CARTA AL DIRECTOR

La noche de las velas de El Rasillo

Ni se te ocurra faltar este último sábado de Julio a la noche de las velas de El Rasillo. Un pueblo de Cameros que se resiste a morir de viejo. Que no se cierra en su belleza. Que la quiere abrir a todos, compartirla. Que necesita de alegría para vivir su solitario y largo invierno helado.

Llega a media tarde, sin prisa. Sube por sus empinadas calles de piedra hasta que corones su hermosa cimera de pinos. Allí, llévate la caricia de esa alberca pura del Iregua, en la que chapotea el pez de los sueños de un pueblo que, aunque se asoma feliz cada día a su inigualable belleza verde, necesita de más miradas, de más pregoneros corriendo la voz de su tesoro escondido y sobre todo de muchas más sábanas nuevas tendidas en los alambres del agua…

Luego, siéntate bajo el viejo olmo: ese chaval de cuatrocientos años que, aunque va con su muleta de arneses en bandolera, cojeando, todavía aguanta de pie, bello y orgulloso, la vida: Un árbol que se resiste a dejarnos, que desde el primer día que supo que daba sombra, cobijo, que era confidente y emblema de un pueblo, las uñas de sus raíces se le soldaron a la tierra.

De cada esquina, verás aparecer cuadrillas de muchachos y muchachas prendiendo las velas y cuidando que se alce temblorosa su alma dorada. Habrá música y conciertos y mercaderes de cosas hechas sólo con las manos. Todo el pueblo será como la terraza de un bar al cálido atardecer de Julio. Y cada paso que des, será una sorpresa: caligrafías de llamas en las calles, en cada casa; balcones con pequeños transparentes tiestos de flores de lumbre que equivocarán hasta las mismas tozudas y laboriosas abejas…

Verás pura vida: la que le hace al tiempo como un muchacho travieso hacer novillos, pero para ir a buscarte, para no darle cuerda a tu corazón, para que por una noche olvides tu nombre…

Y es pura magia cuando cierre su abanico el sol y alguien, con un solo blanco disparo quite los fusibles del pueblo, y encienda a la vez las diez mil lentejuelas de su vestido de gala cosido con hilos de piedra eterna…

Y no querrás irte, no querrás que se acabe la magia al sentir tu carne como de cera caliente, tu cabeza como vena de savia de mecha ardiendo, e irás notando cómo tu errante espíritu, ahora en la llama, toma las calles, reverbera en la piedra rosa, se dilata en tus pupilas, hace despertar las alas de tijera de las golondrinas creyéndose que vuelve el carrusel con campanas del mediodía…

De lejos verás un incendio de oro dentro de un bosque esmeralda.

Y cuando todo acabe, cuando vuelvas a la realidad, sabrás que algo de la conciencia de ti, la había tomado otra persona: la que pocas veces se asoma por la ventana de tu cabaña del alma. Que habías vivido un mágico cuento: la fábula de un pueblo con diez mil luciérnagas prendidas, para enamorarte y tatuarte en la memoria, no sólo ese breve destello eterno que es la belleza, sino también, al apagarse la última vela, su miedo a la soledad…

Y cuando vuelvas a tus asuntos, quizá, alguna vez, al apagar la luz de la mesilla, tu entresueño baile con ese rebaño de velas encendidas: esas chiribitas que, en la noche, preceden e iluminan los mejores sueños.

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