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La familia blanquirroja crece

Es una familia tan acostumbrada al sufrimiento que ni festejar sabe. Muestra una leve sonrisa, agradece las felicitaciones y sigue a lo suyo, porque sabe, que a la vuelta de la esquina espera un nuevo mazazo. Así es el sentimiento instalado en esta familia blanca y roja. Está tan acostumbrada a las penas, a pasarlo mal con las derrotas, con el infortunio, con su mala suerte, con las decepciones familiares… que jamás ha perdido ni un segundo en pensar cómo se tiene que festejar, cómo se tiene que celebrar, cómo se tiene que sonreír en esto del fútbol.

No tiene la menor idea de hacerlo… y resulta entrañable. El triunfo le pilla habitualmente con el paso cambiado. Y es que tampoco es una familia de lanzar las campanas al vuelo: pese haber goleado al segundo, pese haber cerrado matemáticamente un nuevo playoff, pese haber metido al filial entre los cuatro mejores, pese haber ascendido al Nacional a División de Honor o pese haber ascendido al Territorial a Nacional en un sábado histórico. Una cenita y asunto arreglado.

Esta familia se da un apretón de manos, un guiño de ojo, o quizás un “te lo dije”, para luego comenzar a reflexionar si el esfuerzo ha merecido la pena. Si tanto sufrimiento incapacita para festejar, porque no está acostumbrado a hacerlo.

Sergio Rodríguez es el claro ejemplo de todo esto. Una sonrisa, un suspirito íntimo de alivio y una corta declaración: “No te voy a engañar si te digo que me he quitado un peso de encima, que me hubiera dado mucha pena haberme marchado del equipo de mi casa sin haberlo conseguido (…) Pero hoy la familia blanquirroja está muy contenta porque hemos logrado dos ascensos con nuestros juveniles y hemos cerrado nuestra participación en un nuevo playoff de ascenso con el primer equipo, sin olvidar al filial que es cuarto”. Y ya. Nada más. Nada de euforia. Todo contenido. Y es que Sergio Rodríguez se ha acostumbrado, como toda su familia blanquirroja, a sufrir, y jamás había reparado en la posibilidad de que quizás algún día le tocaría celebrar algo. Como está siendo el caso.

Es un hecho natural, lo de crecer, claro. Es la vida en sí misma. Crecer. No queda otra. No hacerlo es morir deportivamente. Y la familia blanquirroja crece, no tanto en número, quizás tampoco al ritmo deseado, pero sí lo está logrando en sentimiento, porque del sufrimiento compartido surgen días como el de este sábado de reflexión… y felicidad.

Surgen partidos que permiten afirmar lo que siempre hemos dicho: que lo mejor es el viaje, es el camino, son las historias que se generan y los instantes que se comparten. Y que solo el hecho de poder decir que estuviste en Las Gaunas aquel día que se le ganó 3-0 al Mirandés en el mejor partido de la historia de este club; solo esto, ya merece la pena haber sufrido aquel arranque de liga, aquel partido en Socuéllamos, aquella derrota en La Planilla, aquel puto partido en vete tú a saber que barrizal del infrafútbol…

Solo ver crecer a Marcos André ya merece la pena haber visto caer a otros con más nombre. Solo observar cómo este club de Logroño fue capaz de arriesgar con un chaval venido de una ciudad brasileña de nombre impronunciable, flaco como un alambre y desordenado sobre el césped… para ahora observarle en plenitud, volando sobre los defensores y hacerle a Limones, que es el Oblak del infrafútbol, un gol entre las piernas para el primero y una vaselina tras dos autopases previos para el tercero… ya solo esto merece la pena haber rumiado piedras en Durango, Lejona o Villaviciosa, o recordar que parte de Las Gaunas pedía a Iván Aguilar en su lugar.

Ver a César Remón manteado por sus compañeros ante la grada del Fondo Sur de Las Gaunas en agradecimiento a los servicios prestados es la mejor forma de festejar con contención el haber firmado matemáticamente un nuevo playoff. Resulta poético e inspirador haber visto a Carles Salvador parar el tiempo, en medio de un recorte inesperado, e imaginar que, antes de centrar un gol a la red de Limones para el segundo, ha mirado a Remón para dedicarle otro golazo de playoff. El amigo sobre el césped haciendo lo que el otro no puede hacer por las lesiones y que aún imagina cuando intenta coger el sueño. La familia blanquirroja crece.

Y otros regresan a casa a tiempo. Porque Borja García hizo su parte por esta familia. Pero se vio eliminado en aquella semifinal por el ascenso en aquel secarral sevillano entre Dos Hermanas y el mismísimo infierno. Y buscó suerte. Y la encontró con dos ascensos seguidos en las dos últimas temporadas. Ha vuelta a tiempo. Está en casa, con su familia. Y ya ha jugado. Ha durado casi 70 minutos. Y Borja está. Borja está convencido, y es de lo mejor que le puede pasar a la familia para seguir creciendo. Porque 237 días después, Borja García se ha vuelto a sentir futbolista, y lo ha hecho en su casa, con la blanquirroja.

Es la familia de la ‘Banda de La Guindalera’, que en un sábado de reflexión ha tomado la decisión de convertir un ensayo general en una fiesta propia y local, que llama la atención en el fútbol de bronce por la ‘ruidera’ que ha generado. Tres al Mirandés no es una cosa menor, no se consigue sin haberlo merecido. Es una victoria, es un golpe en la mesa, es un recuerdo que ya es tuyo y que va directo al tarro de las esencias en blanco y rojo. Porque cada casa tiene su olor, que la hace reconocible, y ésta huele a playoff en primavera.

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