El Rioja

La revolución de Cenicero con acento francés

Cristina Forner o la revolución de Cenicero con acento francés

FOTOS: Fernando Díaz (Riojapress)

Cristina Forner (Saint-Aignan-sur-Cher, 1953) nació en el valle del Loira, en el corazón del conocido «jardín de Francia», donde los viticultores galos elaboran algunos de los mejores vinos blancos del mundo. En la tierra de esos imponentes castillos que cada verano nos ponen los dientes largos en las retransmisiones del Tour de Francia en TVE nació, pero en la más cercana Burdeos se crió. Cambió el Loira por el Garona desde su más tierna infancia, aunque más tarde también viviría a orillas del Sena y del Ebro hasta acabar a orillas del Manzanares. De puente a puente porque me lleva la corriente. Y del reino de los blancos al reino de los tintos, pasando por todos los lugares vinícolas del globo terráqueo sin perder el acento francés.

Un recorrido vital entre dos países separados por los Pirineos con un líquido elemento común: el vino. Acostumbrada a viajar a cualquier parte del mundo en cualquier época del año, la expansión de Marqués de Cáceres a otras denominaciones como Ribera del Duero le han hecho establecer su residencia en Madrid. «Aunque sigo teniendo mi piso en Logroño», reconoce la presidenta de esta emblemática bodega de Cenicero, quien repasa con NueveCuatroUno una trayectoria que bien vale el título de «la dama del vino de España». Carta ganadora.

Estudió la carrera de Administración y Dirección de Empresas en Burdeos, aunque al terminar también realizó varios cursos de enología en la cercana Talence. Después trabajó año y medio en los chateaux de la familia hasta que se trasladó a París. «Tenía allí antiguos amigos de carrera, me mudé y monté mi propio negocio inmobiliario». Consiguió un préstamo y se lanzó a la aventura. «Cuando uno es joven, tiene entusiasmo y se lo cree… empecé a hacer publicidad poniendo el teléfono de mi casa y el de mi oficina. Respondía veinticuatro horas al día los siete días de la semana. Trabajaba los fines de semana, puentes…». La vitalidad juvenil le hicieron salir adelante en la capital francesa, aunque una llamada iba a cambiar su carrera para siempre.

«Mi padre me pidió venir aquí, a La Rioja, porque necesitaba desarrollar los mercados exteriores y la exportación. Me lo pensé y decidí que la historia de mi familia bien merecía que yo hiciese ese esfuerzo o que al menos lo intentara». ¿Y cómo acaba una joven nacida en el «jardín de Francia» a orillas del río Ebro en Cenicero? Si pensamos en que Cristina Forner es biznieta, nieta e hija de bodegueros, no es difícil asumirlo. ¿Pero cómo? «En la familia de mi padre habían sido negociantes de vino en Sagunto y ya mi abuelo paterno exportaba vino a cuatro o cinco países europeos». Este tenía un almacén con vino en el sureste de Francia, pero la política le llevó al exilio y a perderlo todo en un plumazo. Vendió todas sus pertenencias y volvió a empezar en un pequeño viñedo de Minervois.

«Mi familia tuvo un destino cruel porque mis abuelos murieron jóvenes, con 44 y 40 años». Su padre, el mayor de tres hermanos, se hizo cargo entonces de todo y con dieciocho años dejó de estudiar. «Ha sido un hombre valiente y trabajador con una gran visión». Decidió vender el viñedo de la zona de Minervois y se hizo negociante de vino junto a su hermano. Uno en el valle del Ródano y otro en el valle del Loira. «Estuvieron diez años trabajando en eso hasta que decidieron volver al terruño y al viñedo». Burdeos pasaba por una situación económica un poco complicada y, con un año de diferencia, se presentó la oportunidad de comprar dos chateaux cerca de Pauillac (uno de ellas un gran cru classé). «Fue una buena operación porque estaba todo por rehabilitar, plantar parte de las faltas que había en el viñedo…». El proyecto por el que ambos se desvivieron también juntó en el camino al padre de Cristina Forner con el enólogo que, en aquel momento, se consideraba como el gurú de la enología: Emile Peynaud.

