La Rioja

Los últimos artesanos: «No me quiero ir porque aquí es donde mejor estoy»

«No me quiero ir porque aquí es donde mejor estoy»

Sin esperanzas de que las nuevas generaciones retomen las riendas de los oficios artesanos, sus autores protagonistas mantiene con ahínco e ilusión lo que para algunos se consideran labores desconocidas. Historia y mérito profesional se aúnan para dar forma a dos modelos de artesanía únicos en Logroño que persisten a pesar de las adversidades que acechan en un entorno con otros intereses consumistas.

Cuarta generación de boteros, pero con la misma confianza y ánimo que en sus inicios. Félix Barbero, gerente del histórico comercio Botas Rioja, mantiene a flote el exclusivo negocio que montó a mediados del siglo XIX su bisabuelo, previamente, en Burgos. A un año de su jubilación oficial, Barbero confirma que no está entre sus planes dejar este empleo, aunque el ritmo de trabajo sí se vea reducido. «No me quiero ir porque aquí es donde mejor estoy, y aunque mi hija me ayuda con los bordados, para la fabricación de las botas estoy solo».

Para sobrevivir en la atmósfera consumista de hoy en día hace falta reinventarse, y eso lo sabe bien Barbero. «He cambiado totalmente el negocio para adaptarlo a los gustos de los turistas, gran porcentaje de la clientela que entra en esta tienda. Ahora tira mucho más lo diferente: botas de colores, bordadas, más personalizas, sobre todo para la gente de fuera», señala, mientras muestra algunos encargos para bodegas, empresas o incluso peñas.

Tras dejar de emplear la piel de pez para el interior de la bota, debido a la falta de calidad que otorga al vino (unifica las diferentes variedades), la opción del látex se le presentó a Barbero como una renovación necesaria «porque permite distinguir los detalles de cada vino y no da ningún problema». Así, con la piel de cabra o el serraje de ternera, en mayor medida, recubre sus botas haciéndolas más imperecederas y aptas para cualquier tipo de bebida. Sus precios rondan entre los 20 y los 25 euros, aunque «para cubrir el gasto que supone su elaboración se deberían vender a 40», apunta.

Susi Valdemoros, en su taller de Logroño

De igual forma, el local que regentan Susi Valdemoros y Julián Sagastizábal plasma una labor meticulosa que también prevé desaparecer con el tiempo tras 25 años en pie. Las vidrieras artísticas que fabrican, mayormente por encargo de instituciones eclesiásticas, conllevan «un trabajo muy complicado, desde el diseño y la toma de medidas a tamaño real hasta la selección y recorte de los vidrios, el emplomado y el pulido de las piezas», relata Valdemoros.

Algo en lo que coinciden los artesanos de ambos negocios es que lo que necesitan este tipo de comercios no son subvenciones, sino un mayor apoyo institucional, porque son oficios nada rentables. «Si fuera 30 años más joven», sentencia el botero, «me llevaba mi negocio fuera de La Rioja porque en otros sitios se valora mucho más el trabajo. Para meter cuarenta horas semanales no es rentable, porque yo aquí estoy el doble, pero los jóvenes ahora no están dispuestos a trabajar tanto, incluidos días festivos».

Valdemoros considera que una de las soluciones para afrontar la crisis que sufren los talleres artesanos «es recomponerse, porque todo está en desorden», aunque el futuro de su negocio no les preocupa tanto debido a sus edades, asegura. «Yo a mis hijos no les dejaría continuar con esto porque no es nada productivo, aunque a mí me gusta mucho y seguiré impartiendo clases como hacemos ahora en la Universidad Popular».

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