Gastronomía

Los reyes de la sardina y la anchoa con guindilla viven en República Argentina

*Las fotos son previas a la pandemia de COVID-19

Muchos dicen que las tradiciones no hay que perderlas, y es que, a veces, mantener vivos ciertos hábitos que alguna vez nos hicieron felices es fundamental. Volver al bar al que ibas con tus padres, abuelos o amigos hace años, por ejemplo, es una de esas costumbres que no deberían perderse, pero cada vez es más difícil teniendo en cuenta que pocos locales perduran tantos años.

No es el caso de Vinos y licores Hermanos Murillo, un negocio que regenta ahora la tercera generación familiar. «Mi abuelo Demesio Murillo abrió un pequeño bar en el casco antiguo de Logroño, en la calle Juan Lobo, pero tuvo que trasladarse a aquí por varios motivos», cuenta José María Murillo, actual propietario del negocio junto con su hermano.

A principios de los años 60 «mi abuelo y mi padre decidieron abrir el bar aquí, en República Argentina. Antes era una bodega sin mostrador, con varias cubas bordelesas vacías que hacían las veces de mesas y unas vigas de madera en el techo con muchos agujeros donde iban todas las botellas». Por aquellos tiempos el mayor beneficio que sacaba la familia era a través de la venta de anís para hacer pacharán. Éramos los número uno vendiendo garrafas tres litros, pero ya ese negocio bajó mucho».

José María explica con una sonrisa en la boca cómo vendían también vino. «Arriba teníamos unos depósitos y por medio de una goma llenábamos cientos de botellas y garrafas a las señoras que venían hasta aquí». Su padre murió hace 20 años pero el espíritu familiar con el que se inauguró el negocio todavía persiste. «Queremos mantener la filosofía familiar: mucha madera, ladrillo viejo y el suelo y las baldosas rústicas, además de un papel en la pared que simula aquellas tascas antiguas. Todo para que sea un ambiente muy muy familiar».

Todo aquel que se acerque hasta Hermanos Murillo podrá disfrutar de más de treinta referencias de vino perfectas para acompañar las eternas especialidades del bar. «No tenemos cocina, solo un pequeño horno. Quien venga va a disfrutar de nuestras sardina con guindilla, o el famosos ‘tierra mar y aire’ compuesto por cebolla fresca con una oliva y boquerón; además del bacalao que yo mismo desalo para ponerlo en bocatita o en bandeja, la anchoa en salazón con guindilla, o el completo de sardina anchoa y guindilla». Sin olvidar la patata asada, presente todas las tardes de invierno desde los años 60.

Pases a la hora que pases siempre hay gente, y es que «los propietarios son el espíritu del negocio, ellos hacen el favor de servirte y te dan tanta confianza que te sientes como en casa. Sin ellos todo esto no funcionaría. Es un punto de encuentro de un grupo de amigos que cada día va creciendo», cuanta un cliente habitual.

Bar Gil

Otro local histórico de República Argentina es el Bar Gil. Un negocio que data de 1938. «El fundador de este bar se lo dejó a su hijo, Isidro Gil, y nosotros se lo compramos a él en 1998, cuando se jubiló. Yo llevo aquí ya 22 años. Todavía me acuerdo cuando por las mañanas estaba en el cuartel de Agoncillo haciendo la mili y por las tardes me venía aquí», cuenta Diego Guerrero, actual propietario.

A su llegada, Diego y su familia, pudieron «tirar el bar de arriba a abajo y haberlo modernizado, pero bares como este no existen ya casi en Logroño, y decidimos mantener la esencia de hace 82 años. Algún día me gustaría decir que somos el bar más antiguo de la ciudad».

El Gil es, ante todo, un bar familiar. Los que de pequeños iban con sus padres, ahora lo hacen son sus amigos, mujeres, maridos o parejas. «Tengo una familia que viene cada fin de semana el abuelo, el padre y el hijo juntos a tomarse su vino y su bocata, tradición que siguen desde hace tiempo».

Diego reconoce que los hábitos han cambiado en cuanto a horarios y días. «Hace años la gente se congregaba en en el bar entre semana, pero de un tiempo a esta parte, ha aumentado mucho el público en fin de semana, sobre todo los jóvenes, que vienen en grupos, se piden sus bocatitas, su ensalada y su botella de vino y se quedan un rato en el apartado que tenemos». En cuanto a los horarios, «por la mañana suelen venir los jubilados o personas que están haciendo recados por la zona, y ya por la tarde, a partir de las ocho, se nota que la gente sale de trabajar y se reúnen aquí varias cuadrillas. Y cuando hay fútbol, muchos clientes piden sus bocadillos para llevar».

Más de setenta referencias de vinos ocupan las baldas del local. «En el Gil te puedes tomar desde un vino de 90 céntimos hasta de 15 euros la copa. Tenemos vino de Rioja, de otras provincias de España y del extranjero, sobre todo de California y Francia». Además, Diego, como buen enólogo, ofrece a sus clientes vinos tan únicos como el Bila Haut de M.Chapoutier,un vino que año tras año conquista el paladar de Robert Parker o un vino de Viñedos Singulares, «que únicamente tienen los restaurantes estrella Michelin. Un vino que no creo que nadie en Logroño tenga por copas, ya que solo se hacen seiscientas botellas».

Todos para maridar con los bocadillos de sardina con guindilla, el completo de sardina, guindilla y anchoa, matrimonios con o sin guindilla o queso con anchoa. Estos clásicos nunca fallan. Además, hace cinco años «saqué el bocadillo de bacalao con aceite. Un aceite que mantenemos en garrafas a las que echamos guindillas para que vaya cogiendo el sabor». Y para los que quieran sentarse y comer tranquilos «tenemos un comedor donde servimos lo de la barra, huevos fritos con jamón, ensalada y embutido, y todo con pan recién hecho que hacemos aquí».

Cada propietario tiene sus secretos, sus manías y sus formas de trabajar, y la del Bar Gil es dar cantidad de comida y de vino suficiente para que el cliente se quede satisfecho. «Yo no hago pinchos, sino bocadillos, y las copas las suelo llenar un poquito más de lo habitual para que el cliente termine su consumición con vino».

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