Viernes, 31 de mayo de 2024. Escribo estas líneas en la aplicación de notas de mi teléfono móvil desde un avión, a no sé cuántos metros de altitud, sobrevolando probablemente territorio francés. He cogido el vuelo FR124 de Ryanair, que ha despegado del aeropuerto de Londres-Stansted a las 6.05 am. Para ello, he tenido que salir en coche de Norwich, la ciudad inglesa en la que vivo y trabajo, a las 2 de la mañana. Quiere decir esto que, como te puedes imaginar, no he dormido ni un minuto. Como en los viejos tiempos, pero sin música ni cubatas de por medio.
El caso es que este vuelo no me lleva a donde realmente querría estar este fin de semana. Me lleva a un destino erróneo. No va a aterrizar en Zaragoza sino en Ancona. Este domingo no voy a estar, por tanto, en Las Gaunas sino en la costa adriática de Italia. Me dispongo a disfrutar de unas bien merecidas (creo) vacaciones con mi pareja, que ahora mismo va dormida a mi izquierda, agotada. Yo también estoy agotado, pero no soy capaz de dormir. No soy una persona visceral, ni especialmente nerviosa, ni soy de darle muchas vueltas a la cabeza. De hecho, suelo mantener la calma en casi todas las situaciones. Pero ahora mismo, de camino a unos días de descanso, relax y disfrute en la mejor compañía posible, no consigo estar tranquilo, no estoy contento. Al menos, no al 100%. Hay algo que no me está dejando disfrutar del momento y llevo un rato intentando descubrir la auténtica razón.
Los motivos de mi inquietud no son por la necesidad imperiosa de ascender, ni la incertidumbre del resultado, ni el marcador adverso de la ida, ni si saldremos con doble pivote. Tampoco el Marbella, que desde el día del sorteo es, en mi cabeza, como mínimo el Barça de Rijkaard. Ni siquiera el arbitraje. Ese runrún lleva días ahí, creciendo poco a poco, pero todavía es leve. El domingo ya tendrá la fuerza suficiente como para afectar de verdad a mi estado de ánimo, pero hoy no. Aún es pronto para eso. Tiene que ser algo más personal.
Tampoco estoy inquieto porque crea que le estoy fallando al club, o a mis compañeros de grada. Primero, porque el estadio se va a llenar. Por lo tanto, gracias a los 12.000 locos de la cabeza que hasta anoche (viernes) habían comprado su entrada y a los que la van a comprar entre hoy y el domingo, nadie va a notar mi ausencia. Segundo, porque creo, sinceramente, que no le debo nada a este Logroñés. Pago mi abono religiosamente cada temporada, compro más camisetas de las que puedo usar, estoy al día de todo lo que ocurre a su alrededor y, siempre que puedo, me paso por Las Gaunas o, aún mejor, me apunto a algún desplazamiento. Vivir en otro país no facilita las cosas, pero tengo la conciencia muy tranquila en ese sentido. Podría hacer más por el club, desde luego, pero lo normal sería hacer menos, dadas las circunstancias.
Tampoco el Logroñés me debe nada a mí, ojo. A cambio de todo eso que yo hago por él, el Logroñés me entretiene, me da alegrías (y sí, alguna tristeza), me hace pasar algunos de los mejores momentos que recuerdo y me ha permitido conocer a un grupo de muy buena gente que se ha convertido en muy buenos amigos. En otras palabras, me hace disfrutar del camino. Y todos sabemos que lo importante es gozar, así que… Estamos en paz, o eso creo yo.
El caso es que para mí el fútbol no es sólo futbol. Entre otras cosas, porque el fútbol nos trae recuerdos. A mí, por ejemplo, me trae recuerdos de personas importantes. Y, cuando eso pasa, me vuelvo bastante sensiblón. Más aún si he dormido poco.
A mis casi 44 años, recuerdo haber soltado alguna lagrimilla tres veces por culpa del fútbol. Las tres mientras viajaba. Nunca por una derrota, nunca tras una victoria. Siempre antes de partidos importantes. La primera vez que lloré antes de un partido fue en un vuelo Madrid – Johannesburgo, un 11 de julio de 2010. Si estás leyendo esto es porque eres, al menos, un poco futbolero. Y, siendo así, no hace falta que te dé más explicaciones sobre lo que pasó aquel día. La segunda vez fue conduciendo mi coche desde Oviedo a Logroño, con mi pareja dormida en el asiento del copiloto. Sí, duerme bastante, especialmente durante los viajes. Fue el día antes de aquel partido de playoff contra el Hércules en Las Gaunas. El día antes de aquel corteo y aquellos 10 minutos de ovación que lo cambiaron todo. La tercera vez, no hace falta ser adivino, es hoy. Y ni siquiera estoy viajando al partido.
Y es que yo, cuando vienen partidos importantes, sobre todo si son del Logroñés, me acuerdo de la persona que me hizo aficionarme al fútbol y ser blanquirrojo: mi tío. Con él y con mi primo fui por primera vez a Las Gaunas. Él me llevó a Toledo, con 16 años y la pierna escayolada, a vivir en directo aquel ascenso inolvidable en el Salto del Caballo. Y él me regaló mi primer abono la temporada siguiente, que fue la de Morales, Rubén Sosa, Aizkorreta o Marcelo Tejera. La temporada en la que todo empezó a torcerse, y no sólo en lo deportivo. Ese mismo año mi tío enfermó. Y claro, en momentos como este se le echa mucho en falta.
