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El Rioja

La discreción de un visionario

De visionarios está el mundo lleno. No hay más que darse una vuelta por los periódicos, las radios o los telediarios para comprobar la cantidad de iluminados que nos acompañan en nuestro día a día. Lo que no abundan tanto son los visionarios capaces de llevar a cabo esos pensamientos que sólo ellos tienen en su cabeza. Suelen estar lejos de los focos. Trabajo callado. Paciencia. Constancia. Reflexión. Discreción. Casi escondidos como si tuvieran miedo a que cualquier circunstancia entorpezca sus sueños.

En un pueblecito de La Rioja Baja encontramos a uno de ellos: Gabriel Pérez. El padre y el alma de Ontañón. En Quel arrancó un proyecto a mediados de los 80 como si esta pequeña localidad en el valle del Cidacos fuera Silicon Valley y las grandes ideas comenzaran en los garajes de las casas. Debajo de la suya montó una pequeña bodega que actualmente comercializa millones de botellas en todo el planeta.

«Yo iba al revés del mundo, pero estaba convencido de que ése era mi camino. Primero montar mi propia bodega y después contar con mi propia materia prima. Por eso cuando todo el mundo arrancaba viña o la vendía, yo la compraba. Los pueblos se vaciaban y los jóvenes se marchaban a las ciudades». Un visionario, decíamos, que desde 2010 ha comenzado a realizar otro sueño que anhelaba desde sólo él sabe cuando: Queirón. El regreso a los orígenes.

Primera parada. El templo del vino

El viaje para conocer Queirón arranca en Logroño. Allí nos esperan Jesús Arechavaleta y Pablo García Mancha, «el periodista de los toros», bajo la presencia de dioses griegos y un olor a vino e historia que todo lo impregna. La antigua fábrica de caramelos ‘Viuda de Solano’ en el barrio de Varea, convertida en una bodega donde las barricas guardan el líquido elemento vigiladas por héroes mitológicos en forma de enormes esculturas, vidrieras y pinturas.

La historia de Gabriel no se entiende sin la influencia de su amigo Miguel Ángel Sáinz (pintor y escultor riojano), natural de Aldeanueva de Ebro. Juntos han dado forma a este lugar de culto al tesoro más preciado de La Rioja. Un espacio sagrado en el que alumbrar nuevos vinos como Queirón, Mi Lugar, Ensayos Capitales y El Arca. Cuatro vinazos para cumplir el sueño de este visionario queleño que podría haber realizado su retiro dorado en El Caribe, pero que ha apostado por su pueblo con cariño y corazón.

Segunda parada. El arca de Gabriel

Rioja Oriental tiene un problema con su paisaje más conocido, el que se encuentra junto a la autopista AP-68 y la N-232. Basta alejarse de estas dos vías principales unos metros para descubrir un nuevo mundo. Y así hacemos en nuestro viaje hacia el lugar donde nace Queirón. Viñedos que Gabriel comenzó a recuperar hace más de veinticinco años en una treintena de fincas: garnachas centenarias en El Arca, tempranillos de altura en La Pasada y gracianos de Los Almendros.

Abandonamos la N-232 antes de llegar a El Villar de Arnedo para vislumbrar las viñas de Tudelilla en todo su esplendor. Un día cualquiera a mediados de octubre con el otoño comenzando a pintar las hojas con su exquisita paleta de colores. Carreteras regionales para volver al pasado y encontrar El Arca, «una viña anclada en la memoria, un vestigio y un tesoro». Menos de una hectárea en la que encontramos un arca del siglo XIX para dividir el agua que discurre entre Arnedo, Autol y Quel.

Cepa centenaria de garnacha | El Arca

En ese pequeño cruce de caminos hay unas vides que datan del año 1892 y que alumbran un «viñedo singular», una de las joyas de la corona de Queirón. «Cada cepa es un verdadero asombro, esculturas de brazos retorcidos y nervudos que tienen impreso en su escorzo el valor de la madera vieja, la profundidad de cada año, de cada vendimia y de la sucesión de estaciones que han ido esculpiendo con el tiempo su personalidad».

Leticia Pérez Cuevas

Tercera parada. Barrio de Bodegas (Quel)

Abandonamos el pequeño universo de El Arca, donde el tiempo se detiene, para adentrarnos en Quel. Pasamos entonces por la puerta de casa de Gabriel, donde hay un timbre que conecta directamente con el timbre de la bodega. En Navidad era un quebradero de cabeza porque nadie quería quedarse sin vino, fuera la hora que fuese, y siempre se oía la llamada. Imposible dejar a un vecino sin atender. La vida en el pueblo. Y para allí que marchaba aunque justo fueran a servir la cena del día 24 y su mujer, Mari Luz, frunciera un poco el ceño.

