Decía el poeta griego Píndaro que la guerra es dulce para aquellos que no la han vivido. Quizás eso es lo que vive estos días el Calahorra antes de una de las grandes gestas que le esperan. Un equipo que se va acostumbrando poco a poco a ganar pequeñas batallas que son todo un triunfo para sus aficionados, pero que quizás no se valoren lo suficiente entre el resto de mortales de la noble Calagurris.
El frío helador de la pandemia también ha hecho lo suyo. Los guerreros llegaron de la última victoria, en forma de ascenso a Primera RFEF (tercera categoría del fútbol nacional), sin recibimientos multitudinarios ni coronas de laurel ni togas triunfales bordadas en oro ni cuadrigas engalanadas para la ocasión. Esto ha conseguido implantar la percepción de que no es tan importante la conquista lograda. Pero la realidad es bien distinta. Lo conseguido por el club rojillo este año es digno de ser recogido en los libros de historia. Al menos los de la historia del deporte calagurritano.
En 98 años de vida, el club sólo había participado una vez en una batalla de estas características. Fue hace veinte años en El Ejido. Muchos de los que viajarán el próximo fin de semana a Extremadura ni siquiera habían nacido. Otros aún se peinaban con raya en medio y la mayoría eran lo suficientemente jóvenes como para recordar solo retazos de una batalla que dejó al equipo herido de gravedad. Una derrota de la que le costó años recuperarse.
No podía ser otro lugar que Extremadura. Lusitania. Escenario de grandes batallas de la era clásica, donde la tropa rojilla tendrá que vérselas con uno de los grandes imperios de la categoría. Otros han quedado por el camino. Ni siquiera tendrán opción a la digna derrota o a la gloriosa victoria. Imperios temibles como el Racing de Santander o incluso el gran Deportivo de la Coruña no han logrado llegar a los números de un Calahorra.
El equipo entrenado por Diego Martínez ha cocinado a fuego lento una condecoración que le hace estar entre los dieciséis mejores de la categoría. Poco a poco, dándole pacientes vueltas al caldero como el druida que sabe esperar a que la pócima esté en su punto óptimo.
Si algo lleva por delante la legión calagurritana es que Burgos aún no sabe si nació en la Edad Media o en la Antigua Roma (los estudios históricos se contradicen). Y eso para un calagurritano ya es media batalla ganada. Por lo importante de la contienda, por lo grande que sería salir vencedores de la misma, Calagurris debe despedir esta semana con honores a sus sentidos guerreros.
La ciudad debe vestirse del rojo del club. Del rojo de las tropas romanas. Enfrente están los Baroveros, los Zabacos y los Cerrajerías, pero el ímpetu calagurritano no se dejará amedrentar. Como no lo hicieron nunca en épocas doradas en las que los vecinos de la muy noble, muy leal y fiel ciudad se dejaron el alma en lo que de verdad creían importante. Y esto lo es.