Pero, si no estoy del todo contento por haberme ido de vacaciones justo ahora, no es por mi tío. No tengo la sensación de estar fallándole a él, ni mucho menos. La deuda blanquirroja que tenía con mi mentor futbolero está saldada desde que conseguí que el crack de su nieto, que nació y vive en Madrid, sea, aparte de madridista, del Logroñés. Como su abuelo. Y como su primo.
¿Por qué, entonces, me jode tanto no estar el domingo? Egoístamente, me fastidia perderme un día que, pase lo que pase sobre el verde, va a ser histórico y de mucho disfrute. Pero, si te digo la verdad, vivir fuera te acostumbra a perderte momentos importantes: reuniones familiares, fiestas de tu pueblo, eventos especiales a los que te gustaría acudir… Aprendes a llevarlo con resignación y, sobre todo, aprendes a disfrutar más de esas veces en las que sí puedes estar. Por eso, para mí, el desplazamiento a Nájera, sin ir más lejos, fue una experiencia memorable, aunque a alguno le pueda parecer exagerado. Me pondré la blanquirroja y disfrutaré y sufriré en la distancia, viendo el partido en mi ordenador, de aquella manera. Como tantas otras veces. Está claro que echaré de menos el ambiente previo, los nervios compartidos y, sobre todo, los abrazos de gol, si el balón decide ser benevolente con nosotros. Pero estoy acostumbrado.

Lo que de verdad me tiene mosqueado conmigo mismo por no haber mirado bien el calendario de la temporada antes de organizar las vacaciones es la sensación de oportunidad perdida. Me explico. Tengo dos sobrinos pequeños, de 7 y 4 años. Mi hermano y mi cuñada no son nada futboleros. A mi sobrina mayor no es que le atraiga mucho el juego en sí, pero sí que muestra interés por el aspecto más social. Le resulta curioso que la gente esté tan contenta cuando su equipo gana y tan triste cuando pierde. O que vayan todos los aficionados disfrazados de futbolistas, como si fuera esto el carnaval. Cuando esta Semana Santa les compré la camiseta del Logroñés a los dos, a ella le pregunté varias veces si prefería otra cosa. Pero ante mi sorpresa (y la de mi cuñada) y mi satisfacción, dijo que no. Que quería la camiseta del Logroñés, que una amiga también la tenía y la llevaba al cole muchos días. Al pequeño no hizo falta preguntarle. No hay cosa que más le guste que bajar al parque con su balón a imitar cómo juegan los niños mayores. Y claro, vestirse de futbolista, como hacen ellos, es algo que le vuelve loco. No es casualidad que les haya comprado la zamarra de este año y no otra. Quería que su primera camiseta del Logroñés fuera la del año en que tocamos fondo. Hay que ir conociendo a tu equipo desde el principio, que luego te llevas sorpresas desagradables y decepciones.
El caso es que, a medida que esta semana se han ido agotando las entradas para el partido y ha ido quedando claro que lo del domingo va a ser un hecho histórico -en términos de riojanos-, me he dado cuenta de la experiencia increíble que hubiera sido para mis sobrinos ponerse sus camisetas nuevas para ir con su tío a ver su primer partido de fútbol, en un estadio lleno a rebosar, todos vestidos con los mismos colores y sin parar de animar al equipo de su tierra. Habrían flipado, estoy seguro de que habrían recordado ese día toda su vida. Así que he llegado a la conclusión de que les he fallado a ellos, nada menos. Y esa es la verdadera razón de que ahora mismo, de camino a unas vacaciones que pintan muy bien, esté pensando más en un puto partido de fútbol que en el mar, la playa, los monumentos, la pasta, la pizza, los helados, las cervezas frías y la tranquilidad de estar unos días sin hacer caso a los correos electrónicos del trabajo.
Sé lo que estás pensando: «¿Pero para qué me cuenta este tío esta película? Que espabile, que no somos nuevos. Es de primero de fútbol de barro: las fechas de playoff se miran a principio de temporada y se dejan bloqueadas en la agenda desde septiembre. Por lo que pueda pasar». Y tienes razón. Si tuviera que darte un consejo ahora mismo, sería ése.
Pero aparte del consejo también tengo una petición. Pase lo que pase el domingo, habrá un próximo playoff más pronto que tarde. Si no subimos, volveremos a intentarlo con más fuerza. Si subimos, nuestro objetivo volverá a ser el fútbol profesional. Y necesito que el ambiente que va a haber este domingo se repita más veces para poder vivirlo con mis sobrinos y poder quitarme esta espinita. Que esto no sea flor de un día, que la próxima vez que nos juguemos un ascenso volvamos a liarla así, que lo histórico pase a ser lo normal. Porque mis sobrinos, como todos los niños, se merecen vivir un día como éste desde dentro. Aunque su tío sea idiota.



