La Rioja

El reto de la dependencia: programas de envejecimiento activo en los pueblos

La Rioja se sitúa como la séptima comunidad más envejecida del país con 44,49 años de media y un Índice de Envejecimiento del 135,87 por ciento (122,88 a nivel nacional), según el Instituto Nacional de Estadística, cifras que se acentúan en la sierra y La Rioja Alta. En España, la edad media se sitúa en 44 años, mientras que en 1975 era de 30, una cifra que va in crescendo paulatinamente. El evidente envejecimiento de la población, uno de los aspectos demográficos que más preocupa, está haciendo rico, sin embargo, a quienes apuestan por el negocio de la tercera edad.

Pero, ¿quién puede permitirse afrontar un gasto extra mensual? El coste medio de las residencias de La Rioja ronda los 1.600 euros al mes en función de la tipología del centro (público o privado) y el tipo de servicios ofertados. Aun con ello, la lista de espera en la región ronda las 1.066 personas, aunque distribuidas de forma irregular por el conjunto del territorio. «No responde a una lógica de las necesidades de la población porque, mientras en La Rioja Baja la espera está entre los seis y ocho meses, en La Rioja Alta ronda los dos años», apunta el director general de Dependencia, Discapacidad y Mayores, Santiago Urizarna.

Santiago Urizarna, director general de Dependencia, Discapacidad y Mayores.

Desde la Consejería de Servicios Sociales y Ciudadanía se gestiona ya el desarrollo de un diagnóstico de las necesidades de la población para planificar de forma estratégica los servicios sociales de las diferentes zonas de la región: «Es importante distribuir los recursos de forma adecuada y equilibrada en los diferentes lugares para que los servicios lleguen a todas las personas, vivan donde vivan». Un plan que no existía en La Rioja desde 2010, a pesar de la Ley de Servicios Sociales que marca su desarrollo.

Urizarna alude a otro de los retos para prevenir o ralentizar la aparición de la dependencia. Así, se va a aumentar la dotación económica a 221.042 euros para aquellos Ayuntamientos que no cuentan con centros de participación activa, los conocidos como hogares del jubilado, para «promover programas de envejecimiento activo dirigidos a población mayor que no tiene por qué ser dependiente». En su caso, estas personas que requieran de algún programa de terapia ocupacional o física, también contarán con dichos servicios.

Un aspecto con el que también se pretende evitar el abandono de los entornos rurales. De las 11.000 personas dependientes en la región, 8.000 reciben servicios, mientras que el resto no, ya sea por carencia de recursos o por decisión propia de los usuarios. De estos, «más del 60 por ciento están en grado uno de dependencia, es decir, la respuesta que necesitan no es una plaza de residencia a priori«. No obstante, son muchos los familiares que siguen optando por esta opción de cuidados.

De izquierda a derecha, Almudena Azofralinde, Cristina Sabando y Blanca Rosa Segura.

En el caso de la Residencia de la Santa Cruz, de la congregación religiosa de las Hermanas Hospitalarias, existe una única cuota de 2.180 euros mensuales para las habitaciones individuales y de 1.950 para las dobles. «Esto significa que no penalizamos económicamente por el grado de dependencia del residente, ya sea una persona autónoma o con necesidades de atención elevadas», incide la directora del centro, Blanca Rosa Segura. Esta residencia sin ánimo de lucro, perteneciente a la asociación Lares, tan solo cuenta con 63 usuarios cuya media de edad se encuentra en los 90 años.

Este escaso número de residentes les permite ofrecer un trato «más familiar, para que se sientan como en casa, posibilitando a los familiares acudir cuando quieran sin necesidad de avisar», apunta la trabajadora social de la residencia, Almudena Azofralinde. Asimismo, Santa Cruz se opone al uso de sujeciones en los aparatos de servicios, como los cinturones en las sillas de ruedas, las barandillas laterales de las camas o las sábanas fantasmas. «Gente se ha ahogado intentado meter la cabeza por esas barandillas, así que nosotras apostamos por un ambiente seguro pero sin estos elementos», considera la jefa de enfermeras, Cristina Sabando.

Cristina Hidalgo con una de las residentes en la Residencia de La Rioja.

En la otra cara de la moneda se halla la Residencia de La Rioja gestionada por la empresa Gerontoiregua S.L., con 216 plazas públicas y tan solo cuatro privadas, todas completas. En este caso, las cuotas varían «en función del nivel de ingresos de las familias y del grado de dependencia del usuario», explica su directora, Cristina Hidalgo. Así, por los residentes de grado dos se abona un importe de 811 euros mensuales, mientras que los de grado tres (el más severo) tienen un costo de 1.092. Luego, aquellos que opten por una plaza privada deberán pagar 2.300 euros.

Por su parte, los de grado uno no tienen permitido solicitar plaza en esta residencia pública. Es labor del Gobierno regional gestionar las admisiones y la lista de espera del centro residencial en función de los perfiles de los demandantes. Hidalgo destaca el sistema de atención sanitaria de esta residencia como elemento diferenciador del resto de centros: «Contamos con tres médicos, tres enfermeras, un equipo de pedagogos terapéuticos, fisioterapeutas y técnicos, además de que ofrecemos un servicio de transporte para usuarios y trabajadores desde Logroño a la residencia y contar con un centro de día con plazas públicas para los municipios del medio rural colindantes».

¿Profesión vocacional?

Sin embargo, la directora recalca que el verdadero problema de ese incremento de la población de la tercera edad se halla en el sector residencial: «No existe un personal cualificado para atender a estas personas, no hay enfermeras, ni médicos, ni gerocultores suficientes y con un certificado de profesionalidad». Destaca, además, la «falta de vocación» por parte de muchos trabajadores. «La amplia oferta laboral permite que la gente entre por descarte, pero esto es un trabajo que te tiene que gustar porque tienes personas a tu cargo las 24 horas del día, acompañándolas, vistiéndolas, aseándolas y, sobre todo, dándoles cariño», señala.

Por su parte, el director general, consciente de la carencia de personal y de la importancia de una buena formación y profesionalización, considera, no obstante, que «no se nace con la tendencia a trabajar en el ámbito de los cuidados, sino que se adquiere a lo largo de la vida, porque la vocación es que te llene y te satisfaga personal y profesionalmente, te surja antes o más tarde». Asimismo, «revalorizar la labor de los profesionales de la dependencia debe ir ligado a un cambio de mentalidad para que esta labor deje de estar tan feminizada a causa de los roles sociales y no se vea como algo con poco prestigio», señala Urizarna.

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