El Rioja

Sístole, el camino al detalle que palpita en Rioja

Sístole, el camino al detalle que palpita en Rioja

José Alberto Reinares y Cristofer Ruiz (Sístole), en el viñedo de maturana tinta en Clavijo. Foto: Leire Díez

Por la libertad se vive en los pueblos. Con este mantra han lanzado Cristofer Ruiz y José Alberto Reinares desde Alberite sus primeras 400 botellas al mercado de una joven maturana tinta que bombea ambición y confianza. Los primeros 400 deseos cumplidos. Las primeros 400 decisiones bien tomadas. Las primeras 400 evidencias de que no es tan importante llegar a mucha gente, si no a un gran público. Los primeros 400 motivos para hacer de un entorno tu pasión. Todo esto es Sístole. Es un pueblo, una uva, una amistad y una ilusión que bombean al mismo compás.

Dicho del periodo del ciclo cardíaco en que se produce la contracción del tejido muscular del corazón y de las arterias para empujar la sangre que contienen, Sístole es la última fase del proceso, la última puerta atravesada para que esta pareja de viticultores (Cristofer, además, es enólogo) completen su ciclo. Les une una amistad forjada durante más de una década cuando cruzaron sus caminos laborales en una bodega de la zona, donde han pasado la mitad de sus vendimias (Cristofer, 16; José Alberto, unas 30). «Y al final tanto roce…» pues crea proyectos como este. Sin un gran apellido detrás, sin una historia centenaria, simplemente con las ganas de crear algo propio.

José Alberto Reinares y Cristofer Ruiz (Sístole), en el viñedo de maturana tinta en Clavijo. Foto: Leire Díez

«Siempre hemos hecho vino para los de casa y para amigos, lo típico. Y de cantidad, rondando los 5.000 kilos de uva, aunque este año hemos hecho menos de 2.000. Y siempre ha gustado mucho, así que era una forma también de completar el ciclo. Fue como un pálpito que tuvimos de aventurarnos en esto e ir un poco más allá. Si el vino que hacemos para casa está tan bueno, y no lo decimos solo nosotros -ríen-, ¿por qué no hacerlo para el resto de la gente?». Y llegó el detonante: Lucca, el hijo de Cristofer. Antaño, y todavía en muchas casas donde las tradiciones siguen girando en torno al vino, era costumbre hacer un nuevo vino para celebrar un nacimiento. «La idea inicial era hacerlo también para consumirlo nosotros, pero probándolo vimos que ese vino estaba muy bueno». Pero ya no podrían tirar de los calados familiares en Alberite donde amasan esos vinos para potear entre amigos. «Había que hacer las cosas bien, con la infraestructura necesaria, así que le pedimos el favor a Víctor Ausejo -también viticultor de Alberite que en 2018 lanzó su proyecto de garnachas blancas movido por una misma pasión-, quien nos ha cedido parte de su pequeña bodega para elaborar este vino».

Fue la añada 2019, de la que han salido la friolera de 400 botellas que llevan ya un par de meses en el mercado, la primera que se vinificó. Está sacada de tres parcelas de maturana tinta de Navarrete distribuidas en el término de Clavijo que Cristofer plantó hace seis años, cuando esta uva despertó en él un interés especial a raíz de los proyectos de recuperación de variedades que se llevaban a cabo en la denominación. «Participé en una cata donde tuve la oportunidad de probar vinos elaborados a partir de esta uva y lo que ví en ese momento fue un gran potencial, así que hablé con mi padre y le propuse salir del tradicional tempranillo que inunda la denominación actualmente. Cierto es que se trata de una variedad con pocos amigos. Resulta un poco verde que puede mantener alejado el paladar del público debido a esa cantidad alta de piracinas que contiene y que le aportan aromas similares al pimiento verde, tipo un cabernet sauvignon. De ahí que haya que buscar una buena maduración en la uva, que suele ser temprana, pero sin pasarse para evitar que sea oxidativa también. Es decir, hay que medir bien y buscar el equilibrio para poder extraer su máximo potencial porque la maturana no es tan regular como por ejemplo puede ser la uva tempranillo», apunta Ruiz.

