San Mateo

Tinta y tinto: ‘Y nadie en Logroño se siente extranjero’

San Mateo tiene dos momentos cumbre: el lanzamiento del cohete en la plaza del Ayuntamiento (mejor momento en cualquier fiesta popular) y la exaltación de chuletillas. En ambos actos existen también sus particulares instantes cumbre. Son dos. En el segundo, el momento en el que se enciende cada gavilla de sarmientos. La chispa de la felicidad. La chispa adecuada. La llama previa al éxtasis gastronómico. En el caso del mal llamado chupinazo, el punto álgido se alcanza cuando suena el himno a Logroño y 50.000 gargantas lo cantan al unísono. Nuestro particular Glastonbury con las banderas de La Rioja ondeando al viento para vestir de rojo, blanco, verde y amarillo cualquier instantánea.

Hay en esa letra una defensa del logroñesismo y el riojanismo, asumiendo con ironía ser esa región pequeña («en Logroño no hay tranvía, pero hay universidad») que poco pinta para los políticos de Madrid pero que también está cargada de historia («cuna de mi lengua, camino de encuentros») y, sobre todo, de gente acogedora («y nadie en Logroño se siente extranjero»). Lo canta la plaza del Ayuntamiento, lo canta el Adarraga, lo canta la plaza de toros de La Ribera, lo canta Las Gaunas… no es tan pegadiza como el ‘Quédate’ de Quevedo y Bizarrap, pero tiene su aquel.

No es casualidad su cierre. Ese que «nadie se siente extranjero». Por eso nos vamos a remontar a la ya citada exaltación de chuletillas, ese acto que convierte una céntrica calle de Logroño en un asador gigante del que es imposible escapar sin oler a humo. Tampoco se puede salir de allí con hambre y con sed, a tenor de la multitud de viandas que pueblan cada mesa y cada parrilla. El vino lo damos por descontado como algo que nunca falta. Exaltación de chuletillas, sí. Pero también de chorizo, salchichón, panceta, careta, embuchados, morcilla, pollo… tampoco faltan los tomates, las cebollas y los pimientos de alguna huerta cercana.

En esas andábamos el pasado sábado, entre vuelta y vuelta a la parrilla, cuando apareció por el otro lado de la calle un peregrino coreano más perdido que un pulpo en un garaje. Andaba despacio y observaba a cada cuadrilla como un extraterrestre que acaba de aterrizar en otro planeta. «Pero dónde me he metido». De la mochila le colgaban dos calcetines más sucios que el palo de un gallinero, dos bastones y una gorra. El peso de la vida, en la espalda. Una cinta en el pelo para evitar que el pelo le molestara en sus asiáticos ojos y un chubasquero para protegerse de la lluvia completaban su atuendo. Tan perdido estaba que no pudimos hacer otra cosa que llamar su atención e invitarle a pasar el día con nosotros. Y nadie en Logroño se siente extranjero.

Le dimos entonces una clase exprés de riojanismo: encender una gavilla, beber vino de una bota, saludar con un «qué vida», colocar la carne meticulosamente en la parilla, cortar jamón… lo único que no le dejamos hacer fue darle vuelta al asunto que nos ocupaba, ya que requiere una práctica y un giro de muñeca no enseñable en una mañana en la que van cayendo los vasos de vino a más mismo ritmo que la Bolsa. Y es que nadie en Logroño se siente extranjero, pero tampoco es cuestión de que te fastidie el asado el invitado de fuera. Con darle de comer y beber ya es suficiente.

El chico se llamaba algo así como Jeong Seok Bin y había salido por la mañana, a primera hora, de Los Arcos. Su idea era hacer noche en Logroño, pero acabó en Navarrete ante la falta de alojamiento en la capital rioajana. «¿Y cómo explicará esto en Corea cuando vuelva?», nos preguntábamos. Por suerte, hoy en día tenemos las redes sociales y los traductores para salir de dudas. Esto ha dejado escrito en Instagram a modo de resumen (cójase un poco con pinzas por algún cambio en la traducción) de su jornada en el Camino de Santiago.

Un día en que la gente era feliz. Hoy era el día de una pequeña fiesta regional en una ciudad llamada Logroño. Tenía tanta curiosidad, que terminé de caminar temprano y traté de encontrar un lugar para disfrutar de la fiesta. Todos los albergues estaban completos, así que arreglé un alojamiento a unos diez kilómetros de distancia -en Navarrete- y partí. Como de costumbre, comencé con el Buen Camino y, después de caminar mucho, llegué a la ciudad alrededor de la una de la tarde. Naturalmente, estaba abarrotado y era una gran ciudad, así que busqué una tienda para detenerme por un rato. Sin embargo, había mucho humo en una calle. Curioso, cuando fui allí, todos estaban haciendo un asado. En realidad, tenía mucha hambre, así que iba a comer, pero de repente un amigo español se me acercó y me preguntó si me gustaba el vino. También me enseñó a cortar salchichas y me recomendó vino tradicional. Me dio vergüenza porque era un favor que nunca antes había sentido, pero pronto me acostumbré, reí, conversé, bebí, comí y disfruté. Todos fueron amables. Siguió recomendándome comida y vino el alcalde, así que nos tomamos una foto juntos. Entonces me dijo que un miembro de la Asamblea Nacional también estaba allí -se refiere a Celso González, quien le acompañaba en ese momento-, lo buscó en Google y me mostró una foto. Jajaja. No me he reído así en seis días. La mayoría de los españoles que había conocido hasta ahora no hablaban inglés, pero afortunadamente estos sí, así que no hubo ningún problema para comunicarme y fue muy divertido. Pensé que iba a morir porque me lo bebí todo y caminé los doce kilómetros restantes ebrio. Solo la risa salía de mi boca, y la felicidad y la dificultad coexistían. Quiero ser como estas personas que pueden hacer favores sin esperar nada a cambio. Fue un día en el que pude aprender mucho y su amabilidad fue un gran placer para mí.

El placer fue nuestro. Y nadie en Logroño se siente extranjero.

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