La Rioja

Entre apretones de manos: así amanece la feria de Rincón

Fotos: Diego Matute

A primera hora, cuando todavía no ha llegado el bullicio y el aire tiene ese frescor que obliga a meterse las manos en los bolsillos, la feria de ganado de San Marcos se parece más a lo que fue. En Rincón de Soto, es en ese momento —casi en silencio, sin público todavía— cuando aflora lo más auténtico.

Los corrillos son pequeños. Las conversaciones, bajas. Aquí no hay prisa. Algunos miran el ganado con calma, otros intercambian palabras que parecen más un ritual que una negociación. Es una escena que se repite cada año y que, aunque más discreta que antes, sigue teniendo algo especial. Más íntima, más real.

Este año, además, la jornada tiene un matiz distinto. Al coincidir en sábado, se espera una gran afluencia de público a lo largo del día. De momento, la mañana ha mantenido ese carácter tranquilo, casi reservado para quienes conocen bien la feria, pero todo apunta a que, con el paso de las horas, el recinto y las calles cercanas se llenarán como en las grandes ocasiones.

Es también en esas primeras horas donde se escucha con más claridad esa frase que luego, entre el ruido, se pierde: «ya no es lo que era». No suena a reproche, más bien a recuerdo. Porque durante décadas este fue un lugar de negocio, de los importantes. Un punto de encuentro donde se cerraban tratos que marcaban el año.

Ahora, los acuerdos son pocos. Pero los que se hacen mantienen la esencia. El apretón de manos sigue siendo suficiente. Sin papeles, sin testigos. Solo la palabra. Un gesto sencillo que resume toda una manera de entender el oficio y que, por un instante, devuelve la feria a otro tiempo.

Poco a poco, el ambiente empieza a cambiar. La gente llega, el recinto se llena, los puestos abren, los niños corren de un lado a otro. La feria se transforma. De ese espacio casi reservado a tratantes y conocidos pasa a convertirse en una jornada abierta, llena de actividad, de familias, de visitantes que buscan disfrutar de un día diferente.

Y ahí es donde aparece la otra cara de la feria. Más festiva, más visible. Exhibiciones, mercado artesanal, paseos… un programa que convierte la tradición en una experiencia compartida. Porque aunque el peso del negocio haya disminuido, la capacidad de convocatoria sigue intacta. El pueblo se llena. Y eso también dice mucho.

El cambio tiene explicación. El campo ya no depende de los animales como antes y eso, inevitablemente, ha transformado la feria. Muchos tratantes continúan viniendo, pero lo hacen por algo que va más allá de la compraventa: por la costumbre, por el vínculo, por ese encuentro anual que no quieren perder.

Al final, la feria de Rincón de Soto se mueve entre dos tiempos. El de primera hora, más silencioso, donde todavía se reconoce lo que fue. Y el del resto del día, más abierto, donde se celebra lo que es. Y entre uno y otro, sin hacer ruido, la tradición sigue encontrando su sitio.

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