El Rioja

«Ya no tenemos un papel secundario en la viticultura»

Pegadas siempre al territorio y con un vínculo profundo con la tierra, las mujeres han estado presentes en el mundo rural desde que éste existe. Invisibilizadas en la mayoría de los casos tras una sombra masculina que dominaba el mundo agro, estaban allí siendo siempre pieza clave de las labores agrícolas. El mundo de la viticultura no ha sido una excepción. Parte fundamental del campo en La Rioja, la participación de las mujeres en su elaboración ha pasado, en muchos casos, desapercibida. Aún así, ellas han dejado una huella significativa en su evolución y desde hace algunas décadas han comenzado a conquistar espacios de liderazgo y creatividad en el sector, desde la base hasta la punta de la pirámide. Este proceso no ha sido repentino, sino el resultado de un esfuerzo constante por reivindicar su valor y capacidad en un mundo que se ha ido abriendo poco a poco dándoles un papel, cada vez, más relevante.

Este martes Día de las Mujeres Rurales, ellas representan aproximadamente un tercio de las enólogas. Son el 30 por ciento de las jefas de explotación vitivinícola y el 50 por ciento de los estudiantes de viticultura. Estos datos no solo evidencian el progreso en cuanto a la presencia femenina en el sector, sino también una transformación en la manera en que se entiende el rol de la mujer en la viticultura. Ya no son simplemente “alguien que echa una mano en las labores”, sino que son las protagonistas de proyectos que redefinen la calidad y la innovación en el mundo del vino. En el campo, son cada vez más las que demuestran que las labores agrícolas no están sólo hechas para ellos.

A Inés lo de ser agricultora casi le llegó por circunstancias de la vida. Su padre sufrió una enfermedad a mediados de los años noventa que le dejó de baja a las puertas de la vendimia. Ella, la pequeña de tres hermanas, acababa de concluir entonces su contrato laboral en Madrid, no salía nada relacionado con sus estudios de sociología y se preguntó «¿y por qué no?». Así cogió las riendas del negocio familiar. Después su pareja se unió a esta aventura. «Sola es complicado, aunque también se puede, pero hay que tener en cuenta que aquí no hay horarios. Lo bueno: la libertad que te proporciona; lo malo:lo sacrificado que es este mundo».

Los datos avalan lo que ella conoce de primera mano. «La mayoría de las mujeres están al frente de explotaciones pequeñas, tardan más en meterse en este mundo porque la decisión es mucho más meditada». Son proyectos más pensados y «con valor añadido» pero que «no te permiten, en muchos casos acceder a ayudas de la PAC porque son más pequeños y con inversiones menores», anota como uno de los puntos en los que seguir luchando.

La realidad es complicada especialmente en lo que hace referencia a la conciliación. «El mundo rural no va acorde con el reloj biológico, tener hijos supone que el esfuerzo se multiplica y cuando llegan te das cuenta de que es posible que no puedas ofrecerles las mismas oportunidades que en las ciudades». Y es que «está muy bien eso de criar a los hijos en un entorno natural pero luego ves que no hay extraescolares, que no pueden acceder a actividades como el resto de los niños» o que llega un momento que ni siquiera pueden seguir en el colegio más cercano. Eso expulsa a muchas mujeres del entorno rural, pero eso las que se quedan lo hacen de una forma meditada, comprometida y decidida.

Inés lo analiza todo. «¿Cuántas mujeres ves en las reuniones de las OPAs?». Aún así reconoce que las cosas han cambiado desde la generación anterior. Ahora por lo menos están visibilizadas. «Antes hacían el mismo trabajo y estaban olvidadas, hay que agradecerles mucho a esas primeras mujeres que lucharon porque se les diese de alta en la Seguridad Social cuando sus maridos o sus padres no lo veían como una inversión si no como un gasto». Y es que el proceso no fue fácil. Además ellas sufren más las crisis que ellos. «Cuando vienen mal dadas son las primeras que salen desplazadas y sus pequeñas explotaciones desaparecen porque se apuesta por modelos más industriales».

Joanna lo tuvo más fácil. Ella vive en Alfaro. La ciudad le da la posibilidad de no tener que moverse del municipio para poder tener la mayoría de los servicios que necesitan sus hijos. «Por eso, para mi trabajar en el campo fue la solución perfecta». Antes lo hacía en una fábrica y con la llegada del COVID decidió integrarse en la empresa familiar primero para colaborar con las tareas administrativas y ahora ya con lo que le echen encima. «Al estar los dos nos apañamos bastante bien, antes había que estar siempre cambiando de turnos o tirando de abuelas».

Está convencida de que el papel de la mujer en el mundo rural y en el mundo del vino aunque no es sencillo ha ido cambiando con el paso de las décadas. «Y lo va a seguir haciendo». Por ellas pasa el futuro del mundo rural. «En las tractoradas me he dado cuenta de que somos más de las que nos pensamos, hay muchas veces que te sientes sola por eso es tan importante juntarnos y vernos reflejadas las unas en las otras». Crear referentes y que «las que vienen detrás sepan que en este mundo tenemos nuestro sitio y ya no es un lugar secundario».

Adelfa es de las que vivió ese proceso de cambio. Ella no tiene recuerdos que no estén ligados al trabajo en el campo. Al principio como lo hacían antes las mujeres. «Hacíamos la misma labor que ellos pero se decía que íbamos a ayudar y así estábamos en la casa, en el campo y sin cotizar ni un duro».

Entonces el vino no tenía la importancia en La Rioja de hoy. «Llevábamos espárrago, almendra…» Ella había ‘ayudado’ en la empresa familiar toda la vida cuando su padre enfermó. «Entonces me di cuenta de que las cosas no podían seguir así». Si ella iba a estar al cargo de la explotación lo normal era que estuviese en las mismas condiciones que si hubiese sido un chico.

«Aunque a alguno le chirría aún que la mujer esté visibilizada en el mundo del campo, nunca me he encontrado ninguna mala cara», explica. «Quizás sea porque siempre me han visto aquí o porque las cosas van cambiando». Reconoce la labor de muchas mujeres como ella que dieron el paso de mostrarse visibles. «Ahora se hace el mismo trabajo que antes pero al menos estamos todos en condiciones».

La maquinaria también ha permitido que sea más fácil el trabajo de la mujer en algunas labores pero la cosa no está fácil. «No sé yo si me podré jubilar en el campo si las cosas siguen así». Para ella lo importante es que «las jóvenes tengan referentes», dice mientras asa pimientos con su hermana.

Las tres son el ejemplo vivo de la importancia que tiene el papel de la mujer en el mundo rural y en el de la viticultura, de que hay que seguir trabajando por limar esa falta de servicios que tan complicado se lo pone a la mayoría y de que su visibilización es clave para el territorio.

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