El Rioja

El laberinto de Viña Ane entre “cepas falsas”

Eduardo Monge, de Bodegas Viña Ane Del Monge Garbati

Como si de un misterio de la naturaleza se tratara, nunca su dueño vio crecer vida en aquellas cepas de tempranillo tinto que, por el contrario, sí se llenaban de vegetación cada año con la irrupción de la primavera. Cosa curiosa lo de aquella parcela a las faldas de la Sierra Cantabria en el término de Balseca, pero Pedro, viticultor de la Sonsierra de los de siempre que la plantó hace casi medio siglo, nunca le dio más importancia.

“Vendimiaban todo junto y lo llevaban directamente a la cooperativa. Sabía que había unas cuantas cepas que no sacaban producción. Pero hasta ahí. Él avanzaba por el renque con el corquete y cuando se topaba con una de esas no agachaba el riñón y listo”, recuerda su hijo Eduardo Monge. Este, en cambio, sí prestó más atención cuando en aquel verano de 2009 esos pámpanos comenzaron a cubrirse de pequeños racimos. «Algo estaba pasando que merecía la pena». Y se lo contó rápidamente a su padre, quien en numerosas ocasiones le había insistido a que injertase la viña para aprovechar las cepas.

Las primeras campañas transcurrieron con serenidad. Estudiando y comprobando qué salía de ahí y por qué, de repente, aquellas decenas de cepas habían despertado de su letargo. «Lo primero que pensé fue que al menos iba a tener más uvas aquellos años. Pero luego probé los granos y vi que ahí había sabor, fruta y cuerpo, así que un día decidí vendimiarlas aparte en un depósito. El resultado fue importante e interesante», cuenta. Y después vinieron las primeras barricas de 225 litros. «Desde la de 2009 han salido todas las añadas excepto la de 2010, 2013 y 2017. Con la de 2019 hicimos dos barricas y de la cosecha anterior logramos sacar hasta tres».

Eduardo Monge sostiene un racimo de tempranillo tinto de una de sus «cepas falsas», en San Vicente de la Sonsierra | Foto: Leire Díez.

Desde lo más somero de la finca se aprecia una vaguada en la que parece que la tierra se hunde. Ahí, los tonos verdes del forraje cambian de color y conforme se avanza cuesta abajo se contemplan unas cepas de menor altura, con un verde más intenso y unas hojas de parra más pequeñas. Explorando la vid en busca de sus racimos, allí cuelgan unos granos pequeños y sueltos. El gerente de Viña Ane Bodegas Del Monge Garbati (este segundo apellido en honor a su mujer Lorena) reconoce haber visto alguna cepa falsa más entre sus viñedos, “pero de esa forma, así en una vaguada y tal cantidad, jamás”.

«La diferencia con las cepas de al lado –explica– es enorme, sobre todo por el tamaño de las hojas y los racimos”. Pero Eduardo reconoce que no las tiene memorizadas, por lo que cada campaña se recorre todos los renque para marcarlas antes de que la cuadrilla de vendimiadores comience su labor: “Sé más o menos la zona por la que se encuentran, con el factor del color de las hojas es sencillo, pero luego hay otras cepas falsas distribuidas por la viña que siempre me cuesta más localizar, así que me tiro toda una mañana marcando para que no vendimien esas cepas”.

Un auténtico laberinto para encontrar otro tesoro vitícola con el que elabora desde aquel 2009 su vino más especial, unas botellas «muy singulares». Lo define como un vino de tertulia, «porque tiene tanta fruta y aromas que es más recomendable para beberlo tranquilo, no en comidas copiosas».

Eduardo Monge en una de sus viñas más especiales en San Vicente de la Sonsierra | Foto: Leire Díez.

Cuando su padre decidió jubilarse en el 2003 y abandonar las viñas, Eduardo vio una oportunidad en la vinificación. Hasta entonces se dedicaba a transportar vino de las bodegas de la zona a bares y restaurantes del País Vasco, «pero eran unos años en los que levantabas una piedra y salían diez bodegas aquí». Así que no se lo pensó y acordó con sus hermanas quedarse aquellas parcelas más próximas a la sierra y lanzar un vino «moderno».

«No tienen nada que ver los suelos de esta zona alta, a unos 600 metros de altitud y donde sopla bien el viento del norte, con los que están en el valle del Ebro. Aquí la arcilla calcárea deja unas uvas con alta acidez y con un hollejo mucho más duro del que se saca más color. Unos vinos muy aptos para la guarda, mientras que los otros tienen poca acidez, más enfocados a ser cosecheros».

El Laberinto de Viña Ane se une así a la familia numerosa Del Monge Garbati compuesta ya por su Vendimia Seleccionada y su vino de Autor y que inauguró con Cenetaria. Este es el único blanco de la bodega cuya etiqueta trasera se muestra completa al cien por cien. Viura, Malvasía, Chardonnay, Sauvignon Blanc, Maturana blanca, Tempranillo blanco, Verdejo, Turruntés y Garnacha blanca. Todas estas nueve variedades blancas, todas las autorizadas por el Consejo Regulador de la DOCa Rioja, componen Viña Ane Centenaria.

Otra creación que nace de una auténtica joya vitícola. Partida en dos por la carretera que enlaza San Vicente con su pedanía de Rivas de Tereso, unos doce obreros de tierra (lo equivalente a algo menos de media hectárea) acompañan a las instalaciones de la bodega con cepas que son puro arte. Una parcela con un 80 por ciento de variedades blancas que adquirió Eduardo hace 19 años a unos vecinos del pueblo con el ojo puesto en hacer «vinos diferentes a la vez que modernos».

Dos de los vinos que Eduardo Monge elabora en su bodega de San Vicente de la Sonsierra | Foto: Leire Díez.

«Esta viña alberga todas las variedades con las que elaboro, incluso tenemos cepas de la variedad Teta de vaca, una de granos con un tono rosado, entre blanco y tinto». Plantadas al cuadro, se suman al catálogo cepas de calagraño, garnacha francesa del 1900, graciano de Rioja con esos pequeños racimos típicos que no ligan bien, y también tempranillo tinto con las que Eduardo prepara su nuevo vino cuyo nombre todavía es un secreto y que, según su creador, «revolucionará el mercado». La primera añada, que verá la luz en 2022, será la de 2020.

En total, son cerca de 25.000 botellas las que lanza al mercado cada año, principalmente distribuidas en el panorama nacional de las cuatro hectáreas y media de viñedo que maneja. Un pequeño viticultor y bodeguero, por tanto, tal como se define.

«Me alegro de la decisión que tomé hace ya más de 20 años, apostando por crear desde cero, desde el campo. Creo que el futuro de Rioja también pasa por ahí, por crear cosas innovadoras y pequeñas, pero también caras. Algo que ya se está viendo con la cantidad de pequeños proyectos que hay», incide.

El «problema» que aprecia el bodeguero ahora, sin embargo, es que «cuando se jubilan los padres o los abuelos, las grandes bodegas aparecen al acecho de esas viñas, muchas de ellas viejas y con gran potencial para la vinificación, porque son las únicas que pueden hacer frente a su coste, algo inviable para un joven viticultor».

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