(En Calahorra, su pueblo y el mío, se nos ha muerto como del rayo Sandra Carmona, a quien tanto queríamos)
Hay personas que hacen la vida más fácil a los que tienen alrededor y una de ellas era Sandrita. La amistad compartida desde hace casi tres décadas ha llenado el último día de recuerdos apiñados que van y vienen dibujando un perfil casi a la perfección de la Sandra amiga, la Sandra compañera y la Sandra ‘al otro lado’, ese que para los periodistas a veces es oscuro y al que ella había sabido adaptarse a la perfección.
Conocí a una pequeña pero arreosa Sandra un juvenil verano. Después fuimos creciendo juntas en esto del periodismo, en la increíble responsabilidad de contar historias, de que la gente pusiese su confianza en nosotras para contarnos su vida y plasmarla luego, yo en el papel y ella donde fuese.
Se acercó a cientos de casas a través de la pequeña caja. Estaba enamorada de la tele y la tele lo estaba de ella. («Qué bien sales siempre, jodida»). Pero era capaz de amoldarse a cualquier medio. Nadaba como una jabata en las aguas mansas pero también en los ríos revueltos que no faltaron en su vida. Si había que hacer radio, lo hacía como la que mejor. Si tenía que cubrirte un día en el periódico, su reportaje era tan brillante como si hubiese escrito toda su vida en papel. Con todo se atrevía y todo le salía.

FOTO: Fernando Díaz/ TVR.
Pero donde Sandra ganaba era en la distancia corta. Daba igual con los compañeros que hoy siguen rotos de dolor que con los cientos de personas que han pasado por sus reportajes. Su implicación con las historias que contaba llegaba hasta la extenuación. Lo hacía suyo, sufría o gozaba como si fuese ella la protagonista.
Pocos lo saben, pero ella fue la encargada de que Mercaforum sobreviviese al varapalo que hubiese supuesto su desaparición cuando, por falta de fondos, la asociación decidió que era el momento de parar. Nos pilló por banda a un grupo de periodistas y dijo eso de: «Esto no puede ser, hay que hacer lo que sea». Monográficos sobre el tema, entrevistas en profundidad, pero también cuestaciones o inflar globos hasta quedarnos sin aliento. Ella se encargó de poner en marcha una maquinaria que obligó a todos a sacar adelante el proyecto.
Sufría Calahorra con tanta intensidad que, a pesar de que no le correspondía trabajar, sin llamar, se presentó en la oficina el día que ETA quiso dejar huella de su barbarie en la ciudad. Sin preguntar, encendió el ordenador y se puso a teclear, a llamar por teléfono, a salir con la cámara, a pedir las pizzas para cenar. Una vez que llegaba ella ya todo era más fácil.
Así era Sandra. Siempre dispuesta. Nunca decía que no. El ‘sí’ era su única opción en el periodismo, pero también en la vida. Si alguna asociación la necesitaba, allí estaba ella. Tanta valentía en un cuerpo tan pequeño, que en mitad de una pandemia dijo sí al puesto de directora de comunicación de Salud («tú estás chalada») y nos fue guiando en una situación en la que el resto estábamos perdidos. Sabía cómo había que hacerlo y, si no lo sabía, lo aprendió pronto. Estaba a todo. Sabías que podías ir tranquila si estaba ella. Antes de que llegásemos los demás ya lo tenía todo preparado. Quizás esta vez también se ha ido antes a prepararlo todo a la espera de que lleguemos el resto.
Pero Sandra era mucho más que una profesional. Además se convertía siempre en motor. Creía en los demás cuando ni ellos eran capaces de hacerlo. Recordábamos este trágico jueves sus palabras, siempre de aliento, ante las dificultades. Daba igual a los pipiolos que entraban de becarios que a los veteranos. El «tú puedes» estaba siembre en su boca, cosido a esa eterna sonrisa que lo eclipsaba todo. En lo profesional y en lo personal. Siempre estaba ahí.
Y su implicación motivadora le hizo sentirse satisfecha, con todos sus peros, que los conocía mejor que nadie, de la sanidad riojana. Hablaba con orgullo de los profesionales a los que había ido conociendo en los últimos años y conseguía contagiar esa fe a los periodistas. Y, a través de ellos, al resto de los riojanos. («Mery, son unas máquinas»). Cuantos amaneceres llorando juntas cuando llegaban los datos de contagios.
Bomberos y servicios de emergencias por su gestión en el 112, técnicos en el transporte en ambulancia, su Hospital de Calahorra, que era su pequeño tesoro dentro de la inmensidad del SERIS. Cada proyecto que salía de esa casa te lo contaba como si no hubiese otra cosa en el mundo. Porque se lo creía y nos lo hacía creer a los demás.
Madre incansable (aún recuerdo lo contenta que se fue este verano al concierto de chicas de la familia), hermana ejemplar, hija enamorada de sus padres. Amiga de todos, aunque no fuesen sus amigos, calagurritana orgullosa, riojana por los cuatro costados a pesar de sus raíces andaluzas.
Hoy duelen tanto las palabras que han tenido que pasar más de 24 horas de la irremediable llamada para poderse sentar delante del ordenador a escribirlas. Parece increíble que el lunes no vaya a sonar el teléfono y sigas ‘vendiéndome’ el tema que teníamos entre manos. «Mery, esto hay que contarlo». Solo espero que allá donde estés haya un buen surtido de regalices negros.
No eres consciente de lo que te vamos a echar de menos. Nosotros, quizás, aún tampoco.


