La del camino de Arenzana, en término de Cárdenas, es una de las últimas viñas que le quedan por podar a la familia García. De pendiente pronunciada y cepas al vaso de garnacha plantadas en 1930, con viuras en la cabezada. Eladio, Fernando y Raúl; abuelo, hijo y nieto se cargan los chalecos de las tijeras eléctricas a la espalda. Hay que aprovechar que la mañana ha salido soleada después de varios días de lluvia. Que se lo digan al veterano, que cumple este verano 93 años y muchos días no hay quien le coja el guante en la viña. «Que si hay que ganar el sueldo no hay que parar», bromea con un sentido del humor que parece ser el que lo mantiene con energía para no quedarse en casa cada mañana.
Esta cuadrilla de podadores también organiza la faena en función de los ciclos lunares. «Nos gusta podar en creciente porque el sarmiento tira más hacia arriba y eso deja los racimos más aireados, mientras que si se hace en menguante el sarmiento tiende a tumbarse», apunta Fernando sin perder el ritmo de las tijeras (aunque su padre ya va cuatro o cinco cepas por delante). Y por si fuera poco, nada más podar unos cuantos sarmientos los coge en haz y comienza a trocearlos y tirarlos al renque de la viña.

Eladio García, en un viñedo en Cárdenas. | Foto: Leire Díez
«Aquí no pasamos la prepodadora, ni la picadora, ni la saca sarmientos. Podamos y directamente los troceamos para que sirvan de materia orgánica. No nos gusta meter maquinaria pesada como son los tractores en este tipo de viñas para no alterar el suelo. Además, estos sarmientos aquí en la zona de mayor pendiente de la viña también actúan de presa de sujeción cuando hay lluvias que arrastran los sedimentos y así el agua se filtra mucho más. En la parte baja de la viña, donde es más llano, sí solemos labrar porque se suele acumular el agua», explica.

Fernando García, en un viñedo en Cárdenas. | Foto: Leire Díez
Una gestión de la poda diferente a la que hacen en la parte baja de esta viña, en una zona más de hondonada y donde las heladas son más frecuentes. «Aquí lo que hacemos es una especie de prepoda y luego después de brotar por los últimos brotes del sarmiento la recortamos, cuando ya ha pasado el riesgo de heladas. O hiela en mayo o ya no se nos hela la viña. A esta técnica se le conoce aquí como maestreao porque es que Cárdenas es una zona muy heladiza con muchos hoyos y barrancos», añade el joven de esta familia de podadores.
Raúl, de 27 años, lleva casi tres años en el campo después de haber trabajado en otra bodega de Rioja haciendo un par de vendimias: «Sabía que me iba a quedar en el campo porque es lo que me gusta, pero no pensaba que iba a ser tan pronto». Pese a la tendencia que corre a día de hoy por las viñas con cada vez menos jóvenes dedicados a ellas, Raúl asegura que en Cárdenas hay otros cinco jóvenes viticultores.
Y lo más importante, tiene el apoyo de los de casa. «Yo estoy encantado pero sobre todo porque sé que a él le gusta estar aquí. Al final yo no podría trabajar en un sitio en el que no disfruto porque lo importante es estar a gusto con lo que haces». Y con ese sentimiento se recorren las cerca de 35 hectáreas que tienen repartidas entre Cárdenas y Nájera, principalmente, y también en Camprovín y Baños de Río Tobía.

Raúl García, en un viñedo en Cárdenas. | Foto: Leire Díez
Reconocen que el sector arrastra años para olvidar, pero «o estás en la Champions League o te dedicas a coger kilos y más kilos». Ellos apostaron por la primera opción que implicaba trabajar las viñas viejas de la familia y el punto de inflexión llegó cuando encontraron en Vintae la bodega que apostaría por sus uvas. «De ahí surgió el proyecto El Pacto que hoy da nombre a los vinos. Sabíamos que teníamos buenas uvas pero no a la horda de hacer el vino en casa no salía como esperábamos para la calidad de la materia prima. Algo estábamos haciendo mal, hasta que llegamos al motivo: el suelo. Así que cambiamos todo el sistema de agricultura y dejamos los herbicidas e insecticidas. El musguillo verde que aparece aún es síntoma del glifosato que se ha echado pero poco a poco irá desapareciendo», explica Fernando.
Ya lo dice Eladio: «En Navidad nadie te va a preguntar cuántos kilos has cogido, pero sí te van a decir el buen vino que has hecho». Así que tienen claro cuál es su objetivo. «Cierto que es que deben darse las dos partes, tanto un viticultor que produzca uvas de calidad como una bodega que pague por ellas. Pero creo que el que tiene mayor responsabilidad es el viticultor, al final si tienes buenas uvas puedes exigir buen precio por ellas, que luego igual no te la pagan, pero tu ya puedes exigir. Si llevas malas uvas es cuando no te las van a coger».
Eladio ya está llegando al final del renque de cepas. Un día más, el primero de la cuadrilla en hacerlo. «Viene todos los días a la viña y si llueve dos días seguidos y no puede salir de casa ya se sube por las paredes. Si encima pasa la tarde aquí con el nieto, ni te cuento lo contento que se pone, ahí sí que disfruta de la viña», señala Fernando. Será que estas tijeras de podar son más fáciles y cómodas de manejar que las que usaban antaño, morisca también en mano. «¡Eh! Pero que la viña ya me domina», lanza Eladio a lo lejos.


