La Rioja

De Ucrania a Arnedo: la sonrisa de la pequeña Cristina

De Ucrania a Arnedo: la sonrisa de Cristina, primera exiliada escolarizada en Arnedo

Cristina cumplió siete años huyendo de la guerra en Ucrania. Su madre, médico de profesión, decidió salir del país a primeros de marzo con el objetivo de salvaguardar a la niña de las barbaridades que se comenzaban a vivir en el país. Allí se ha tenido que quedar su padre y parte de su familia. Ana es profesora del Delgado Calvete en Arnedo. La guerra y la vida las ha puesto en el mismo camino. Un camino en el que Ana solo piensa en hacer feliz a la pequeña y en el que a Cristina, a pesar de todo lo que le ha tocado vivir en su aún corta vida, ya se le escapa alguna carcajada.

“Desde el centro nos avisaron un viernes que era más que probable que alguno de los niños ucranianos que estaban llegando a Arnedo podría entrar en el colegio. Afortunadamente Cristina cayó en mi clase”, cuenta Ana, que en cuanto supo de la existencia de Cristina preparó todo para que su llegada fuese lo más especial posible. “Digo afortunadamente porque la experiencia tanto para mí como para el resto de los niños de mi clase está siendo maravillosa, vamos a aprender mucho más de esto que de todo el temario que teníamos previsto para estos meses”, asegura.

Mientras Cristina salía con su madre de Ucrania a través de la frontera polaca y con sólo un par de bolsas que les dio tiempo a sacar de casa, Ana ya iba preparando su llegada. “Fue un trabajo extra por parte del colegio, porque en un principio no sabíamos las edades de los niños que iban a llegar”. Cristina fue la primera que se escolarizó en Arnedo.

“Cogí cosas que había en mi casa de mis hijos: carpetas, tijeras, pegamento… Me compré una caja nueva de pinturas para que cuando llegase ya tuviera algo suyo”. Me facilitaron una tablet para que pudiésemos comunicarnos con ella los primeros días”, cuenta Ana, que se descargó materiales adaptados, como un traductor de ucraniano y de ruso (porque Cristina también habla en este idioma). Además, “hice unos carteles grandes en clase para que sirvieran como vía de comunicación entre los chicos”. Así, el simple hecho de pedir ir al baño se hizo mucho más fácil.

Ana también tuvo que preparar la llegada de Cristina a los 18 niños de la clase. “El primer día lo dejamos todo a un lado para hablar de lo que estaba pasando en Ucrania y de lo que iba a suceder con la llegada de Cristina”, aunque reconoce que fue todo mucho más fácil porque los niños ya habían escuchado cosas sobre la guerra en casa. “Los padres de la clase fueron maravillosos. Cuando les avisé de la llegada de Cristina, muchos se pusieron en contacto conmigo para ofrecerme toda la ayuda que fuera necesaria”.

 

Entonces le hicieron un cartel de bienvenida, un libro con una foto y el nombre de cada uno de ellos para que en casa lo pudiese ir mirando y aprendiendo sus nombres y llegaron a un acuerdo: nadie hablaría de la guerra en clase. “Hicimos un pacto los niños y yo para no hablar de eso en clase porque creíamos que ese espacio era para que Cristina fuese feliz cada mañana”.

La acogida fue tan fantástica que el primer día que Cristina no pudo ir a clase porque tenía que ir a regularizar sus papeles a Logroño se pasó toda la tarde llorando por no poder ir al cole. “Cuando me lo contaron desde la familia supe a ciencia cierta que estábamos haciendo bien las cosas”, cuenta Ana.

Los primeros días fueron casi de juego. “Nos parece que el idioma es una barrera pero los niños la saben solventar a través del juego, es la mejor forma que tienen ellos de socializar”. Y así, poco a poco, Cristina ha ido aprendiendo vocabulario y ya empieza a pedir trabajar al mismo ritmo que sus compañeros. “El éxito académico queda esta vez en un segundo plano”.

Estos días, los primeros sin mascarilla, por fin Cristina ha podido ponerle cara completa a sus nuevos amigos y el resto ha podido ver su sonrisa. “Ha merecido la pena todo el esfuerzo extra”, asegura Ana.

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