Crisis del Coronavirus

Cautela en el Hogar Madre de Dios de Haro: «No podemos cantar victoria»

«El reino de los cielos», venía a defender el rey Balduino ante el caballero Balian en la versión que Ridley Scott ofreció de las Cruzadas, «está en la cabeza y en el corazón». El histórico defensor de Jerusalén desligaba de esa manera la localización de ese ‘estado de felicidad’ de cualquier espacio físico conocido, de cualquier jurisdicción territorial. Responde, dejaba entrever en sus últimas horas, a un deseo puro que es necesario gestionar de forma inteligente, sin olvidar los sentimientos que conducen hacia él. La Ciudad Sagrada que siguen compartiendo judíos, mahometanos y cristianos era motivo entonces de conflicto y destrucción. ‘El reino de los cielos’ difícilmente podía estar allí.

Puede que el Hogar Madre de Dios ayude a interpretar, siglos después, esa épica batalla que se sigue librando por el bienestar de todos. Especialmente de quienes se saben vulnerables en extremo, hoy en día, ante el acoso del coronavirus. En la residencia de la fundación jarrera (un espacio) se protege a 83 ancianos que, hasta la fecha, no han sufrido el contagio del Covid-19.

De formar barrera, más allá del muro perimetral que se levanta en la Avenida San Millán y las calles Fernández Ollero y García Lorca, se encargan medio centenar de profesionales que trabajan «en equipo» y han demostrado, garantiza su directora, Patricia Revuelta, «una enorme implicación» en un esfuerzo de máxima exigencia e intensidad.

Ser uno de los trece centros asistenciales de la región donde no se ha registrado ningún caso positivo no supone, en opinión de sus responsables, ningún éxito, sino un estímulo. «No podemos cantar victoria. Todo puede cambiar en un solo día», remarca Patricia Revuelta, confirmando que el personal se mantiene «expectante y en estado de máxima alerta». Y ampliando al otoño el nivel de protección que seguirá aplicándose en el complejo «a la espera de saber si se registra entonces una segunda ola».

No existe, pues, la más mínima relajación. «No podemos permitirnos ese lujo», se sincera la directora del Hogar. «Está en juego la salud de nuestros residentes y para todos los compañeros de la plantilla eso es lo más importante. Es la razón por la que estamos poniendo todo de nuestra parte».

Cada día con el mismo reto que aparece todas las mañanas en la agenda de trabajo, desde hace cerca de dos meses: mantener intacto ese espacio de bienestar que han convertido más de ochenta mayores de la ciudad y la comarca jarrera en su particularísimo ‘reino de la felicidad’. De un tiempo a esta parte sin tener contacto físico con el exterior y, consecuentemente, con ninguno de sus familiares y allegados.

«Es lo más complicado de todo». La ventana abierta con ‘tablets’ y móviles para establecer videoconferencias ha aliviado esa necesidad vital «y ya no están tan tristes, aunque echan de menos poder ver y abrazar a su gente». Compensa ese déficit el personal «dándoles todo el cariño posible» hasta que pase la tormenta.

Mientras tanto, nadie se aparta de la primera línea «porque no podemos descentrarnos». En el recorrido iniciado a primeros de marzo, cuando llegó la epidemia a la ciudad y se impuso el cierre de los centros residenciales, el Hogar Madre de Dios blindó sus instalaciones «de forma estricta. Se han cumplido las órdenes de la Consejería de Salud desde el primer momento, porque entendíamos que era vital hacerlo. Se ha protegido a la plantilla con pantallas, mascarillas y equipos de protección, y no se ha dejado entrar a nadie del exterior, a pesar de lo duro que ha podido resultar para los familiares. Sólo acceden los trabajadores» que siguen sin bajar la guardia.

«No podemos cantar victoria aún», se recuerda una vez más Patricia, después de haber superado junto a sus compañeros, «momentos muy difíciles en los que lo hemos pasado mal al enterarnos de todo lo que pasaba en el exterior. Hemos tenido pesadillas, nos asustábamos cada vez que alguien tosía», recuerda para rearmarse a renglón seguido. «Pero en ocasiones nos decimos que podemos, estar orgullosos de nosotros mismos y nos aplaudimos para seguir luchando y mantener el espíritu de equipo», que considera clave.

Porque la victoria queda lejos y solo será posible ganando la batalla que se libra allí, día a día, con la cabeza y desde el corazón.

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