«El pueblo salva al pueblo» forma ya parte, como lema, de la historia reciente de España. Tan solo cinco palabras que demuestran que, al margen del ruido, los bulos interesados y los pulsos institucionales, la solidaridad de todo el país está fuera de toda duda para que la Comunidad Valenciana vuelva a parecerse cuanto antes al territorio luminoso que barrió la DANA el pasado 29 de octubre.
Desde entonces, toneladas y toneladas de ayuda humanitaria han llegado a la ‘zona cero’ de la tragedia. Pero no lo han hecho solas. Miles de voluntarios no han dudado en invertir cada minuto de su tiempo libre en arrimar el hombro sobre el terreno, cada uno en la medida de sus posibilidades. Entre ellos se encuentran ocho bomberos de Logroño, que desde el pasado jueves trabajan sin descanso en Paiporta, uno de los municipios convertidos en símbolo de la devastación de una DANA desbocada, pero también del esfuerzo titánico y desinteresado para borrar sus huellas.

Un hombre junto a varios coches arrastrados por el agua tras el paso de la DANA en Paiporta. EFE/ Biel Aliño
Juan Vidaurre es uno de estos funcionarios desplazados desde la capital riojana a Paiporta, donde permanecerán hasta este domingo trabajando de sol a sol (y porque al caer la noche la ausencia de luz eléctrica impiden seguir al pie del cañón) para que los vecinos de la localidad puedan recuperar sus pertenencias y su rutina, aunque para eso «quedan muchos, muchos meses».

Un grupo de bomberos de Logroño contempla el paisaje dantesco de Paiporta tras la DANA.
«La mayoría teníamos fiesta esta semana y algún compañero ha pedido incluso vacaciones para poder venir a ayudar», explica a NueveCuatroUno, confirmando que el escenario «es una auténtica locura, no puedes hacerte a la idea de la devastación de tanto terreno». «Paiporta está hecho pedazos, todo está destruido; yo no he vivido ninguna guerra, pero debe dejar un paisaje muy parecido a este», subraya.

Un todoterreno de los Bomberos de Logroño ayuda a rescatar un vehículo atrapado.
Vidaurre y sus siete compañeros desplazados desde el parque de Logroño celebran que, tras tantas horas de trabajo, los resultados empiezan a aflorar: «Hoy podemos decir que la cosa está más tranquila, aunque siguen haciendo falta muchos voluntarios». De este modo, sus labores se centran en la apertura de trasteros, a los que se puede acceder tras achicar durante semanas toda el agua acumulada en garajes completamente inundados.

Los bomberos de Logroño faenan para liberar trasteros en Paiporta.
El retén de la capital riojana relata cómo se aprovecha cada minuto de luz diurna, ya que al anochecer, a eso de las seis y media de la tarde, la oscuridad por la falta de suministro eléctrico les obliga a regresar al polideportivo de Valencia en el que duermen «mal, sin apenas poder descansar», junto a otros bomberos llegados del resto del país.
En cambio, todo ese sacrificio se ve recompensado con cada palabra de aliento que reciben de los vecinos de Paiporta. «Recibes muchísimos mensajes de agradecimiento hacia tanta gente que ha venido a ayudar y a trabajar en equipo», recalca el bombero logroñés, al que se le aprecia un nudo en la garganta cuando verbaliza que «lo que más me ha marcado es que la gente rompe a llorar de la emoción cuando te cuentan que lo han perdido todo». «Da mucha, mucha pena», insiste.

Punto de encuentro en Paiporta este sábado. EFE/ Jorge Zapata.
En cualquier caso, casi sin querer cederle un solo segundo al desánimo, aprovecha para buscar el lado positivo a una experiencia dura como no ha tenido otra en su carrera: «Es una labor gratificantes porque percibes que todo lo que haces es la hostia para ellos; y da mucha pena, pero esto es un verdadero máster, lo que no sabes hacer lo aprendes rapidísimo».

Dos coches afectados por las inundaciones permanecen en una intersección de dos calles en Paiporta este viernes. EFE/ Biel Aliño
Antes de pasar su última noche en Paiporta, Juan Vidaurre avanza que su intención -como la de otros tantos compañeros- es regresar a las zonas afectadas por la DANA siempre que le sea posible, aunque todavía «no sabemos si habrá nuevos relevos» que deben autorizar en el parque municipal, donde su labor sigue siendo necesaria. Cuando lleguen a La Rioja las manchas de barro habrán desaparecido, aunque la experiencia adquirida tardará aún muchos años viva en su memoria.


