Berta Valgañón anda remangada y con uno de los brazos metido en una barrica. Son días de bazuqueo y así los pasa, hundiendo la pasta de los hollejos varias veces hasta que da la vuelta completa a la boca de la barrica. Y así dos veces al día mientras dure la fermentación, rompiendo el ‘sombrero’ para que así lo sólido entre en contacto con el mosto y haya mayor extracción de color. También son días de remover las lías de los blancos, controlar las fermentación y estar pendiente de que todo en general marche bien en bodega. Una vez la uva ya está a cobijo, el ritmo de trabajo es diferente y la tranquilidad, “enorme”. Porque anda que no ha dado guerra esta vendimia.
Esta viticultora y elaboradora artesana asentada en Cuzcurrita de Río Tirón y con viñas repartidas en esta y otras tres localidades más de Rioja Alta (Villaseca, Cellorigo y Fonzaleche) ha despedido una vendimia complicada. Comenzó un 30 de septiembre y ha estado durante diez días cortando uva de manera continua, pero sufriendo la falta de trabajadores que este año, a diferencia de otras campañas, no han llegado hasta estas tierras altas. “Eran cuadrillas que venían de Portugal o Andalucía y claro, ya sabían que había poca uva por aquí así que tampoco les compensaba el viaje. Vaya, que yo he vendimiado más que ningún año”. Despidió la cosecha con una viña en Cellorigo a más de 600 metros de altitud y tuvo suerte que en el último sprint de la vendimia pudo echar mano de unos cuantos trabajadores porque las amenazas de lluvia cada vez estaban más cerca. Sin embargo lo que más le ha sorprendido es la escasez que ha protagonizado la campaña: “No he visto venir esta producción tan escasa, la verdad. Es que venía muy buen año y se veía que había poca uva, pero no tan poca como finalmente ha sido. Siempre se dice que en agosto no hay que ir a ver las viñas porque la viña te parece una cosa y luego resulta otra. Luego llega septiembre y la viña cambia. Al final veníamos de tres años de sequía y eso se nota porque la viña no produce igual, así que hemos cogido racimos más pequeños, una uva que no pesa, con mucha piel pero poco mosto”.

Bodega de Berta Valgañón en Cuzcurrita. | Foto: Leire Díez
Las precipitaciones, eso sí, no han condicionado tanto su vendimia porque no han sido abundantes. “La uva ha entrado sanísima, sin nada de botritis y con buena calidad, pero es que hay tan poca… Al menos yo como elaboradora le puedo sacar más valor con el embotellado, pero para quien vende la uva ha sido un auténtico desastre”. Y de poca uva, pocos vinos. Berta comercializa unas 17.000 botellas anuales pero ya sabe que este año van a ser algunas menos. Por lo pronto ya confirma que uno de sus siete vinos, su Pretium Garnacha de la añada 2024, no se elaborará y tiene dudas sobre su Pretium Blanco porque las viñas viejas de las que lo saca, con cepas de viura, malvasía y calagraño todas juntas, han traído muy poca producción. Una merma de cosecha que le obligará a reorganizar ciertas partidas de uva: “La poca garnacha que tengo la meteré para el Field Blend. Al final del monovarietal de garnacha apenas elaboro unas 300 botellas y no es un vino que esté en distribución, sino que va a parar a vinotecas de La Rioja, Madrid y Valencia, y también se mueve en venta directa en la propia bodega, así que no veo mucho problema en no sacarlo este año. Para el rosado, en el que también uso garnacha, elaboraré menos cantidad e igual hago unas 400 botellas”.

