TRIBUNA

Trashumancia en las Siete Villas, un trayecto del pasado

Ya hace unos cuarenta años que acompañé a José Antonio Espiga y su rebaño en la trashumancia hacia las tierras de Ciudad Real. El día del inicio del viaje, José Antonio, desde la choza de Cabezo del Santo, en Brieva de Cameros, observaba los primeros movimientos de su rebaño que pastaba lentamente sobre las laderas de Gueña. Los animales parecían presentir el inicio de la marcha para el valle de Alcudia.

Las mañanas ya eran ya frías y los amaneceres más tardíos, las hayas ya habían cambiado el color de las hojas y el frío echaba a los trashumantes de las tierras riojanas de las Siete Villas. Por aquel entonces, solo quedaban dos ganaderos trashumantes: los hermanos Pedro y José  Antonio Espiga, en Brieva de Cameros y Carmelo Serrano, en Viniegra de Arriba. Entre los dos rebaños contaban con unas 6.000 ovejas merinas, que seguían la tradición milenaria, desde que Alfonso X creara el Real Concejo de la Mesta en el año 1273.

La semana previa a la marcha, los hermanos Espiga, descendientes de una familia de ganaderos de Viniegra de Abajo, se dedicaban a preparar un viaje que conlleva muchos detalles: la contratación del tren para los animales desde la estación de Renfe de Soria hasta la de Brazatortas-Veredas, en Ciudad Real; buscar varios pastores para conducir el rebaño hasta la ciudad de Soria; y el avituallamiento necesario para seis personas, así como comida para los mastines, que defienden el rebaño de los ataques del lobo.

En el comienzo de la mañana Pedro y José Antonio con los demás pastores condujeron los animales a un punto en lo alto de la cumbre entre Brieva y Viniegra de Arriba, llamado El Contadero. Se trata de un pequeño promontorio por donde hicieron pasar al rebaño para realizar la primera tarea de la mañana, contar las ovejas. Se requiere una destreza especial para no equivocarse. Esta operación que se volvía a hacer a la caída de la tarde, se repitió todos los días.

José Antonio se prestó a posar con un carnero manso especialmente entrenado para conducir el rebaño. Era un animal es grande y potente, con unos cuernos retorcidos y un zumbo con un sonido grave para reclamar la atención y hacer que las ovejas y corderos siguieran su ritmo. Llevaba cruzadas sobre su cabeza unas cintas de cuero que le daban una imagen de energía y poderío.

El comienzo del camino por la Cañada Real Galiana nos llevaba por los límites entre Soria y La Rioja. El paisaje es de montañas erosionadas por el tiempo, con terrenos calizos que producen hierba de una calidad extraordinaria para las ovejas. Al oeste se veía el monte San Lorenzo (2.271) y al sur el pico de Urbión, (2.228) que no es el más alto de la cordillera Ibérica, pero que tiene en su cara norte unos núcleos rocosos que lo hacen majestuoso, y que tiene la peculiaridad de que vierte aguas a distintos mares: la vertiente norte va al Mediterráneo y en la sur nace el río Duero, que lleva sus aguas hasta el Atlántico.

Al final de la tarde vimos ponerse el sol por Urbión y nosotros llegamos a Santa Inés, una pedanía de Vinuesa con pocas casas y una ermita en honor de dicha santa. Cerramos el rebaño en unas finca contigua y Hermenegildo Lázaro nos recibió con alegría y prestándonos su vivienda en cuya cocina preparamos la cena y pasamos la noche, que fue placida al calor de la lumbre. Los pastores hicieron por turnos la vela sobre el rebaño.

El día despuntó con una gran escarcha, que mojaba la hierba. José Antonio dispuso el desayuno en la lumbre para comenzar la jornada. Al salir de Santa Inés cogimos la cañada que discurre paralela a una pista que lleva desde Vinuesa hasta la Laguna Negra, de todos bien conocida por el largo poema Las tierras de Alvargonzález de Antonio Machado.

El paisaje cambia, los altos pinos albares (Pinus sylvestris) apuntaban como lanzas hacia cielo, con su pequeñas copas de verde intenso y las cortezas de rojizo sangre. Todo el horizonte hasta donde alcanza la vista es masa arbórea, unas 100.000 hectáreas en la llamada Tierra de Pinares, desde Burgos hasta Soria. El rebaño comía en las laderas de la cañada, entre los espinos secos y los helechos amarillentos, aunque los animales distinguen las buenas hierbas de Gueña, de las malas hierbas de pinares.

Cruzamos el rio Revinuesa para seguidamente coger la carretera que conduce al Royo, por el margen del embalse de La Cuerda del Pozo, que dejo bajo sus aguas el pueblo de La Muedra. Las merinas comían en los márgenes del pantano. Hubo que llevarlas hasta la presa para cruzar el Duero y seguir hasta una finca cercada en el término de Cidones. El cielo se cubría de nubes empedradas, con un color rojizo que hacía un atardecer de belleza difícil de describir. Cerradas las ovejas en un corral de altas paredes, los mastines paseaban entre el rebaño con suavidad para no espantar las merinas. La noche caía y el cárabo desde un roble cercano emitía un houuuu, ho, ho, con los ultimas luces.

José Antonio y los pastores cenamos en un restaurante de Vinuesa, después dormimos en una casa en Vilviestre de los Nabos, que un vecino cedió generosamente. Por la mañana una fuente cercana sirvió para el aseo personal y tras almorzar, dimos comienzo al día del embarque. Al salir del corral se contó nuevamente el rebaño, tras de lo cual se emprendió el camino hacia Soria.

La cañada discurre por Valonsadero una finca de recreo que pertenece al ayuntamiento de la capital. En esta finca, José Antonio me indicó la presencia de pinturas rupestres en unas piedras areniscas orientadas al sur, como constatando que trahumantes de 3.000 años antes de Cristo ya pastaban sus ovejas en estas tierras, buscando terrenos menos fríos para el invierno, y dibujaban en dichas piedras semblantes de pastoreo y escenas de caza.

A la entrada de Soria, nos encontramos con otros merineros provenientes de las Tierras Altas de la llamada Cañada Oriental Soriana, que compartieron el tren hasta Brazatortas. El discurrir entre los coches y la gente por las calles de la capital fue lento y tedioso, pues era necesario prestar mucha atención para que no se produjera el atropello de ningún animal. Los sorianos no se sorprendían de ver a las merinas por el centro de ciudad, camino de la estación de la Renfe.

En la estación nos esperaban Pedro y su tío Goyo Espiga, que nos recordó la trashumancia en los viejos tiempos, los suyos, y que se han ocupado del papeleo para el viaje.
Parte del trayecto terminaba aquí, después de cargar las ovejas en los vagones especiales para el transporte, con la esperanza de que el trayecto fuera lo más rápido posible pues los animales necesitaban comer y beber.

Para ellos comenzaba una nueva primavera en tierras del valle de Alcudia que duraría hasta junio del año siguiente, fecha e la que habría que desandar el camino.
Sirva esta pequeña nota como recuerdo de José Antonio y todo su equipo, que compartieron conmigo su vida, aportando a la mía una experiencia inolvidable.

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