Cafetería, pastelería, bombonería, bollería… todo eso es Iturbe, una de las catedrales riojanas del dulce. Fundada en 1956 por Manolo Iturbe, el emblemático establecimiento del centro de Logroño dice adiós. «Ya toca. Llevamos 52 años en esta esquina y los devenires de la vida, y, por supuesto, la edad, hacen que haya tomado la decisión de jubilarme, aunque mi marido seguirá trabajando en la pastelería de Poeta Prudencio», confiesa Vega Iturbe, quinta generación y actual propietaria del negocio.
La calidad de los productos, el buen hacer y «la confianza que siempre transmitimos a los clientes, han sido claves para mantenernos en pie tantos años, concretamente 52 en esta esquina». Iturbe ha significado mucho para Logroño. «Son diferentes generaciones de público las que han pasado por aquí y con la pandemia, varios clientes que ya no están. Muchos de nuestros mayores han fallecido y no tan mayores. Es una verdadera pena porque es gente que conoces de toda la vida».

Esta reflexión ha sido decisiva para que Vega haya dado el paso al frente. «Solo se vive una vez. La vida te pone varios caminos en la vida y los tienes que coger. Además, creo que ya he cumplido con creces y no es lo mismo trabajar con 30 que con 65 años. Te vas cansando, quieres tomártelo todo con más relajación y hay una etapa para cada cosa. Cuesta dejarlo porque tienes relación con mucha gente, pero también necesitas tener una vida más sosegada».
La edad ha sido un condicionante importante, pero el empujón final llegó «en el momento que nos dijeron que el edificio no renovaba los contratos de alquiler». Cabe recordar que La Mutua General de Seguros, propietario del edificio, lo transformará en una residencia de mayores, rehabilitando el inmueble de manera íntegra, tanto el interior como la fachada.

Al conocer la noticia, Vega no se lo pensó dos veces: «Ahora sí que toca». No es un adiós absoluto porque «seguimos estando en nuestro local de la calle Poeta Prudencio, donde también tenemos el obrador. Estamos seguros de que nuestros clientes de pastelería habituales seguirán yendo allí. El que quiera concretamente nuestro producto irá. Son 700 metros: para algunos, un mundo, para otros, un paseo».

La única variante que hay entre los dos locales es la cafetería. «Allí no servimos café, solo vendemos producto». Pero la esencia es la misma. «Este domingo es el último día en el centro. A partir de la semana que viene desmontaremos y llevaremos varias cosas al otro local, para que los clientes que vayan se sientan como en casa y vean las cosas de siempre. Trataremos de hacerlo lo más fácil posible. No podemos acercarla más, pero sí ponerla más cómoda». Lo fundamental: «Que no se rompa el hilo que nos une a nuestros clientes. Que no se sientan desamparados y que sepan que seguimos aquí, endulzando a Logroño».