Berta Valgañón en su bodega de Cuzcurrita. | Foto: Leire Díez
También tenía pensado estrenar sus dos nuevas ánforas de barro italianas con una partida de su blanco, pero esta vez no va a ser el año así que servirán para almacenar una vez hayan hecho la fermentación en la barrica. Al igual que la gama de vinos es amplia, su repertorio de ‘juguetes’ para elaborar, también. A las nuevas ánforas se suma un depósito de hormigón, otros de acero inoxidable y varias barricas de 500 y 600 litros. Diferentes materiales y diferentes capacidades para crear diversidad. “Me gusta la barrica y la uso más en la gama de Pretium, pero me gusta que en los vinos no influya mucho la madera, así que utilizo la de 500 litros que marca menos aunque sí se vean esos matices a tostado, a vainilla. En el caso del hormigón, que lo uso para mi maturana tinta, este apenas aporta diferencias al vino, que se mantiene muy puro, dejando ver mucho el clima y la variedad. En el caso de las ánforas apenas se ve diferencia e igual solo aquel que es muy experto es capaz de sacar los tonos terrosos que se puedan apreciar en el vino. En el barro el vino evoluciona y se afina muy rápido y luego tampoco influye ningún aroma. Eso es algo incluso que en el extranjero cada vez quieren más porque no buscan los vinos que saben a barrica, algo que se ajusta también al perfil de vinos que a mí me gustan”, remarca la viticultora.

Vino de Berta Valgañón. | Foto: Leire Díez
Ya son nueve las vendimias que Berta viene gestionando desde esta bodega en pleno centro de Cuzcurrita de Río Tirón y a lo largo de esta trayectoria como viticultora y elaboradora también ha ido diseñando el camino que quería para su proyecto, aprendiendo poco a poco. “Ahora hago los vinos que a mí me gustan. Con el paso del tiempo he sabido hacia dónde tenía que dirigirme tanto en campo como en bodega y así los vinos también han ido mejorando cada año. Al final se trata de un aprendizaje continuo, atendiendo también a lo que demanda el mercado y los tipos de vino que se buscan. Antes tenía menos conocimiento y también me daba miedo por la zona en la que estoy porque es muy fría y las maduraciones de la uva aquí a veces son complejas y pueden aparecer verdores en el vino. Pero luego aprendes que la acidez no es ningún problema y te das cuenta que el trabajo de campo es clave. Yo he traído las viñas a mi terreno, con una viticultura ecológica y menos productiva, y así he conseguido que los vinos estén más equilibrados. Aunque haya bajado las producciones en campo luego los vinos reflejan el trabajo que ha habido detrás”, sentencia.

Berta Valgañón en su bodega de Cuzcurrita. | Foto: Leire Díez
Pese a la crisis de consumo y el aumento de costes reconoce que no ha variado los precios de sus vinos. “Además, hay ciertos mercados en los que si entras con un precio y luego lo subes vas a tener problemas para vender el vino. De hecho hay países en lo que da igual cómo sea el vino que si no eres una bodega reconocida no puedes ir con ciertos precios”, reconoce. Por suerte, sus mercados van en aumento. Ahora ha abierto las puertas de Estados Unidos, que ya de por sí es un mercado importante -Berta exporta el 70 por ciento de sus vinos-. “Lo que sí he notado últimamente es que está creciendo más el mercado nacional y que incluso se está decantando cada vez más por los vinos de alta gama. Ahora mis mejores vinos se quedan en España, principalmente en restauración, pero es cierto que me ha costado hacer hueco en nacional. Ha sido gracias a las ferias, que es donde estableces contactos y que es lo que ayuda a pequeños productores como yo porque si no no tienes tiempo de ir llamando de puerta en puerta cuando a la vez te toca estar en el campo”.
En el mercado de Rioja también le costó entrar en sus comienzos pero ahora ya tiene su nicho fijado. Los planes para este proyecto se encaminan a poder elaborar cada vez más su producción y prescindir de vender las uvas, pero sin la intención de crecer mucho en volumen. “Al final yo aquí me lo hago todo y dar otro paso en crecimiento implicaría contar con más personas a mi lado”. Así que el camino continúa y con él, el aprendizaje. Berta reconoce que no ha llegado a su punto álgido y de hecho cree que «eso nunca pasa». Sí que ha llegado al punto en el que quiere estar, orgullosa del proyecto conseguido, pero vendrán más retos y nuevos vinos para seguir prosperando como cosechera.


