San Mateo

Sol y emociones a flor de piel en el Pisado de la Uva de San Mateo

El Rioja 2019 ya está bendecido por la Valvanera

FOTO: Eduardo del Campo

Las predicciones meteorológicas no eran halagüeñas para la mañana de este sábado, pero el Astro ha sido compasivo con el evento más marcado de tradición y riojanismo de las fiestas de San Mateo. Bajo un sol de justicia, el tinanco de la Concha del Espolón ha ido recibiendo racimos llegados desde los siete valles de La Rioja para que los Urdiales prensaran el mosto que bendeciría la patrona de La Rioja.

Jornada tradicional por antonomasia en los sanmateos y jornada, también de sentimientos acentuados. La presidenta del Gobierno de La Rioja, Concha Andreu, ha pronunciado su primer discurso institucional -con pequeño despiste a la hora de acceder al escenario para abrir la canilla del tinanco- en el acto central de las fiestas de San Mateo, confesándose «especialmente emocionada y comprometida».

La presidenta de La Rioja se ha definido como «una mujer del vino» y ha descrito la vendimia como «una realidad  insuperable en sus calidades, en su luz, en su lección de tiempo, en las esencias que atesora y en la extensión de sus sabores», aseverando que «el vino hace comunidad».

FOTO: Eduardo del Campo

Andreu se ha referido a los «retos y dificultades» a los que se enfrenta el sector vinícola, como «la multiplicación exponencial del mercado, con nuevos competidores, los desequilibrios y asimetrías que se producen en su seno, la resaca de la crisis económica y los nuevos hábitos de consumo». Pero sobre todo ha aludido al escenario «inédito» y «preocupante» que producen «el ‘brexit’ y los accidentes climatológicos y paisajísticos que el cambio climático está acarreando».

FOTO: Eduardo del Campo

DISCURSO ÍNTEGRO

«Querida ministra;
Querido delegado del Gobierno en La Rioja; Querido presidente del Parlamento;
Querido alcalde de Logroño;
consejeros y consejeras;
autoridades;
riojanas y riojanos.
SEÑORA (dedicado, como salutación, a la Virgen de Valvanera):

Permítanme que comience confesándoles que me siento especialmente emocionada y comprometida con que, el que podría considerarse mi primer discurso como presidenta abierto a toda la sociedad riojana, representada hoy en esta plaza del Espolón logroñés, tenga como motivo la promesa del vino.

Ahora mismo, vendimia y primer mosto. Mañana, tras muchos cuidados, sabiduría, bodega, azares, trasiegos y desvelos, como bien sabemos, un hecho, una realidad. Idéntica y distinta cada año. Y por eso, nueva cada vez.

Una realidad insuperable en sus calidades, en su luz interior, en su lección de tiempo, en las esencias que atesora, en la extensión de sus sabores. En su verdad. Una verdad natural. Mañana, por tanto, y naturalmente, será una celebración, un orgullo, una invitación. La razón para seguir. El vino, no cabe duda, hace comunidad, en todos los sentidos. Caracteriza. Nos refleja y viceversa. El vino también somos nosotros.

Y me emociona y me compromete, como decía, porque provengo del vino, ustedes lo saben. Soy una mujer del vino, como otras muchas mujeres que, antes y en mayor medida que yo, han hecho posible su historia en La Rioja, en cualquiera de sus labores, desde la viña hasta la copa, desde la bodega hasta el laboratorio, y a las que, gracias a la oportunidad que – nunca mejor dicho- me ‘brinda’ este día, quiero, expresamente, reconocer su trabajo, su dedicación, su delicadeza, su amor, la transmisión de sus conocimientos, generación tras generación. Algo no siempre visibilizado. Muchas gracias, compañeras enólogas.

FOTO: Eduardo del Campo

Yo he aspirado siempre a mirarme humildemente en ellas y –en este momento con más razón- a no defraudar sus enseñanzas. Enseñanzas que, más allá del propio del mundo del vino, pretendo, personalmente, hayan de servirme también, en lo que tienen de universal, en las tareas de gobierno; pues si en el vino se pasa de la promesa al hecho, de la ilusión de su excelencia a la mesa, al igual, en la gobernanza, se trabaja para llegar a la cosecha de las ideas, de los proyectos, y de las promesas.

