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Los orígenes de la Batalla del Vino de Haro: certezas y falsedades

El próximo 29 de junio las campas de Bilibio se teñirán de color granate. Otro año más volverá a librarse la más festiva de las batallas que se disputan en el sur de Europa, esa en la que cualquiera que se encuentre en Haro es susceptible de ser regado con vino.

Por méritos propios, la Batalla del Vino se ha convertido en una de las grandes celebraciones populares de nuestro país y en un reclamo para jóvenes y no tan jóvenes llegado desde todos los rincones del planeta (los australianos son legión en los últimos años). En cambio, todavía existen dudas acerca de su origen y, lo que es peor, leyendas que poco tienen de fundamento y que corrieron como la pólvora desde hace unas décadas hasta nuestros días.

Nadie ha indagado más que Fernando de la Fuente sobre la Batalla, que «procede de la romería que se hacía a San Felices cuando el santo murió en el siglo V, aunque en aquel momento se subía a los Riscos de Bilibio de forma desordenada, sin fecha».

Si se le pregunta a cualquier jarrero de a pie, existe una alta probabilidad de que asegure que la Batalla evoca a pugnas pretéritas con la vecina ciudad de Miranda de Ebro. Y, aun siendo falsa, esta teoría tiene una explicación: «En el siglo XVI el castillo de San Felices estaba en poder de María de Sandoval, que se mancebó con el Conde de Miranda; lo que ocurre es que aquella Miranda no era de Ebro sino del Castañar, en la provincia de Salamanca».

«En 1523 -explica De la Fuente- Carlos I emitió una pragmática por la que se debían derruir todos los castillos inservibles, sin utilidad, y es probable que algún vecino de Haro pensara que si no se subía a San Felices una vez al año el castillo pasaría a la posesión de Miranda… del Castañar».

En realidad, la Batalla comenzó a asemejarse a la actual allá por el siglo XIX, cuando «alguien empezó a tirar vino, aunque aquello no gustó entre los periodistas ni las mujeres, porque les manchaban los vestidos nuevos con los que subían a las campas». Y fue hace justo 70 años, en 1949, cuando un correponsal del diario ‘Nueva Rioja’, Enrique Hermosilla, bautizó al evento con su denominación vigente en nuestros días.

Así las cosas, «aunque su origen está en una romería religiosa en la que algunos jarreros subían descalzos o a rastras, hoy en día se asemeja más a una celebración pagana en la que se venera casi más al dios Baco que a San Felices», bromea el investigador jarrero.

Este año, por algún que otro impedimento físico, Fernando de la Fuente asistirá a la Batalla pero sin adentrarse en la ‘primera línea de vino’. Y como la veteranía es un grado, le hemos pedido que le dé algún consejo a los que el día 29 se estrenarán en las campas: «Es mejor ir descansado, subir con la peor ropa que se tengan en el armario y llevar un buen almuerzo; y sobretodo, mi recomendación es que el regreso se haga en el ‘maremagnum’ de romeros que se junta en el puente al compás de las charangas; la van a gozar seguro».

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