El Rioja

El capricho que une el arte de Barceló con la magia de Mathieu Barrault

Mathieu Barrault, enólogo de Bodega Murúa

Roberto Carlos quería tener un millón de amigos para poder cantar más fuerte, aunque a la hora de la verdad estos sólo puedan contarse con los dedos de una mano. Por un lado están los deseos y por otro la realidad. Lo que no sabía el artista brasileño es que más fácil le hubiera sido pedirle a la música un millón de botellas de vino. La canción habría llegado igualmente hasta el otro lado del Atlántico para hacer una parada en Elciego, donde Bodegas Murua guarda a buen recaudo idéntica cifra de placer entre numerosas piezas artísticas de Miquel Barceló, Francisco de Goya, Álvaro Alcalá Galiano, Tomás Hiepes, Juan de Arellano, Fernando Álvarez de Sotomayor, Francisco Bores o Daniel Quintero, entre otros.

«En la bodega se juntan casi ocho añadas. Hasta tres años pasan en las barricas y cinco en las botellas», explican. Y es que en esta bodega, propiedad de la familia Masaveu, sólo se elaboran reservas, grandes reservas y vinos de autor. Caprichos en los que sólo hay una máxima: «Que el vino sea bueno». Para ello cuentan con ochenta hectáreas de viñedo propio -la mayoría de cepas viejas- en la comarca, de los que salen alrededor de 250.000 botellas (los rendimientos amparados por el Consejo Regulador permiten cosechar uva para el doble). El enológo Mathieu Barrault ha hecho una apuesta por bajar los rendimientos de cada parcela y por el viñedo ecológico -prácticamente la mitad ya está certificado-.

Viñedo ecológico en Bodega Murua

Lo encontramos una ventosa mañana de octubre junto a la despalilladora y la máquina de visión artificial de selección ópitca que separaa automáticamente los granos que quiere el enólogo francés. Mathieu cuenta que ya llevan cerca de 100.000 kilos recogidos, aproximadamente un tercio de la cosecha, por lo que no despega la mirada del cielo. «El fin de semana cayeron ocho litros en esta zona. Por suerte, corre el aire. Menos mal. Si hiciera calor, sería un paraíso para los hongos». El infierno para el viticultor. «Tendríamos que adelantar la vendimia por sanidad y no por el punto de maduración», explica, aunque se muestra más que satisfecho con el estado de la uva que llega a bodega.

Para su tranquilidad, ya ha vendimiado el blanco. Su recogida le trae de cabeza. «Vendimiamos las tres variedades juntas -viura, malvasía y garnacha- y la fecha se determina por la media de las tres variedades». De esas uvas saldrá el Murua Blanco, fermentado en barrica durante nueves meses y medio, donde la viura (setenta por ciento) manda. «Nos influye el efecto añada porque la viura puede estar más o menos madura a la hora de la recogida, pero nos interesa la media». ¿Y a qué se deben los ‘problemas’ que Mathieu Barrault tiene con la vendimia del blanco? Un trabajo casi quirúrgico. «Es un vino que nos cuesta mucho trabajo porque repasamos la cuñas buscando las cepas de blanco entremetidas. Hay que recorrer mucho terreno y no es una vendimia efectiva. Para que te hagas una idea: del tinto se vendimian 25.000 kilos al día y en el blanco tardamos dos días en coger 15.000».

Pese al trabajo, la recompensa merece la pena. El francés saca pecho tras probar una botella de este vino del 2019, aunque también señala que le gustaría comprobar su evolución porque le barrunta una «guarda potencial» de veinte años. Que nos guarde una caja para el 2040. Lo mismo le ocurre con la apuesta ecológica al comentar que han vencido al oidio sin utilizar tratamientos artificiales. Lo hace al hablar sobre el vino Murua VS (por aquello de la vendimia seleccionada), que tiene un diez por ciento de mazuelo. «Tiene más peligro al ser una variedad más sensible». Por suerte, el mismo que trabaja durante el año en la bodega también trabaja durante la vendimia. Poco a poco, las dinámicas se automatizan también en esta nueva ‘modalidad’ viticultora.

Más amigos

Pese a que sea imposible alcanzar la cifra del millón de amigos que quería Roberto Carlos, también es cierto que nunca viene mal contar con cuantos más conocidos, mejor. Una breve conversación al encontrarse por la calle, unos conocidos puntuales de vacaciones, un café de vez en cuando, un compañero de trabajo, un amor de verano… y en Bodega Murua reconocen sentirse felices por la cantidad de personas que cada día deciden hacerles una visita -el doble en julio y agosto que en los mismos meses del año pasado-. «A nuestra bodega la llamamos ‘la casa’ porque queremos ser los anfitriones».

«La gente viene aquí porque somos bodegueros y quiere probar los vinos. La base la tenemos porque los vinos son buenos, pero el enoturismo se encarga de disfrutarlo en las mejores condiciones», explica Chelo Miñana, directora de enoturismo de Masaveu Bodegas. «Estos meses hemos potenciado las visitas privadas como parte del protocolo de seguridad y reactivado los pequeños eventos en bodega, que el año pasado suspendimos por la crisis sanitaria». Sólo este año, hasta octubre, el número de visitantes ha creciendo un 49 por ciento -un tercio son internacionales- pese a las continuas restricciones ocasionadas por la pandemia (cierre perimetral de Álava e incluso el confinamiento exclusivo de Elciego).

«Julio y agosto ya son temporada alta», reconoce Miñana, aunque el COVID-19 ha hecho que esta ya se extienda durante seis meses desde verano hasta finales de noviembre. «El enoturismo se ha reactivado con fuerza y ocupa una buena posición respecto a otros tipos de viajes. Trabajamos con la esperanza de que el enoturismo se convierta en un potente dinamizador económico, vitivinícola y social de Rioja Alavesa ya que reúne todas las condiciones para tener grandes perspectivas de crecimiento y ser un valor de futuro», añade. ¿Cómo? «El arte para disfrutar del vino. Y, a partir de ahí, el enoturismo. Un enoturismo tranquilo».

Y de equipo. Miñana reconoce que la unión de fuerzas multiplica y que la presencia en Rioja Alavesa de otras atracciones turísticas como Marqués de Riscal y el Hotel Viura es un aliciente para que los visitantes se multipliquen, además de que las bodegas ya se han convencido de que el viñedo es el espacio adecuado. Más que los depósitos y las barricas. «La propia naturaleza del enoturismo que se desarrolla al aire libre, vinculado a las zonas rurales y basado en el disfrute de la cultura del vino integrado en el entorno, el paisaje y la naturaleza, han sido un revulsivo este verano para el viajero, muy sensibilizado aún con la pandemia».

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