Toros

Decepcionante e indigno cierre del Zapato de Oro

Una indecente novillada de Adolfo Martín ha llevado al traste la más mínima opción de lucimiento en el último festejo del Zapato de Oro. El encierro, poco comido, se ha tapado por la cara y no en todos los casos. Muy pobre fue la presentación del lidiado en segundo lugar, más abierto de cuerna fue el cuarto, que también pareció como reparado de la vista durante su lidia. Todos los novillos, a excepción del sexto, perdieron las manos, cuando no los cuartos traseros, en los primeros tercios de la lidia; si no lo hicieron en las faenas de muleta fue porque ninguno de los tres novilleros fue capaz de someter sus embestidas.

En definitiva, una ‘adolfada’ con la casta bajo mínimos, desfondada, sin fuerza y carente de poder. Que la novillada se fuera al desolladero sin haber abierto la boca queda en dato meramente anecdótico teniendo en cuenta que ninguno se empleó en el caballo y hasta el segundo tercio de lote de Alejandro Chicharro fue cambiado con sólo dos pasadas en banderillas.

Tampoco es que la terna estuviera acertada a la hora de plantear pelea, siempre con las telas tan adelantadas pese a todo lo que reponían los animales de Adolfo, sin pasar nunca del medio pase. Con la muleta más retrasada, aquellos medios viajes hubieran tenido algo más de enjundia y contenido.

Alejandro Chicharro fue herido en el quinto de muy fea forma en los primeros compases de su obra; Juan Herrero se hizo cargo de aquel ‘adolfo’ de peligro pregonado para despenarlo con ciertas cautelas. Sólo se lució aquí ‘Tito’ con un gran par de banderillas de mucha exposición.

Abrió la tarde un novillo en la frontera de la edad que le convierte en toro. Barbeó las tablas y preludió con su falta de clase lo que iría saliendo por la puerta de toriles. Como el resto de sus hermanos, se quedaba corto y protestaba a final de cada muletazo, de los que siempre salía desentendido. Se mostró firme Juan Herrero aunque sin someter nunca aquellas embestidas que se revolvían buscándole los tobillos. Pinchó y cobró una estocada trasera que necesitó de un golpe de cruceta que llegó al unísono del aviso que el envió el palco. Ante el cuarto, el peor del encierro, quedó inédito.

Destacó aquí Víctor Álvarez con las banderillas. Lo poco que se puede rescatar del balance de la tarde llegó de parte del mejicano Bruno Aloi, que se presentó en Arnedo con un novillo sin clase, pero también sin maldad.

Hubo cierta ligazón en aquellas series cortas que surgieron con limpieza y pulcritud. Acaso una correcta colocación es todo lo positivo que albergó el trasteo de Aloi. Brindó este tercer novillo a Tomás Campuzano y en el sexto dejó su montera en las inmediaciones de la enfermería en señal de respeto al compañero herido. Titubeó ahora la banda de música en tocar los acordes del pasodoble Zapato de Oro, sones obligados para despedir la feria. Otro trasteo aseado ante un toro que nunca persiguió los engaños lo más mínimo.

Un inicio de faena cuidando las parcas embestidas del lidiado en segundo lugar fue lo único a destacar en el haber de Alejandro Chicharro, que se las vio ante un novillo que sólo tuvo prontitud y fue malo como el resto. Chicharro no terminó de apostar por su enemigo y por el pitón izquierdo hicieron ambos las cosas mal. Sin duda, el final más triste que pudo tener este ‘zapato’ que pasará a la historia, precisamente, por su poca historia.

La ficha:

Plaza de toros de Arnedo, cuarta y última novillada del Zapato de Oro. Un tercio de plaza.
Novillos de Adolfo Martín, desiguales de presentación, a varios sólo les tapó la cara, flojos, descastados y desclasados.

Juan Herrero: silencio tras aviso, silencio y silencio.
Alejandro Chicharro: silencio tras aviso en el único que mató.
Bruno Aloi: silencio tras aviso y silencio.
Se desmonteró ‘Tito’tras parear al quinto

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