Peynaud y Forner hicieron las maletas. «Mi padre tenía la ilusión de volver a su país y crear un proyecto propio. Visitaron varias zonas vinícolas españolas hasta ver que esta zona de La Rioja era la más apropiada: ideal por por su situación, la historia, el viñedo y el prestigio». La pareja sabía que contaba con otra ventaja: el conocimiento y la experiencia adquirida en Francia. «Los vinos de Rioja tradicionales estaban muy marcados por el roble, los tintos eran de color más atejado, y los blancos y rosados estaban siempre al borde de la oxidación». Por tanto, lo tenían claro. La escuela bordelesa era el camino para crear un nuevo estilo de vino. «No trataba de copiar el de Burdeos sino de inspirarse de toda la evolución que había tenido la vinificación allí. Marqués de Cáceres fue una revolución».

A la llegada a Cenicero de la familia Forner, el padre seleccionó varios viñedos del pueblo y estableció contratos a largo plazo con los viticultores. «Evidentemente, se trataba de seleccionar los mejores viñedos y también de impulsar a los viticultores a mantener las cepas y las viñas viejas. Sabemos que son menos productivas, pero también que requieren un esfuerzo en cuanto a la remuneración». A algunos viticultores de la cooperativa, al implicarse totalmente con el proyecto de la bodega, «que nació de la nada», les entregó un paquete de acciones. Las cosas de la economía, que no todo es campo. «Primero se construyó una pequeña bodega, luego una bodega de producción y ha sido poco a poco, a medida que íbamos ganando distribución, lo que hemos ido invirtiendo y creciendo».

¿Por qué fue Marqués de Cáceres una revolución? Recuerda Cristina Forner que la apuesta desde el primer minuto (la bodega se adquiere en el año 1970) fueron vinos tintos con más fruta y más estructura. «Utilizamos mucho roble francés, en vez del roble americano, porque es más delicado. Es un tostado más suave y entonces nos daba ese equilibrio que nos gustaba. Los blancos y rosados eran vivos y frescos, elaborados con técnicas modernas de vinificación, depósitos inoxidables, temperaturas controladas… todo el proceso fue una revolución en el momento, pero también una apuesta muy fuerte». De hecho, rememora, pasaron cuatro años hasta que se vendió la primera botella de Marqués de Cáceres. «El mercado nacional no percibía el nuevo estilo de vino y tuvimos que salir a exportar. Gracias a las relaciones de mi padre en Burdeos teníamos algunos mercados europeos abiertos y Estados Unidos».

En los seis años siguientes, del 74 al 80, la bodega riojana sobrevisió gracias a los mercados de exportación. «Le dieron la credibilidad y ese reconocimiento de vino de calidad, de vino de Rioja innovador». En el año 83 ocurrió la citada llamada. Hija, tienes que venir. Y la hija fue. Cambió París por Logroño para desarrollar los mercados ya existentes y abrir nuevos (actualmente un cincuenta por ciento se vende en España y el resto en 135 países). «Al llegar aquí fue un como un salto al vacío. Había muy pocas mujeres en el mundo del vino y era un ambiente rural, con todas sus cualidades. También tengo que decir que se aprende muchísimo de la inteligencia de la gente local porque sabe lo que quiere y cómo defenderlo, cómo tiene que ser». Cristina Forner estudió entonces un MBA sin necesidad de acudir a ninguna escuela de negocios. «Mi padre me dijo que me iba a llevar a todas las reuniones sólo para que observara y aprendiera. Tenía que conocer la cultura local para después aportar mi experiencia».

«El éxito de una comercialización no es un pruebe el vino, mire que bien, que buen precio tiene y le voy a dar no sé qué para que lo venda. No. El trabajo en ese momento, cuando Rioja no era tan conocida, porque aún había pocas bodegas que exportaban, era transmitir lo que era La Rioja: todo lo que se había conseguido, la nueva escuela de vinificación, lo bien que se maridan los vinos de Rioja con cualquier gastronomía…». Durante catorce años, la ahora presidenta de Marqués de Cáceres viajó sola por todo el mundo. «Entre seis y ocho meses al año». Después reforzó su equipo más cercano y en 2007 se hizo con las riendas de toda la compañía (su padre se retiró por motivos de salud). Recién llegada al cargo, la crisis financiera le explotó en la silla para provocar una nueva revolución. «Fue una reflexión de fondo en la que cada uno respondía con los medios que le parecían más oportunos».