El viñedo de maturana tinta en Clavijo. Foto: Leire Díez. | Foto: Leire Díez

Una de esas viñas, con poco más de una fanega de tierra y plantada a unos 780 metros de altitud, palpita al mismo ritmo que el pequeño Lucca, con quien comparte nombre. Con el Castillo de Clavijo al fondo, vigilante de un valle de viñas que sortean colinas. Esta es una de las parcelas «mimadas» de Sístole, por lo que la atención que se le presta sobrepasa lo habitual. Vendimiada el pasado 2 de octubre, aquella fecha congregó a la familia de ambos en torno a tijeras y cestos, seleccionando primero en campo y recogiendo después las mejores uvas para este primer vino. «Como se hacía antes, y es un placer». Cristofer y José Alberto ya se han despedido de esta «larga y dura» cosecha, intercalando las maturanas con las otras variedades en la bodega donde trabajan. «No somos una gran firma, aquí solo nos mueve una inquietud, un pálpito y, sobre todo, una ilusión».

Aunque todavía se trate de un plan muy incipiente, el proyecto de Sístole tiene cabida para, al menos, otro vino más. Este tándem perfecto, en el que Cristofer pone la motivación y la aventura y José Alberto pone los pies en el suelo con la sensatez y moderación de la experiencia, ya baraja la posibilidad de incluir un vino más en su reciente gama. Será una garnacha ‘made in’ Alberite, propiedad del más veterano del equipo. «Una uva maravillosa que, desgraciadamente, se ha perdido mucho en Rioja a pesar de ser de lo mejor que hay en la denominación», remarca José Alberto. Lo que han cantado hasta ahora «ha quedado muy bien, y este año tiene muy buena pinta». Así que es probable que se vea próximamente. «Pero todavía está en el horno», aclaran al unísono. «Vamos poco a poco, que ya de por sí meternos es este mundo de la elaboración por primera vez tiene su aquel, aunque vayamos motivados para continuar con ello porque reconforta, y sorprende también mucho, que te digan lo bien que estamos haciendo nuestro trabajo. A mí si me dicen hace tres años que vamos a estar donde estamos, no me lo creo», reconoce José Alberto.

Sístole, el vino de José Alberto Reinares y Cristofer Ruiz, desde el viñedo de maturana tinta en Clavijo. Foto: Leire Díez

No es nada fácil lanzarse a un agua desconocida y sin flotador. Una nueva marca. Un nuevo equipo. Un nuevo vino. Y por delante, un inmenso y competente mercado donde surfear un oleaje revuelto y donde cada vez hay más peces que buscan ser pescados. «Se sufre, las cosas como son. Luego te sale bien y te da una motivación… Por no hablar desde el punto de vista rentable, ya que lo es más si elaboras y no te quedas en la producción y venta de la uva. Pero claro, los que son más mayores no quieren enredarse en estos follones porque cada vez piden más recursos para llevar a cabo proyectos pequeños. Son los jóvenes los que tiran adelante y ahora se ve mucho. Una tónica que creemos que se mantendrá porque ahora se está retrocediendo en el tratamiento de la vid. Se está volviendo a la esencia de Rioja y eso va a dejar un futuro interesante», opina este equipo.

Pero José Alberto y Cristofer, sin embargo, han sabido coger bien esas olas sobre una tabla que poco abunda en este mar. «El adentrarnos en el mercado con un monovarietal de maturana tinta facilita mucho las cosas porque no es lo habitual y está claro que si quieres que se te vea tienes que ir a lo diferente, aunque bien es cierto que las pocas maturanas que hay están bien asentadas entre el público. Por otro lado, partimos también de estar en un territorio privilegiado con viñedo en altura, algo que cada vez está más demandado, y cotizado. Pero hay que llamar a muchas puertas si quieres que se te escuche, al mismo tiempo que tirar de amigos y conocidos para abrirte hueco». Al menos una parte importante del marketing de su vino, «la parte más difícil de todo el proceso», ya la han superado. Hace escasos días, el prescriptor británico Tim Atkin se acercó a catar su maturana y fueron buenas las impresiones que dejó sobre la mesa: «Habló de una maturana bien hecha, algo que le gustó y le sorprendió a la vez».

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