Y a que esa cosecha responda al trabajo comprometido: un trabajo que en muchos aspectos podemos considerar también ‘de campo’, por encontrarse pegado a la realidad, al acontecer diario, con sus imprevistos, urgencias, dilemas y problemas, que hay que afrontar con responsabilidad, con sentido práctico y con instrumentos. Como en el vino, créanme que los gobernantes nos levantamos cada día mirando al cielo y a la tierra.

Trabajar en y para el vino no se parece a ningún otro trabajo, a ningún otro cometido. Del vino, de tratar con cada una de las etapas de su ciclo, con cada una de las personas y oficios que cuidan de él, se aprende. Vitalmente. No sólo es el vino el producto y la ambrosía que es. Tratar con el vino constituye la garantía de no perder nunca contacto con lo fundamental: es una toma de tierra. Imprescindible. Básica.

El vino, y su órbita, son una mezcla entre realismo –el que imponen el terreno, las condiciones climatológicas y el mercado; el que precisa la planificación acorde con las necesidades, posibilidades y eventualidades; el que se enfrenta a los desafíos de los elementos-… y creatividad. Que es la voluntad de buscar soluciones, mejoras. Brillo, sabor, ciencia y poesía en el resultado final, en todas las estaciones en las que el buen vino se manifiesta: boca, nariz, paladar. Ojos. El banquete al que el vino nos convida. De una manera integral.

FOTO: Eduardo del Campo

Y es precisamente el realismo al que me refería el que nos conduce a reconocer y a calibrar los retos y dificultades que tiene que encarar y gestionar el sector, algunos de ellos compartidos, en un mundo global, con otras regiones y denominaciones españolas. Hablo de escenarios conocidos: la multiplicación exponencial del mercado, con nuevos competidores, los desequilibrios y asimetrías que se producen en su seno, la resaca de la crisis económica y los nuevos hábitos de consumo. Y de incertidumbres y de escenarios inéditos, como el horizonte preocupante, qué duda cabe, del Brexit y los accidentes climatológicos y paisajísticos que el cambio climático está acarreando.

Pero hablo también, porque esto ya se contabiliza en nuestro haber -sin que el grado de auto exigencia se vea por ello rebajado- de la evolución y competitividad que ha crecido de una forma extraordinaria y reconocida nacional e internacionalmente en el enoturismo y en la ponderación del entorno cultural de la actividad vinícola.

Hablo del enorme esfuerzo, impagable, realizado progresivamente por las bodegas riojanas, de poner el vino de Rioja en los mapas de la arquitectura, del olimpo gastronómico, de las artes. Y nunca como mero adorno, sino como extensión, como proyección de lo que el propio vino inspira. Eso es creer en el vino. En nuestro vino.

Pero, aun sin perder de vista los problemas que el presente y el inmediato futuro deparan a un mundo tan sensible e interrelacionado como es el del vino, hoy es fiesta. Fiesta mayor. De la vendimia, del fruto. En La Rioja. Y no quisiera que mis palabras se alargaran más que las palabras propias de un brindis, de los muchos brindis que habrán de venir tras el primer mosto. Y su ofrenda.

FOTO: Eduardo del Campo

El vino es una memoria. Y el primer mosto su primera expresión. Estamos aquí todos para recibirlo, tras haber sido pisado, ‘remostado’, como decimos en La Rioja, por pies abrazados, que son una prensa. De afecto y de tributo. Pies como manos.
Pero el honor de su primera cata está reservado por la tradición y la confianza. Como cuando en una mesa, el sumiller se acerca con la botella recién abierta y pregunta “¿quién lo va a catar?” y cada vez con más frecuencia, afortunadamente, se responde: “ella lo va a probar”. Pues… Ella ya lo ha probado. Antes que nadie. Por todos nosotros. Le hemos dado a catar, señora, esta primera impresión del fruto de la última cosecha. Porque ha probado muchas y nos fiamos de tan alto gusto.

Buen año, hombres y mujeres del vino de Rioja. Buen año, riojanas y riojanos; los aquí residentes y los que viven en Hispanoamérica o en otras latitudes, y a los que hoy sentimos más cerca que nunca.

Y ahora, les pido que me acompañen: ¡¡Viva el Rioja y la tierra que lo hace posible!! ¡Salud!»

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