Tinta y tinto

Tinta y tinto: ‘Me llama Rodolfo’

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

«Me llama Rodolfo». Dani Ortiz se giró hacia mí y me enseñó la pantalla del móvil. «Ya sabes para lo que es». Nuestro último jefe en El Correo siempre llama por estas fechas. Unos días antes, unos días después. Nunca falla. Como esa tía que siempre pierde dos minutos en tu cumpleaños porque un mensaje de Whatsapp se considera insuficiente para charlar en las fechas importantes. A pesar de que el periódico cerrara su delegación riojana en diciembre de 2016, seguimos jugando el mismo número de lotería que nos traen desde la administración Ormaechea de Bilbao. Rodolfo nos mantiene así unidos imaginariamente con la maquinaria vizcaína de Vocento y con nuestros tiempos pasados del periodismo en papel.

En la cuadrilla de mis amigos me toca a mí hacer el papel de Rodolfo. Cada año, por estas fechas, sin preguntar porque el silencio administrativo siempre es una respuesta positiva, acudo a la administración de la calle Muro del Carmen para pillar tres décimos del 33.593. No es un número que signifique nada concreto sino que fue el que le gustó a Luis. Estudiábamos (poco) bachiller en el IES Sagasta y cambiamos nuestra tradicional visita del recreo al Mercado del Corregidor para comprar una palmera de bollo por buscar el camino rápido para salir de la pobreza. La otra opción era ponernos a vender droga y siempre nos ha dado miedo la cárcel. Desde entonces, no hemos fallado en ninguna ocasión.

La Lotería de Navidad nos regala la excusa perfecta para compartir sueños imposibles en las fechas de la ilusión. No nos engañemos, las probabilidades de ganar 400.000 eurazos son tan bajas que el verdadero milagro navideño no es el Gordo, sino que cada año sigamos creyendo que esta vez sí, que esta vez nos va a tocar. ¿Y por qué lo hacemos entonces? Tradición, costumbre y compartir esperanzas. Comprar un décimo es un acto de pertenencia. En ese momento en que eliges tu número – o aceptas el que te toque con resignación – estás entrando a formar parte de algo más grande. Lo mismo da que sea el número de la empresa, el del equipo de fútbol, el de siempre con la cuadrilla, el del bar… Es como un pacto social implícito: «Todos estamos en esto juntos».

Además, seamos sinceros, ¿quién puede soportar la idea de que el resto de la oficina, tus amigos o incluso el grupo de WhatsApp del colegio de tus hijos se lleven el Gordo y tú seas el único que no participa? No, eso no es una opción. No hay envidia sana que valga ni alegrarse por el prójimo cuando ese número ha estado tan cerca de tu mano. Es mejor perder esos 20 euros que arriesgarse a quedar como el tacaño al que se le escapó el tren. La Lotería de Navidad es ese momento del año en el que dejamos de ser realistas y abrazamos la fantasía desde semanas antes. Por un instante, todos somos millonarios potenciales: planeamos qué haríamos con el premio, desde tapar agujeros (el clásico) hasta comprarnos una casa en la playa o dejar el trabajo para siempre.

Al final, la Lotería de Navidad no es solo un sorteo, es un ritual colectivo cargado de ilusión, nervios y autoengaño. Es una manera de decirnos a nosotros mismos que, a pesar de todo, la magia existe y que Rodolfo llamará el próximo año, Luis seguirá preguntando si ya he comprado el 33.593 y el Rioja Sala saneará sus cuentas con el donativo que pilla de cada participación. Al menos, que la posibilidad de que nos toque el Gordo nos hace la espera mucho más entretenida. Porque, aunque sepamos que es más probable que nos caiga un rayo que ganar el premio grande, siempre queda la esperanza de que esta vez, sí, sea la nuestra.

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