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El Rioja

Un almuerzo como Dios manda

No hay esfuerzo en esta vida que no merezca la pena si al final tiene un buen almuerzo. Lo mismo da subir el Tourmalet, correr una maratón, ganar unas elecciones, sacar adelante una familia o agachar el riñón entre cepas y uvas. Deberían contar con prescripción médica para curar todos esos males que un trago de vino y una conversación pueden espantar prácticamente para siempre. Al calor de una gavilla, la carne adquiere unas propiedades esotéricas que otorgan la felicidad automática a quien le hinca el diente.

En la viña, el almuerzo es todo un ritual. Y más, cuando se termina la vendimia y toca celebrar que no habrá que ponerse el cunacho al hombro por un tiempo. Las obras del AVE a La Meca cuentan con menos técnicos e ingenieros que una parrilla en el campo. A media mañana suenan dos palabras mágicas que cuentan con la aprobación de todo bicho viviente. «Qué, ¿almorzamos?». Y pasan entonces unos milisegundos en los que todos los presentes asienten y comienzan a pensar en cómo desarrollar la nueva tarea. Artesanía. Orden. Precisión. Fuego. Vino y buenos alimentos.

Un día cualquiera de mediados de octubre para Javi, el otro Javi, Mariano, Luis y Antonio. En la cuadrilla hay dos hermanos y un primo apegado que sólo lleva 43 años en la familia. ¿Cómo? Pues casándose en los 70 con la prima de los otros. Todos son amigos, viven en San Vicente de la Sonsierra y llevan vendimiando toda la vida juntos sus propias viñas. Este año han empezado el 16 de septiembre, una semana antes que en 2019, y recuerdan que cada vez comienzan a cortar uva más pronto. «Antes lo normal era el 7-8 de octubre. Para el Día del Pilar, todos a vendimiar».

Al sol del otoño en la Sonsierra, en una zona conocida como Pangua (640 metros de altitud) que abarca términos de Ábalos, Briñas y San Vicente con Rivas de Tereso al fondo, nos recibe esta cuadrilla con el uniforme tradicional de esta época en La Rioja. Buzo, gorro, botas, mascarillas y corquete a modo de pistolero. Ya han terminado la faena de la mañana y es hora de dar rienda suelta al chorizo, la morcilla, la panceta, el queso, el jamón y las chuletillas. ¡Viva! Alrededor de la lumbre comienzan a congregarse los más avezados en el noble arte del asado.

«Los almuerzos ya no son como los de antes y hoy vamos a hacer un almuerzo como Dios manda», pronostica Richi Arambarri, quien bromea con que no es su primera vez porque ha estudiado en la Universidad de las Chuletadas. «Desde niño, mi padre me hacía abrir las botellas de vino cuando nos poníamos a almorzar. ‘Hijo, vete allá y coge el descorchador'». Rienda suelta a la chanza, la broma y los recuerdos con la alegría de haber acabado una vendimia más.

– Aquí estoy como un jabato con 66 años.
– Oye, graba aquí. ¡Arriba el colesterol!.
– Después de vendimiar te comes hasta un buey… ¡pero oye! ¡No me grabéis cuando beba!, ja, ja.

– Este es un artista. Baila, canta, actúa….
– Calla, que eres un enredabailes porque a ti te da vergüenza. Lo de cantar una jota no lo veo muy claro. Por ahí no vamos pasar.
– Pues llamamos a los de Briñas, que son más valientes… ¿hace falta más pan? Yo tengo una barra en el coche.

Ha salido ya la primera remesa de choricillo, morcilla y panceta. Ñam, ñam. Y pasa un tractor que va a vendimiar a la viña de al lado. El vecino. «Mira, esa bañera es como la tuya». «Igual igual». A falta de rematar los últimos renques, el conductor se para a almorzar. Tiempo tranquilo en la viña. Lo importante ya está hecho y el reloj va más lento de la habitual. No hay prisa, aunque tampoco pausa. El ritual del almuerzo debe completarse como marca la tradición. «Antes no teníamos mesas y lo que poníamos era una manta». El perro ladra entonces y también asiente. «Antes también llevábamos el cesto al remolque. Ahí estaban los comportones».

Las batallitas se agolpan cuando entre todos suman cerca de trescientas cosechas a sus espaldas. «Llevamos aquí toda la vida. A los trece años me salí del instituto tres días para venir a la viña, además de los fines de semana. En el año 80, el permiso de la mili lo hice para vendimiar. Estuve durante veinticinco días y no acabé porque tuve que irme pronto de maniobras. Entonces no había móviles y se aprovechaba el Puente del Pilar para que viniera la familia. Yo vendimiaba con mi padre, mi madre, mi hermana…».

