Julio Gómez y Elvira Villaro han devuelto los aromas a fermentaciones al Casco Antiguo de Logroño. Hoplita Historic Vineyards es la única bodega en funcionamiento en este enclave de la capital riojana, pero no es ninguna novedad que hace más de un siglo el centro logroñés era lugar de trasiego de comportas, cántaras y demás enseres vinícolas. Si es Google Maps la herramienta que sirve de guía para llegar hasta este edificio será el número 29 de la calle Herrerías la dirección marcada. Pero una vez llegas a una imponente puerta de madera en forma de arco de medio punto y rodeada de antiguas piedras de sillería la información es confusa. Hasta cuatro placas lucen en la fachada indicando cuatro números diferentes: 343, 41, 45 y 47. «Tantos como etapas ha tenido esta construcción a lo largo de los siglos».
Una muestra de la historia que ha pasado por estos muros y en cuyo interior se esconden unos calados que datan de principios del siglo XVI. Donde ahora hay depósitos, barricas, embotelladora, prensa, botelleros y demás elementos de bodega antes era la parte trasera del Palacio del Conde de Murillo y Bornos, cuya fachada estaba en la actual calle Marqués de San Nicolás y que con el paso de los años acabó perdiéndose (el edificio se derribó en 1974). El título nobiliario del condado de Murillo fue otorgado por el rey Carlos II en el siglo XVII a Carlos Ramírez de Arellano y Guevara, señor de las villas de Alcanadre, donde tenía una casa fuerte, de Ausejo, con su castillo en lo alto de la colina, y de Murillo de Río Leza, la cual formaba parte del Señorío de Cameros. Por lo que es muy probable que el conde disfrutara de los vinos que en estas cuevas se elaboraban por aquel entonces y que cuatro siglos después siguen siendo el cobijo de nuevas elaboraciones.

Julio Gómez, Elvira Villaro y su hija Julia, frente a la fachada exterior de la bodega Hoplita Historic Vineyars, en el Casco Antiguo de Logroño. | Foto: Leire Díez
Tal como se recoge en el Catastro de Marqués de la Ensenada, en el número 29 de la calle Herrerías se elaboró vino hasta 1910. «Aquí había ocho cubas de unas 1.300 o 1.600 cántaras cada una», reflejaban los documentos. Han tenido que pasar 110 años para que estos muros vuelvan a oler a fermentaciones. «Pero en todo este tiempo sí que se ha hecho vino en el Casco Antiguo de Logroño porque ya mi bisabuelo elaboraba aquí y lo hizo hasta los años 60. Él descendía de El Redal pero vivía en Logroño y su hijo tenía un bar en el Palacio del Marqués de Monasterio, en la calle San Bartolomé. Mi bisabuelo hacía un vino supurao y cuando vinimos aquí en 2004 empezamos a recuperar la tradición de este estilo de vinificaciones, e incluso escribimos un libro en 2008. Estuvimos elaborándolo unos años fuera de la marca Rioja y lo comercializábamos en restaurantes. Estuvimos un tiempo sin hacerlo y ahora hemos vuelto a elaborarlo, ya dentro del sello de la DOCa. Siempre hemos querido mantener viva la historia de nuestros antepasados que elaboraban en el Casco Antiguo de Logroño», destaca Gómez.
Movidos por este afán es como llegaron a esta antigua bodega de algo más de 150 metros y que era la única que ofrecía alguna posibilidad para elaborar aquí de nuevo. Eso sí, el camino hasta lograr el resultado soñado no ha sido fácil. «Los permisos que hemos necesitado para poner en marcha todo esto han sido muchísimos y, sobre todo, han implicado mucho más tiempo de espera. El Plan Municipal de Logroño refleja que las bodegas del Casco Antiguo se pueden utilizar como bodegas, pero aún así el proceso ha sido largo», recuerda la pareja. Cuando pusieron un pie aquí el edificio estaba completamente diáfano y rehabilitado por dentro, aunque sí mantuvieron las vigas de madera originales que están en el dintel de las puertas y que han visto pasar bajo ellas diferentes usos para este local, desde bar, a club de alterne y también como merendero.

