El Rioja

El pacto de Richi y Raúl con sus ancestros

Richi Arambarri (CEO de Vintae)

No hay pactos malos salvo aquellos que se firman con el diablo. Y quizás ni eso si entramos en el terreno de lo místico y las creencias. Un apretón de manos como símbolo de un acuerdo que satisface a todas las partes. Diálogo. Consenso. Firmeza. Seguridad. De esta reflexión a la etiqueta de una botella sólo hay una vendimia de distancia e infinitas horas de conversación. Sólo. Tilde incluida. A partir de ahí, consecutivas cosechas e idéntica cantidad de sueños en forma de líquido elemento para dar forma a un pacto entre generaciones en la tierra con nombre de vino.

Lo han firmado Richi Arambarri y Raúl Acha con sus ancestros a ambas orillas del río Ebro. No les han hecho falta notarios ni abogados. La fuerza de la palabra. La creencia en las personas. El apretón de manos, decíamos, que se convierte en etiqueta para mostrar al mundo un mensaje. «Un propósito de no dejar que se extingan los auténticos vinos de pueblo. Una mirada al pasado y los orígenes del Rioja más puro, a los viticultores que daban vida a las zonas rurales y a esa cotidianidad pausada donde se da valor al tiempo, a la cercanía y a la comunidad».

Raúl Acha, enólogo de Vintae

En los viñedos de la Sonsierra y el Alto Najerilla ha surgido un acto de amor. Una locura para alumbrar un proyecto que encierra la historia y parte del corazón de ambos firmantes del mencionado pacto. «La Rioja de los almacenes de Haro, la de la Revolución Industrial, con bodegas que almacenaban el vino que compraban a elaboradores, que eran familias como la de Raúl o la mía, convivía con otra Rioja inédita: la de los vinos de pueblo, de familia», explica el CEO de Vintae, Richi Arambarri. Así pues, un regreso a ese origen que vincula a los viticultores con su entorno. «Al vino de viña de hace más de cincuenta años, a ese conocimiento de cuál era la mejor parcela, la mejor zona del pueblo, que se veía reflejada en los vinos de mejor calidad».

El proyecto de Vintae quiere recuperar ese reflejo del origen en los vinos mirando al pasado, al pasado de las familias de viticultores y su sabiduría, fruto de años de entrega al viñedo. Del gran pacto firmado entre Richi y Raúl con sus acentros ya van saliendo cuatro acuerdos con nombre y apellidos. Todos ecológicos como si formaran parte del COP26 de Glasgow. Dos al norte del Ebro y otros dos en el valle del Cárdenas, donde la paleta de colores ocres llega más tarde que al resto del Rioja para evidenciar la influencia de la Sierra de la Demanda sobre sus cepas centenarias. De 27 parcelas en Baños de Ebro, Villabuena, Navaridas y San Vicente sale el pacto de la Sonsierra (70.000 botellas) y de viñedos a caballo entre Cárdenas y Nájera llega el pacto del Alto Najerilla (9.000 botellas).

Viñedos en el valle del Cárdenas

Los otros dos pactos son algo más íntimos. Pequeños por tamaño, pero igual de relevantes (o más) por el compromiso que representan. El primero nace en dos parcelas centenarias (1920) de Navaridas que suman la friolera de 0,2 hectáreas y cuentan con una producción de un kilo por cepa. Un viñedo singular que lleva por nombre Riojanda, donde la tempranillo convive con graciano, mazuelo, variedades blancas y otras desconocidas en fase de estudio. «Multitud de clones que forman una pequeña arca de Noé», comenta Richi, quien destaca que en esta pequeña finca siempre se ha practicado viticultura ecológica y biodinámica para respetar los ciclos lunares.

El segundo cruza el río Ebro hacia el sur para llegar al valle del Cárdenas y situarse en una parcela del pueblo homónimo: Valdechuecas. De allí es Raúl Acha (Richi desciende del vecino Badarán). «La parte más moderna, de 1918, la plantó mi abuelo con veintitantos años», cuenta, aunque matiza que la propiedad era de su abuela materna, Anastasia Terreros. Garnachas centenarias junto a tempranillo, viura, malvasía y algunas cepas de graciano y mazuelo, entre otras castas desconocidas. Además, olivos, higueras y membrillos.

Trabajo conjunto en el que se agolpan los recuerdos, como cuando su abuelo excavó en la parte alta de la finca una cueva para protegerse de la lluvia y del calor del verano. «Las otras dos parcelas catastrales, las de 1912, las compró mi padre a otro viticultor en los años 60», relata el enólogo, quien apunta que se sigue conservando el nombre del anterior dueño, que se llamaba Dionisio, para denominar la parcela como ‘Valdechuecas la de Nisio’.

En ese valle, hermano pequeño del río Najerilla por donde hace siglos pasaban reyes y eclesiásticos para viajar entre Nájera y San Millán de la Cogolla, no encontramos grandes bodegas históricas de Rioja sino pequeños lugares de cosecheros por su lejanía con el ferrocarril. Sin grandes infraestructuras como las que arropa la Sierra de Cantabria, pero al abrigo del manto blanco del San Lorenzo, se abrieron paso los blancos y los claretes durante décadas. Ahora, el cambio climático, ha provocado que la zona sea también propicia para la crianza de tintos.

Quizás el monte más alto de La Rioja no sea un padre tan protector como la cordillera alavesa sino un padre que da mayor libertad a sus hijos. Independencia para buscar mayor frescura y maduraciones más lentas. «Nos hace especial ilusión enseñar esto porque descendemos de aquí», comenta Richi, al tiempo que Raúl explica que su pacto es «la fuerza de lo natural, de lo orgánico, esas viñas viejas, centenarias… que el trabajo artesanal ha contribuido a mantener en pie y evitar su pérdida».

El Pacto, un compromiso también con una agricultura orgánica, completamente manual, que mantiene en los suelos la vida con cubiertas vegetales que se siegan valiéndose de una pequeña desbrozadora. Las podas siguen el ciclo lunar, igual que se hacía más de medio siglo atrás. El toque de modernidad viene por los fudres y tinos donde se vinifica, que difiere de los recipientes de hormigón de hace 50 años, pero se mantiene ese espíritu que funde al hombre y su trabajo con la naturaleza. Y tú, ¿firmas?

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