno miedo a romper la rutina de la decadencia. Ya no es que se haya perdido un proyecto, es que seguimos perdiendo ciudad. Y no hay ciudad más gris que la que solo se mira en sepia ni patrimonio más muerto que el que no se toca.