Julio Gómez y Elvira Villaro, en las instalaciones de Hoplita Historic Vineyards en pleno Casco Antiguo de Logroño.
Han sido Julio y Elvira quienes lo han devuelto a sus orígenes con una reforma integral en 2021. Su idea era haber comenzado a elaborar ese mismo año, pero entre los retrasos de obras y permisos la primera añada en la bodega no llegó hasta 2022, por lo que antes estuvieron elaborando en Bodegas Corral, en Navarrete. «Estas tres cosechas que llevamos en el Casco Antiguo de Logroño han sido completamente diferentes y seguimos aprendiendo en cada fase. Esta, sin duda, ha sido ultra corta. Nosotros tenemos unos rendimientos habituales de unos 2.500 o 3.000 kilos por hectárea porque tenemos unas viñas muy viejas, pero es que este año venía muy poca uva de por sí, así que las producción se va a ver muy mermada», apunta.
El proyecto se nutre de unas tres hectáreas repartidas en pequeñas parcelas cuya edad media ronda los 90 años y ubicadas en San Asensio, de donde es natural Elvira, aunque la mayor parte de la uva la venden. Está entre estos parajes con tanta historia como la que tiene la propia bodega de Hoplita una viña de 1906 con la que se elabora Areniscas de San Juan. Cepas de viura, malvasía de Rioja, garnacha blanca, moscatel, calagraño y alguna que otra más de esas desconocidas se levantan rígidas sobre unas lastras de arenisca que actúan de un perfecto balcón con vistas al Castillo de Davalillo y al de San Vicente de la Sonsierra y rodeada por los meandros del río Ebro.

Viña vieja en San Asensio con la que se elabora el Areniscas de San Juan.
«Hacemos una deconstrucción del clarete porque vendimiamos las blancas y las tintas por separado porque en San Asensio muchas viñas se plantaban con las variedades mezcladas precisamente para luego elaborar el clarete. Así que toca hacer varias vendimias en cada viña. En una de ellas, que son solo 600 metros cuadrados tenemos hasta 17 variedades y eso es una virtud porque es riqueza vitícola y diversidad genética por la cantidad de variedad de clones que tienen. Tenemos mucha malvasía de Rioja, varios tipos de maturana tinta y tempranillo, cepas de garnacha tintorera,… Y como son viñedos anteriores a 1956 podemos elaborar esas uvas que no están amparadas por la DOCa, pero lo que no podemos es incluirlas en las etiquetas. Calculamos que en total tendremos unas 25 o 30 variedades identificadas en estas tres hectáreas de viñedo, y algunas otras sin identificar aún».
La viña más joven que trabajan, y la más alta (a 650 metros de altitud), es con la que este año van a elaborar el rosado dulce. Mayoritariamente es de garnacha tinta, aunque también tiene renques de viura en las cabezadas, dispuestas en un a pronunciada ladera. «La clave de este tipo de viñedos es controlar tú la elaboración porque si te pones a vender sus uvas no hay rentabilidad porque no traen apenas producción. Así que nos animamos a ello», refleja Villaro, aunque ambos se dedican a la industria química al margen de este proyecto.

Vinos que elabora Hoplita Historic Vineyards, en el Casco Antiguo de Logroño. | Foto: Leire Díez
De aquellas primeras pruebas de Hoplita que surgieron entre 2004 y 2005 existen ahora cuatro elaboraciones diferentes, dos tintos, un blanco y un rosado con los que esta bodega se va haciendo un hueco poco a poco en el mercado con sus vinos parcelarios. «Aquí podríamos elaborar más producción de la que actualmente hacemos, que ronda los 4.000 o 5.000 kilos de uva, pero el espacio también es limitado, así que nos mantenemos en las poco más de 3.000 botellas entre los cuatro vinos diferentes que hacemos porque de algunos solo hacemos unas 400 botellas, de otro usamos un bocoi y medio. Este año para el blanco, por ejemplo, solo nos ha dado para un bocoi y una barrica que son en total unos 650 litros», apunta Gómez. Adaptándose a cada añada en un continuo aprendizaje, así avanza esta pareja cuyo fin último es mantener la diversidad genética de Rioja en la viña y llevar ese potencial a la bodega. «Nos consideramos unos ciudadanos defensores de nuestra tradición vitivinícola y por eso también elegimos el hombre de Hoplita, que viene del griego y se refiere a aquellos ciudadanos soldados y protectores».


