Firmas

Tarde de confesiones: la siesta o la noticia

Aquí estoy. Otra vez contigo. A tu lado. Acurrucadito en el sofá con una manta. Echan Cuéntame en la televisión. Antonio y Merche están discutiendo por enésima vez. ¡Ay, Milano! En mi cabeza resuenan los ecos del Parlamento. Otro pleno más. Otro pleno menos. Y he de confesarte una cosa: me he aburguesado y ahora me da por echarme la siesta. Qué putada. Ha sido cumplir los treinta y venirme abajo. O arriba. Lo mismo que le ha pasado a mi paisano Alberto Garzón al coger una cartera ministerial. Él solo iba a derribar el negocio de las apuestas deportivas, pero ahora ya veremos si eso. Tal.

Hagamos más confesiones: ver un pleno entero del Parlamento de La Rioja es una tortura que ni siquiera Bush permitía en Guantánamo. Recalquemos eso de «entero». Uno puede aguantar unas preguntitas a la presidenta, unas cuestiones a los consejeros, alguna ley así como con algo de enjundia… pero tragarse todo el Orden del Día del tirón es café para los muy cafeteros. Hay proposiciones no de ley o interpelaciones que cuesta más tragar que ese chupito de Jägermeister que no has pedido pero que alguien coloca en tu mano un cuarto de hora antes de que cierre la discoteca. «Pero si ya van a dar las luces…». Y para dentro. Al final, no sabes cómo, acaba entrando. Igual que el PP en el Gobierno de Madrid.

Juntemos ahora ambas confesiones: la burguesía siestera en mi cuerpo y la imposibilidad de asistir a un pleno completo. Este jueves, a media mañana, hice pira en el Parlamento. Novillos. Pellas. Campanas. ¡Ojo! Contaba Borja Sémper que fumarse las clases de la universidad le salvó la vida. ETA no dio con él cuando «le había llegado la hora» y no pudieron asesinarlo. Cambio de planes. El destino y el escribir errático de la historia. Así, ni el expolítico del PP acabó tirado en el suelo con una bala en la cabeza ni un servidor pudo asistir al momento más hilarante de las sesiones parlamentarias en el último siglo. Incluso en el último lustro o sexenio.

Pensaba que ya tenía suficiente material en mi libreta para armar una crónica con la que atrapar al lector, pero el devenir de los acontecimientos siempre es impredecible. Cuando menos te lo esperas, va un consejero y te sorprende. Hay que pillarles el truco a los nuevos. Lo mismo te montan un presupuesto en tres meses que te levantan los aplausos del PP y el PSOE. Y eso ha conseguido Celso González, titular de Hacienda. Cenaba tranquilamente por La Laurel cuando vibraba mi teléfono (el sonido sólo es apto para mayores de setenta) con un aviso de un periódico digital al que el PP suele enviar sus asuntillos de interés. Hablaba de bochorno.

Me he quedado entonces ojiplático. «No puede ser. No puede ser. No me jodas. ¿Qué ha pasado?». Ves entonces cómo te has perdido la noticia y no puedes hacer nada. La puta burguesía de echarse la siesta y cenar fuera de casa. Siempre nos pierde el vicio. A tomar por saco los chascarrillos del «actual gobierno social-comunista» (Carlos Cuevas) y el diálogo de Pedro Sánchez con «políticos presos y narcodictadores» (Alfonso Domínguez), así como las citas de Maldita Nerea (Luis Cacho) y García Márquez (Noemí Manzanos). Premio gordo para Celso González. Como es mejor verlo que contarlo, aquí va el momento. Y crónica terminada. Chimpún.

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