Así, recuerda, había bodegas que ofrecían diez cajas de vino a cambio de otras tres o cuatro de regalo. «Yo cogía los balances de esta casa, porque nosotros no vendemos tintos jóvenes sino que todos son crianza, reserva y gran reserva (cuatro años de existencias en el almacén), y pensé que no podíamos regalar así». Pregunta interna: «¿Dónde podemos ser más competitivos?». Respuesta interna: «En dar más calidad y mantener precios». Para ello realizaron selecciones parcelariase e invirtieron en aspectos técnicos como depósitos más pequeños. «Para recoger la identidad de esas parcelas». Además, realizó un proyecto de expansión que culminó hace tres años. En 2014 desembarcaron en Rueda (125 hectáreas y una nueva bodega) y en 2019 llegaron a Ribera (Finca La Capilla con 60 hectáreas). «Queríamos completar nuestra oferta de Rioja, que es una denominación de origen internacionalmente reconocida, con otras denominaciones de origen de prestigio y que nos iba también ayudar a consolidar nuestra oferta».

«Una presencia más extensa para responder a diferentes ocasiones de consumo y de segmentos de precio. De un rueda o una viura blanca de Rioja hasta el vino más caro hay un abanico de vinos de estilo diferente», explica Cristina Forner, quien explica que también han iniciado una colaboración para ofrecer un albariño de Rias Baixas y que en 2018 se abrieron camino en el cava con un productor local. Por último, también en Rioja, adquirieron diecisiete hectáreas en Laguardia y treinta San Vicente de la Sonsierra, donde compraban desde hace cuarenta años las uvas para sus vinos de más alta expresión (Gadium y Generación MC).

«Además de proveer de uvas, esto también ayuda a desarrollar planes de investigación y desarrollo con injertos de otra variedades en viñas viejas, clones de determinadas cepas, una viticultura sostenible… estamos desarrollando proyectos con total libertad, que requieren de una inversión, pero que también es parte de proyectos a nivel general». Porque al hablar de sostenibilidad en la viticultura, explica Cristina Forner, no es solo pensar verde. «Entendemos la sostenibilidad como la protección del medio ambiente, pero también en revertir en la economía local. Mantener la viña vieja requiere primas e incentivos para que este patrimonio se mantenga, lo que también revierte en la economía local y socialmente. Es un patrimonio».

Por último, una aclaración y una reflexión. La primera, que Marqués de Cáceres ha trabajado de forma «muy activa» en los diez últimos años, lo que le ha llevado a encerrarse mucho de puertas para dentro. «Nosotros no somos una multinacional sino que somos una empresa familiar. Hemos estado lidiando con todo lo que nos venía encima a todos y por eso hay personas que no se imaginan lo que es Marqués de Cáceres». La segunda, que Rioja no se tiene que comparar con Burdeos. Y lo dice alguien con conocimiento de causa. «Rioja brilla por sí misma. El potencial de Rioja es obvio y evidente. Hoy en día ya somos más bodegueros con la capacidad de transmitir el valor que tiene La Rioja. No nos podemos comparar con Burdeos y no hablo sólo de los vinos, pero es que la vocación exportadora de Burdeos nació mucho antes que Rioja porque tiene poco más de 100 años».

La vocación exportadora de Rioja es más reciente, añade, destacando que hay bodegas que se han planteado la internacionalización como un valor empresarial. «Cuando llegué aquí, las bodegas vendían mayormente su producción en España a precios más altos y con menos gasto porque cuando te toca ir a viajar por el mundo a abrir mercados hay una inversión muy fuerte. Sin embargo, cuando digo que la bodega ha sobrevivido merced a sus mercados de exportación, es que lo teníamos que hacer sí o sí porque el mercado nacional aún no estaba preparado para el estilo de nuestros vinos». Ahora, por suerte, parece que la cosa ya ha cambiado y considera que Rioja tiene un potencial enorme. «Yo diría que donde tenemos que mejorar, y me pongo dentro, es en saber defender el valor, el precio del vino. Muchas veces, el vender no son condiciones económicas únicamente. El vender es vender toda una cultura y una experiencia en torno al vino. Hay un potencial enorme para ir subiendo en percepción de lo que somos en realidad». Palabra de «dama del vino».

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