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Domingo de fútbol

La UD Logroñés busca el pase a las semifinales del playoff con la posible mejor entrada de su historia

El recuerdo, mi recuerdo, me dice que llovía y que hacía calor. No lo sé muy bien. A buen seguro sería la típica tormenta de primavera. Para seguir constatando que en aquella época siempre llovía en Logroño cuando tocaba ir al fútbol. Siempre llovía sobre el viejo Las Gaunas. Te mojabas hasta los huesos. Recuerdo aquel gol ante el Sestao celebrado desde la esquina de la General con el Fondo Sur. Recuerdo que andaba por ahí mi padre. Es extraño, pero no recuerdo a mi madre ni a mi hermano, que venían siempre al fútbol. Recuerdo, también, que había mucha gente. Estaba aquello hasta la bandera. La verdad, no sé si llovía. No lo recuerdo bien. Igual no llovía…

Sí llovía aquel día que se le ganó al Valencia con un gol que recuerdo a la perfección porque lo he visto repetido mil veces. Y las mil veces me sorprende de igual manera que ese gol fuera posible, que desde tan lejos se pudiera marcar un gol tan importante. Aquel día sí llovía. Y sin embargo no me mojaba. Porque ese gol lo tengo grabado desde el Fondo Norte, ya cubierto.

Mi memoria me hace dudar. Demasiados recuerdos de aquella temporada de 1987 desde demasiados puntos de vista diferentes. Lo normal es ver siempre el fútbol desde un mismo lugar. Es raro. Dudo.

Ante tanta confusión que se diluye y se mezcla por el paso del tiempo, ¿cómo funciona la memoria? Y leo que no tenemos ningún recuerdo. Flipa. Me entero de buena mañana que no tenemos ningún recuerdo como tal almacenado en nuestro cerebro. Eso, desde un punto de vista físico y biológico, aseguran los expertos en esto de la sesera, sería literalmente imposible. Y añaden: «Lo que el cerebro consolida en la memoria son ‘patrones de funcionamiento’, es decir, la forma en que grupos específicos de neuronas se activan cada vez que aprendemos algo nuevo».

Lo que el cerebro guarda es la frecuencia, amplitud y secuencia particular de los circuitos neuronales que participan en el aprendizaje. No se almacena un hecho concreto, sino la forma en cómo funciona el sistema ante ese hecho concreto. El problema radica en que este mecanismo de evocación se da en bloque. La puesta en funcionamiento del sistema puede traer como polizones a otros recuerdos que se han filtrado, que pertenecen a otro tiempo o a otro lugar. Por tanto, ¿llovió o no durante aquel decisivo partido del Logroñés ante el Sestao? ¿O mezclo aquella feliz tormenta del partido contra el Valencia con aquella decisiva victoria en Las Gaunas ante el Sestao? Un ascenso diluido por el paso del tiempo.

Creemos que podemos recordar el pasado con precisión, pero no es así. O eso aseguran los expertos. El cerebro se ve obligado a reconstruir el recuerdo cada vez que decidimos recuperarlo. Las Gaunas de mi infancia se llenaban siempre, y no era así. El cerebro debe armarlo como si se tratara de un rompecabezas del que, para colmo, no tiene todas las piezas, ya que buena parte de la información no se encuentra disponible porque nunca se almacenó o quedó filtrada por los sistemas de atención.

Se ganó al Sestao, se ganó al Valencia, se ascendió… y los recuerdos se diluyen. Era 1987. Y hasta aquí esta lagrimita sobre aquella lluvia.

Ayer leí una frase buenísima. La firma Lucía Taboada en su ‘Como siempre, lo de siempre’, sobre el Celta de su corazón. Escribe Lucía Taboada que «de habitar en algún sitio, la felicidad no lo hace en la nostalgia». Porque la nostalgia es la peor forma posible de vivir en el presente. Lo que fue y ya no es; lo que pudo ser y no fue…

La existencia de un trauma futbolístico para toda la vida impide pasar página porque el dolor habita en la nostalgia. Pero hay un aspecto que conviene tener en cuenta, y es que la peor de las nostalgias es siempre aquella que se produce porque no hemos vivido las cosas.

Seguro que no se recuerda lo que no se ha vivido. Seguro que no recordarás el partido de esta tarde si no lo vives. Conviene renovar hasta la nostalgia para no quedarse atrapado en el recuerdo. El fútbol riojano necesita de más ‘sistalgia’, y de menos recuerdos diluidos por el paso del tiempo.

La ‘sistalgia’ es la respuesta que van a dar esta tarde cerca de 10.000 seguidores al fútbol local. Será una respuesta importante. Será la muestra de que hay gente dispuesta a asumir que los errores pasados tienen responsables aún no señalados, pero que indiscutiblemente no están entre aquellos que fueron al fútbol y siguen yendo o que nunca fueron porque ni había nacido y quieren hacerlo ahora porque todo adolescente debería soñar con ir a ver al equipo de su ciudad. Los culpables no están entre los que han seguido yendo al fútbol o entre aquellos que han ido volviendo a poco a poco o entre los que ni siquiera habían nacido cuando el Logroñés dejó de competir. Los riojanos y los logroñeses no son los responsables subsidiarios de lo que pasó con el Logroñés. Eso descansa en un cajón de un juzgado, vete a saber por qué motivos.

Los que van al fútbol no quieren ser responsables sentimentales de que algunos ineptos no señalados les impidieran renovar temporada tras temporada sus recuerdos. Y no se han dejado seducir por la nostalgia. Sus domingos siguen siendo de vermut, siesta y fútbol. Suficiente robaron, que no te roben la capacidad de tener nuevos recuerdos.

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