El Rioja

Jairus, ecológico y familiar a partes iguales

Jairo Morga, en su pequeña bodega en Badarán. | Foto: Leire Díez

Tres viñas, que juntas no llegan a la hectárea, y tres mañanas de vendimia para dar como resultado un vino con un año de barrica y otro de botella. Jairus, como se ha bautizado este pequeño proyecto en ecológico que emana de Badarán de la mano de Jairo Morga, ya va por su quinta añada. El segundo día de vendimia ha sido para el tempranillo tinto del paraje Valcuerna, de donde saca prácticamente el 90 por ciento de la producción. La semana anterior la dedicó a la viura de las cabezadas de una viña ubicada en la carretera de Villar de Torre, plantada de garnacha en 1940, pero reinjertada unos diez años después a tempranillo por esos problemas de corrimiento en el momento de floración que caracterizan a esta variedad. Y este domingo será el turno de la parcela más vieja de la casa: una mitad fue plantada de garnacha por su abuelo alrededor de 1940 y la otra la compró a un vecino de Cordovín, pero esta parte tenía más faltas que cepas, así que con el tiempo se arrancó y Jairo puso maturana de Navarrete. Es la viña más estrecha y también la que antes acaban de vendimiar porque apenas ocupa una fanega con muy poca producción, sin contar con esa cepita de moscatel escondida en el último renque y cuyos racimos están asegurados para los de casa.

En un año bueno, la cosecha total suele rondar los 4.000 kilos entre las tres viñas, pero este no va a ser ni siquiera un año normal a causa de la fauna silvestre y, sobre todo, de la menor carga que de por sí traen las viñas a nivel general. Así que el trabajo en bodega también será más sencillo. Y es que no se puede pedir más cuando toda la familia al completo se involucra en el proyecto. Mientras sus hermanas Ruth y Helia descargan las cajas de uva del remolque, su cuñado las vacía en la despalilladora y seguido Montse, su pareja, a lavar las cajas. Y aún asoma por la bodega su madre Merche para supervisar que todo sale bien y, por supuesto, que se guarda una partida de uvas para su blanco, su vino preferido y el único que bebe.

Jairo Morga, en su pequeña bodega en Badarán con la familia al completo. | Foto: Leire Díez

Aunque Jairo se formó como periodista en Madrid, la viña y el vino siempre estuvieron dando guerra en casa. Un curso de Analista de Bodega justo después de cerrar su etapa universitaria, en 1996, le sirvió para elaborar su primera barrica junto a su abuelo. Desde entonces, y hasta hace cinco años, ha estado elaborando cada año en diferentes formatos y aprendiendo de cada añada. «Un año me compré una barrica de 100 litros, otro año me compré una prensa, poco a poco pero cada vez un poquito mejor. En 2013 llevé 1.000 kilos de uva para elaborar en la bodega de Juan Carlos Sancha, en Baños de Río Tobía, porque quería saber si mi vino, que todo el mundo me decía que estaba muy bueno, salía igual en unas instalaciones ya más preparadas. Fue entonces cuando registré el nombre de Jairus con las primeras 360 botellas que me salieron, pero se me quedó el gusanillo de elaborar y busqué algún viejo calado en el pueblo. No hubo suerte, sin embargo, porque era demasiado complicada su rehabilitación. Así que allá donde mi familia hizo vino hace cien años es a donde yo regresé hace dos».

Aunque nada tiene que ver una bodega con otra. Antes elaboraban sin agua ni luz, en una tina tremenda de madera y toda la construcción era de adobe, con tres alturas y sin ningún cimiento, así que poco tiempo tardó en derrumbarse. Fue en 2010 cuando Jairo se empeñó en reconstruirla, aunque tardó doce años en elaborar aquí. Hasta entonces esta bodega sirvió como almacén para guardar el tractor y otros aperos, y mientras tanto las vendimias de Jairo se alargaban algo más de la cuenta porque su uva se elaboraba en Hervías. Durante las añadas de 2019, 2020 y 2021 estuvo viajando con su tractor cargado con mil kilos de uva desde Badarán a La Bodeguita Escondida, de su amigo Toño Larrea, que le cedió un espacio. Fue en las navidades de 2022 cuando Jairo comenzó a vender las 760 botellas de su primera añada, la de 2019, mientras elaboraba su cuarta, ya desde la bodega actual. En marzo de este año empezó a vender la segunda añada de este proyecto y que ya ascendía a 840 botellas. Pero en la de 2021 y 2022 tampoco varió mucho la producción porque seguía trabajando con dos escasas barricas. El cambio más sustancial llegó con la de 2023, para la que ya contaba con seis barricas y de las que calcula que podrá sacar unas 1.200 botellas.

