Cuando jugábamos a fútbol en el patio de Gonzalo de Berceo solía pasar que nadie quería ser portero. Habitualmente acababa bajo palos el más malo del equipo, o el primero que pasara por ahí. Si querías formar parte de este grupo de niños que jugaban a fútbol, la mejor vía de entrada era pasando por la portería hasta tener la confianza suficiente para decir que jugabas aún mejor de delantero y que te pusieran para demostrarlo. Pero antes, siempre surgía la frase más celebrada de toda infancia bien vivida: «Ponte tú».
El ponte tú es un hecho tan improvisado como voluntarioso. Si hacía falta que alguien se pusiera para estar los necesarios, el ponte tú te permitía jugar contra mayores, o demostrar que estabas dispuesto a hacer casi cualquier cosa -hasta ponerte de portero- para ser parte de ese equipo. Se aguantaban los taponazos o lo que era aún peor, el tener que ir a por la pelota cada vez que ésta salía por la línea de fondo.
Ponte tú era una primera frase para hacer amigos, una brecha en grupos cerrados por la que poder colarse hasta ganar espacio y por tanto confianza. El ponte tú ha acompañado a muchos jugadores y equipos a lo largo de sus respectivas trayectorias. Era habitual que pasara, por ejemplo, en clubes de barrio. El equipo estaba hecho, la temporada comenzada y el entrenador ejercía su rol con más o menos éxito.
Hasta que éste -el papá de turno o el amigo del club del momento- se cansaba y pedía que alguien asumiera el reto de tener que controlar a diez o doce críos que no escuchaban la mayor parte del tiempo nada de lo que se les pedía. Entonces, llegaba el presidente, miraba a los que andaban por ahí, y emitía las palabras mágicas: «Ponte tú». Y ese tú pasaba a ser entrenador por amistad con el presidente o con el club.
Así parece que está gestionando Félix Revuelta el club durante las últimas temporadas. O quizás haya venido siendo así desde un principio, pero ahora, al calor de los reiterados malos resultados deportivos, se pone más atención a la gestión de un presidente que ha dotado a su club de una ciudad deportiva y que ha alcanzado -no se sabe ni cómo- la cifra de los 5.000 abonados en Segunda Federación.

Pero subyace en este proceder -al menos en lo deportivo- un aspecto esencial para entender la figura de Félix Revuelta. No se fía de nadie. Y se rodea de personas que poco a poco han ido ganándose su confianza. Sergio Rodríguez, Juanjo Guerreros, Carlos Lasheras, Eduardo Valdovinos… su honestidad está fuera de toda duda. Su fidelidad al club está a prueba de bombas. Son los hombres del presidente, que buscan lo mejor para el club, aunque no les vienen saliendo los resultados, sobre todo los que competen al primer equipo.
Los asesores del presidente no tienen poderes ejecutivos, ni las áreas parecen perfectamente establecidas, como ocurre en la mayoría de empresas, al menos en las que mejor funcionan. Nadie tiene una visión de todas estas áreas para trasladarle al presidente qué pasos se deben dar en beneficio de todo el club. En el barro del fútbol, todos tienden a pisar todos los charcos, y más cuando el propietario y dueño no acaba de entender que el fútbol es diferente, aunque se debe gestionar de la misma manera que una empresa, pese a que los resultados dependan de marcar un gol más que los rivales, y eso no hay forma humana de controlarlo al 100%.
Félix Revuelta es un empresario hecho a sí mismo, de la vieja escuela, enclavado ahora mismo en un ecosistema, el del fútbol, que no conoce en absoluto. No hay nadie más allá de Sergio Rodríguez, Carlos Lasheras, Juanjo Guerreros y Eduardo Valdovinos. No conoce a nadie más. Ni tampoco parece estar dispuesto a hacer nuevas amistades, como suele suceder cuando uno ya va cumpliendo años. Se mueve en un mundo que cambia muy rápido y la UD Logroñés es un club lento en la toma de decisiones importantes. Por eso, la UD Logroñés es una entidad que no sabe dar respuesta a sus crisis. A las crisis importantes. Como la actual. Crisis que ponen en duda la identidad propia del club.
Crisis realmente profundas, que ponen en riesgo la respuesta social de cara a la siguiente temporada. Por eso, y aunque no sea así, da la sensación de que este club se maneja actualmente como los clubes de nuestros barrios. El ponte tú. El que pasa por ahí a la espera de que cambie el viento. Pero el viento no varía. Ponte tú, Sergio Rodríguez. Ponte tú, Yayo. Como ya se puso anteriormente Sergio Rodríguez en la otra crisis realmente profunda de la entidad, cuando se descendió a Segunda Federación.

Mientras tanto, Félix Revuelta se va quedando con verdades futbolísticas realmente frágiles, del todo incorrectas, pero que van formando el club: que si ese entrenador no funcionó aquí porque era andaluz. Que si el otro quería ser funcionario. Que si fuimos a un playoff sin porteros… En juego está la credibilidad de un club que se está dejando mucho del prestigio logrado -dentro y fuera de La Rioja- en decisiones incomprensibles en un club de fútbol, porque nada tienen que ver con el fútbol, como se pudo ver este pasado domingo.
Nadie ahí dentro parece en disposición de decirle al rey que éste ahora mismo se pasea desnudo, que nada es como está analizando, que la realidad exige una revisión profunda de las estructuras del club para, con más personas adecuadas en áreas ahora inexistentes, con tiempo y paciencia, con confianza y control de la gestión de todas las áreas, la UD Logroñés se pueda ir poniendo de pie.
De lo contrario, la entidad seguirá anclada en las soluciones improvisadas, las malas ruedas de prensa, los pésimos mercados de invierno, las cuartas o quintas opciones, los empates en Segunda Federación, los pitos, la bronca y la indiferencia. Y nada parece que vaya a cambiar, porque nadie parece ahora mismo en disposición de explicar -independientemente de lo que vaya a suceder en esta recta final de campeonato- a sus aficionados, que se están dando a la fuga, motivos de peso para no rendirse, no ceder, resistir porque alguien les cuenta que lo que está por llegar sí comenzará a tener sentido.
Saber que se tiene un plan resulta ahora más importante que nunca. Pero hay quien sospecha -y no le falta razón- que si no se cuenta nada es porque no hay nada que contar porque nada va a cambiar. Ponte tú… hasta que le toque al siguiente.



