La Rioja

La vida silenciosa detrás de una flor callejera

Están ahí, pero pocas veces se percata uno de su presencia. Vienen, ofrecen su ramillete de flores -de plástico o de tela- se van, y, al poco rato, vuelven. Es el periplo continuo de los vendedores de rosas callejeros. En Logroño frecuentan especialmente la zona del Laurel, para seguir luego por los bares de fiesta. Entre pincho y pincho, flores; entre copa y copa, flores. Pero, ¿quién está detrás de esas rosas?

No es fácil acceder a ellos: tan cerca en la calle, tan lejos de palabra. En tres casos del intento de entrevista aparece el mismo problema: «No entiendo». No se fían de quien les dice ser periodista y únicamente quiere saber sobre su vida. Uno de ellos reconoce que «antes trabajaba en obra». Y así acaba la conversación.

Nadie sabe de dónde vienen las flores, ni quién los dirige. Pero todos tienen la misma nacionalidad: pakistaní.  Cuando ya se piensa en abandonar el objetivo de este reportaje, llega la excepción: Mohamed, también de Pakistán, también vendedor de flores en Logroño, pero, por fin, con ganas de comunicarse.

«Llevo 20 años en España». ¿Siempre vendiendo flores? «No, no. Antes, en el campo; cuando tengo trabajo, en el campo prefiero. Cuando no hay en otra cosa, pues en las flores». Así ocurre desde hace diez años. Y la pregunta del millón: ¿Se puede vivir de las flores, por las que apenas se paga dinero y muchas veces se da la voluntad? «Sí, se puede vivir de las flores; pero no es buena vida, horarios de noche…», explica.

En su caso sale a vender unas cuatro horas al día, jueves, viernes, sábado y domingo. «Duermo mal, veo mal por la noche», cuenta. Pero es lo que le toca para salir adelante, tiene familia. «Tengo dos hijos, en Zaragoza y Barcelona», añade este señor al que es difícil calcularle la edad, pero podría rondar los sesenta y tantos años.

Y, ¿quién compra su producto? Es sencillo adivinarlo (los hombres), pero hay que comprobarlo. «Sí, los chicos para sus novias; o en despedidas de soltero», precisa entre risas.

Mohamed es cariñoso, excepción. «¿Tú eres de aquí?», pregunta. No tiene miedo, incluso deja que se le haga una foto de sus manos y sus flores.

Se quedan preguntas en el tintero, pero Mohamed quiere seguir tratando de vender rosas. La vida no se detiene para nadie, tampoco para los vendedores de flores.

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