Jairo Morga, en su pequeña bodega en Badarán. | Foto: Leire Díez

El ecológico le acompaña desde que emprendió su proyecto personal. «De hecho, hasta hace poco tiempo viña que había en el pueblo con hierba, viña que era de Jairo, aunque ahora sí que hay alguno más en ecológico. Yo tiendo a la agricultura regenerativa que se dedica al suelo, por lo que siempre tengo cubierta vegetal y el llevar las viñas en ecológico es una cuestión de filosofía porque pienso que hay que hacer las cosas de una manera mucho más sostenible y que el futuro va a ser de lo ecológico», apunta desde la finca Valcuerna, vendimiada hace escasas horas. «Aquí arranqué cinco fincas para poder plantar en 2008 dos fanegas de viña, pero este terreno es muy productivo y yo lo que buscaba era plantar para la calidad, no buscaba kilos. Así que usé como planta madre la vid americana que menos produce y luego elegí un clon de tempranillo seleccionado por la calidad, no por la sanidad porque al final si seleccionas por la sanidad son tan buenas las plantas que producen mucho. Además, planté a 2,20 metros de distancia entre renques y con un metro entre cepa y cepa, por lo que la densidad de plantación es del orden de 4.100 cepas por hectárea cuando por lo normal se planta a 2.500 o 2.800 cepas. Hay más plantas y más competencia, pero la producción está limitada. Además, aquí las cepas tienen mucha masa foliar para poder madurar mejor».

Jairo Morga, en su viñedo del paraje Valcuerna. | Foto: Leire Díez

En Badarán, como en tantos otros pueblos de la zona y de Rioja, se dejó de elaborar vino en esas bodeguitas tan antiguas en cuanto apareció la primera cooperativa vitivinícola de la zona. En este caso fue la de Arenzana, que se fundó allá por los años 80, aunque después fue renombrada como Bodegas Najerilla para dar cabida a más de una decena de pueblos con la mayoría de sus viticultores como asociados. Pero hasta entonces Badarán era, según este morador, el pueblo que más bodegas censadas tenía de La Rioja. En aquellos años pasaron de venderse las cubas de hormigón enteras a algunas de esas grandes firmas a luego venderse las uvas, como todavía ocurre a día de hoy porque el Alto Najerilla cada vez está más de moda en cuanto a calidad vitícola. Aquellos antiguos calados, en cambio, ya dejaron de ser el foco del municipio con el paso de los años y los cosecheros perdieron su identidad. El padre de Jairo, Juan José, fue uno de los últimos cosecheros de Badarán y estuvo elaborando en su bodeguita hasta 1988 por ese amor incondicional que le unía al vino.

Jairo ha mantenido varias pautas de lo que era elaborar antes vino y toda la cultura que existía alrededor de esta pasión, como el hecho de dejar una escalera apoyada en la fachada exterior de la bodega junto a la puerta para indicar así que ahí dentro se vendía vino. Aunque la mayor parte del vino se vendiera a granel a las bodegas, cuando salía una cuba muy buena se dejaba para venderla al por menor a garrafones, una venta directa desde la bodega y a la que acudían los visitantes que llegaban al pueblo, mayormente procedentes del País Vasco. Una tradición que con la desaparición de los cosecheros de antaño también se esfumó por lo que a Jairo le gusta hacer un guiño a la historia y colocar su propia escalera cuando está en la bodega. «Aunque ahora nadie sepa el porqué».

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