La Rioja

Manos experimentadas con dosis de generosidad

Jubilados de Atención Primaria vuelven a los hospitales a «echar una mano»

Cuando allá por marzo de 2020 todo dio la vuelta de campana y las casas se convirtieron en los únicos refugios seguros, una frase lo inundaba todo: «Saldremos mejores». Con el paso de los meses, la crispación social en cotas insuperables, el miedo a que la situación no acabe nunca, el cansancio pandémico, la irresponsabilidad de muchos campando a sus anchas… son algunos los que creen que esa frase será recordada como la mayor utopía de toda una generación.

Sin embargo, hay personas que evidentemente sí han salido mejores de todo esto. Posiblemente ya lo eran, pero su iniciativa hace pensar que estos meses de virus, de ver el sufrimiento en los demás, les ha hecho dar un paso adelante y decir eso de: «Yo también quiero colaborar».

Son Resu y María Ángeles, pero hay muchos más: son todos aquellos médicos y enfermeras que, a pesar de haberse jubilado hace tiempo, han vuelto a la Atención Primaria o a los hospitales a echar una mano en uno de los peores momentos que la sanidad española recuerda. Algunos de rastreadores, otros en centralitas respondiendo en los teléfonos de COVID, otros en las consultas, en los hospitales… y Resu y María Ángeles en los boxes de vacunación.

No han tenido que aprender nada. Ambas llevaban hasta hace unos años, más vacunas inoculadas que las que se puedan poner en La Rioja a lo largo de todo este año. Campañas gripales, la vacunación de los más pequeños de la casa, jeringa tras jeringa, más de 40 años de profesión, treinta de ellos trabajando juntas. Ninguna se lo pensó ni un solo segundo. «María, una compañera, nos aviso de que estaban buscando enfermeras voluntarias para el verano, la gente se tiene que coger vacaciones, como el resto de los trabajadores, pero la vacunación no puede parar», comenta María Ángeles. Y así, sin pensar ni un minuto la decisión, desde hace unas semanas ya están en el Fundación Hospital de Calahorra poniendo al servicio de los demás todo su conocimiento.

«Cuando empezó todo esto, mis hijos que me conocen mucho, me dijeron: «Mamá, si quieres colaborar perfecto, pero en un hospital no, por favor». Les hizo caso y con la llamada de María llegó el momento de entrar en acción. Resu ha sido durante décadas encargada de la vacunación infantil de todos los niños del área de Salud de Calahorra. No hay brazo o culete que no haya pasado por sus manos. «Nos preguntaban por qué en La Rioja el índice de vacunación en escolares era tan alto y era porque íbamos colegio por colegio y al que no quería le convencíamos de cualquier manera», explica. «Algunos padres, los menos convencidos, vacunaban a sus hijos a cambio de pañales y de leche que nos regalaban de las casas. Había que conseguirlo de cualquier manera», recuerda.

Ahora todo es distinto. «La gente viene encantada a la vacunación, incluso hay muchos se hace fotos para tenerlas de recuerdo. Es una maravilla poder echar una mano en un momento así», dice María Ángeles. Para ellas también está siendo un mes especial. «Hemos rejuvenecido un montón de años», asegura. Volver a ponerse la bata blanca fue para ellas un momento de emoción. «Te sientes útil», dice. «Cuando te jubilas dejas de lado una parte importantísima de tu vida, dejas atrás compañeros y es como volver de unas largas vacaciones», comenta Resu. La frase del mes es: ¿Pero tú no estabas jubilada?. «A muchos les choca vernos aquí y cuando se lo explicamos nos dan las gracias».

Las cosas han cambiado con los años y con la llegada del virus. «Hay cosas que han cambiado mucho, por ejemplo, la utilización de guantes o de gasas». Acostumbradas a reciclar todo lo posible, no se hacen a tener que cambiar con cada vacunado de guantes o utilizar gasas tan grandes para tapar la zona de la vacunación. «El otro día recordábamos que nosotras somos de la escuela de las jeringas de cristal, de esas enfermeras que dedicábamos parte de nuestro tiempo a hacer gasas con sábanas. Las cortábamos en trocitos y luego había que esterilizarlas», dicen remontándose a sus primeros años.

Ahora son las niñas mimadas del Fundación Hospital de Calahorra. «Todos nos saludan, nos agradecen haber dado el paso… si hasta ha venido el gerente a conocernos», dicen. Con Amin, un jovencísimo compañero que tienen, la relación es inmejorable. Es un chico musulmán que nos viene de maravilla cuando viene alguien que habla su idioma, tendría que haber traductores en todas las consultas porque nos hace más fácil el trabajo.

A ellas les está tocando poner las segundas dosis de los que tuvieron que paralizar su vacunación por los problemas de AstraZeneca. «La gente viene muy informada y sobretodo muy agradecida», explican. «La vacunación está siendo todo un éxito, la pena es que no llegan más vacunas porque se está demostrando que hay capacidad para poner las que estamos poniendo y muchas más», aseguran.

Manos experimentadas que han dado un paso adelante dejando por unos días su día a día, el cuidado de sus nietos o los hobbies que han ido descubriendo tras su jubilación. Personas que dan un paso adelante sólo «por el bien común»; mujeres y hombres que han puesto su conocimiento a disposición de la ciudadanía y de conseguir, en este caso, que la vacunación no pare ni un solo día, y que además sus compañeros tengan el descanso que se merecen después de tantos meses de dedicado esfuerzo. Dosis de generosidad y compromiso con una profesión que sí, les ha hecho ser mejores personas.

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