Así son las cosas cuando hay confianza entre paisanos. El pasar de los años con las mismas caras, la misma gente, los mismos apellidos. Y las misma bodegas en un barrio que se remonta al siglo XVIII. Más de doscientos calados que el dramaturgo Bretón de los Herreros asemejó a templos de Baco: «Tuvo allí más que en Grecia». Mitología y culto al vino nuevamente como motor para recuperar la cueva familiar de este histórico emplazamiento. Desde lo alto del cerro, a orillas del río Cidacos, surge un «complejo» y «curioso» sistema de galerías a los que llega la uva a través de las luceras.

Bodega Teresa. Bodega Tío Pedro. Pequeñas placas avisan en las puertas de los nombres de los propietarios, todas ellas muy similares y donde es frecuente ver a sus moradores el fin de semana compartiendo almuerzo, vino y charla. Despojadas la mayoría de su almacén de vino como antaño, aún conservan sus lagos, sus pilas para la extracción de vino e incluso sus prensas. «Toda la elaboración se realizaba por gravedad y ese sistema es el que ha aplicado la familia Pérez Cuevas en su nueva bodega Queirón, como fiel depositaria de la identidad queleña labrada por generaciones de viñadores».

Cuarta parada. La pasada

Por llevarnos la charla al lenguaje millenial y a la redundancia, ‘La pasada’ es una pasada. Tras salir del barrio de bodegas de Quel, avanzamos en nuestro pequeño viaje por los intrínsecos caminos riojabajeños para encarar una subida a la sierra de Yerga con sorpresa junto a los molinos de viento. No serán esta vez gigantes sino una muestra de lo que allí sopla el aire. Cuando nadie reparó en ello para el cultivo de la vid, sí hubo un visionario que se dio cuenta de que en esa finca a 780 metros de altura saldría un tempranillo cojonudo.

Viñedo La Pasada. Quel. Bodega Queirón. RIOJA

Por eso, hace cuarenta años plantó la variedad más característica de Rioja y la dejó al albor de los «tres climas» con los que cuenta esta parcela: la influencia atlántica de la Sierra de Cantabria; la continental de las estribaciones de la Sierra de la Demanda y la luz mediterránea y cálida de la apertura hacia valle del Ebro. Entre los botes del coche y las curvas hacia ‘La Pasada’, Jesús nos presta su móvil para ver las fincas que estamos atravesando. No es un GPS cualquiera sino uno más personal en el que aparecen los nombres de las parcelas (El Poeta, La Bartola, La Perdida, El Arenal, Hoyo Judío…), sus características y un sinfín de datos que luego sirven a los que realmente saben -no nosotros, claro- para hacer magia y alquimia vinícola.

Es un día cualquiera de mediados de octubre, aunque la vendimia en esta viña estaba prevista para finales de mes. «Es la última que cosechamos por altitud y siempre nos da muy buena uva. Aquí no puede entrar cualquiera porque hay que saber lo que se coge y lo que no. Tardamos unos tres días», nos cuentan Mario y Guillermo, dos trabajadores de la bodega que han parado a echar un bocado antes de reanudar la tarea. «Ya sólo nos queda un rincón de cuarenta cajas para Queirón», comentan, al tiempo que explican que el sueño de Gabriel necesita «uva no muy cargada, que esté suelta y que no tenga mucha pelota».

Quinta parada. La bodega

Ya de vuelta en el pueblo de Quel, nos encontramos la última sorpresa del día. No van pocas. Al descubrimiendo de ‘La Pasada’ se le une una espectacular bodega escondida en la tierra para que la gravedad siga siendo el valor fundamental a la hora de hacer vino. Gabriel Pérez también ha sido un visionario en esta construcción que ya lleva una decáda fraguándose de forma discreta en el interior del barrio de bodegas. Al igual que sus sueños y su visión empresarial, todo estaba en la cabeza de este hombre del Rioja. Los planos y detalles los dibujó en una servilleta. Y de ahí, al igual que ya hiciera con el vino, un sueño hecho realidad.

Rubén Pérez Cuevas cata el vino Queirón

A los pies de una antigua alcoholera de la familia, cuenta con cuatro alturas para descender junto a las cuevas sobre las que escribía Manuel Bretón de los Herreros. Todo se mantiene en Quel, aunque con ese punto de modernidad necesario para seguir evolucionando. Filosofía. Historia. Tradición. Arte. Gabriel ha contado también en esta faraónica obra con la herencia artística de Miguel Ángel Sáinz. «En Queirón se respira en cada paso el aroma del estilo del escultor. Queirón rinde culto al vino y se adentra con naturalidad en dichas sensaciones de misterio, recogimiento y belleza».

«Es mi memoria, la raíz de mi familia. Está rodeada de nuestros viñedos, en el Barrio de Bodegas de Quel, concebida con la misma vocación de nuestros antepasados, con la gravedad como eje de todo el diseño respetando el entorno y con el objetivo de elaborar vinos excelentes, vinos de Quel con las viñas más viejas y contrastadas, con la mejor selección de cada una de ellas», cuenta Gabriel Pérez. Y como es palabra de visionario, nosotros no tenemos nada más que decir. Sólo podemos asentir, abrir una botella de vino y aprender un poco más sobre cómo convertir los sueños en realidad.

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