La vendimia del miedo

La cuadrilla conoce el terreno y la vendimia como la palma de la mano. Su historia y sus peculiaridades. La voz de la experiencia y el conocimiento adquirido con el paso del tiempo. Entre bocado y bocado, señalan la Sierra de Cantabria para enumerar las aldeas que poblaban antes la comarca: San Martín, Zorzales y Hornillos. «Allí hay una necrópolis y todavía se aprecia la cúpula». Hablando de las posibilidades turísticas que tiene la comarca, los debates se agolpan intentando arreglar el mundo del vino desde una finca de la Sonsierra, «que tiene mucho potencial».

«Hay que recuperar las tradiciones de Rioja. La materia prima que tenemos aquí no tiene nada que envidiar a ninguna otra zona del mundo. Son ellos los que tienen que envidiar a nosotros», comenta Richi, al tiempo que el resto sale al paso. Que si cuando cambia el color de la hoja es el lugar más bonito del planeta, que si los americanos sabrían aprovechar la belleza del paisaje entre la sierra y el valle como hacen con Napa Valley, que si el trozo de Peña León a Combalachi cuando le da el sol es «tremendo de bonito», que si La Rioja está sin explotar, que si el País Vasco tiene más dinero para hacer inversiones…

Conversaciones y debates mientras las chuletillas desaparecen a más ritmo que la uva de las cepas. Y entonces llegan los dos temás más espinosos del año en Rioja: el precio de la uva y el COVID-19. «Yo a lo que tenía era miedo al coronavirus. Por eso hemos hecho test a todos los vendimiadores por nuestra cuenta y no ha habido ningún problema», relatan a pie de almuerzo, aunque reconocen que había muchas reticencias en los trabajadores a hacer las pruebas: «No querían quedarse sin trabajar veinte días si daban positivo». Sin embargo, donde manda la salud no puede mandar la economía.

En cuanto al precio, Richi se muestra optimista. «Va a ser un punto de inflexión. La buena uva se va a pagar a más precio, alrededor de un euro, y otra a cincuenta céntimos». Y es que no todos somos iguales. Tanto en la vida como en el vino. «Algunas bodegas han vendido y otras no. Hay que ver todas las circunstancias». «El que no exporte, mal lo tiene». Así llega una nueva anécdota en la cuadrilla. «El otro día fui a pasar la ITV del tractor a Baños de Ebro y ya me dijo un agricultor: ‘Si me regalas alguna viña, no te la cojo’. Tiene una bodega familiar con su mercado en el País Vasco y lleva tres meses sin vender ni una botella». Y así siguen fluyendo las conversaciones y los debates. ¿Vendimia manual o vendimia a máquina?

– Lo que han tardado las avispas.
– Hasta la morcilla la has hecho bien. Te has esmerado.
– ¡La mascarilla, Luis! Y no te rías.

Le preguntamos entonces a Richi Arambarri qué tal la vendimia en Hacienda López de Haro y Vintae. «La primavera fue el fin del mundo. Hubo lluvias en la Sonsierra y el Alto Najerilla, pegó fuerte el oídio… contra una helada no puedes hacer nada, pero el mildiu te rompe el corazón porque puedes contratacar». En mayo y junio no se hablaba de otra cosa que no fuera la caída del granizo, pero hubo suerte. No pegó en sus viñas. «En verano ya hubo un desarrollo mejor». Y así hasta una vendimia que aventura de extraordinaria calidad. «Este año, y cada vez más, se va a notar la diferencia entre dos riojas. Una viticultura consciente con viñas extraordinarias frente a algunas zonas más cargas y con calidad mediocre».

¿Y qué tal el almuerzo? «Pues ya toca rematar. Este año, sin fiestas ni San Mateo, hemos decidido cumplir con esta pequeña tradición porque la vendimia es cada vez menos familiar. Ha sido una vendimia así triste por el COVID-19 cuando antes era de esfuerzo, pero también de alegría. No se nos puede olvidar lo que es y lo que representa para La Rioja».

¿Y cómo ha afectado la crisis del coronavirus a las bodegas? «Nosotros exportamos el cincuenta por ciento de nuestro vino, luego el resto se divide entre tienda y el canal HORECA. Vamos toreando la situación, aunque sea un año difícil. Vamos caminando poco a poco». ¿Posibles soluciones? «Las crisis son cambios. Cada uno la vive como le toca porque hay familias y bodegas más preparadas de partida para afrontarlas, por lo que la reacción puede ser diferente. Yo estoy muy orgulloso del trabajo del equipo. Somos ágiles y dinámicos. Por ejemplo, durante el confinamiento potenciamos el canal online y eso es algo que ya queda». Como también quedan las chuletillas, la panceta, el chorizo… y el vino, sobre todo el vino, en nuestros estómagos. Salud y muchas vendimias más.

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