La Rioja

Chascarrillos de Alcaldía en Logroño: «Bermejillo, no seas pillo y déjanos el mercadillo»

Ser alcalde no solo implica presentarse a unas elecciones municipales y acabar siendo el más votado (o el mejor estratega a la hora de pactar). Tampoco firmar resoluciones de Alcaldía a diestro y siniestro o tener la última palabra en la Junta de Gobierno. No señor. Un primer edil es la primera opción de todo vecino irritado que busca a la desesperada a quién espetarle sus lamentos.

Lo aprendió Julio Revuelta en 48 horas. Su equipo le recomendó que fuera a pie al Consistorio desde su vivienda en Hermanos Hircio «porque tenía fama de distante» y eso le permitiría tomar contacto con los vecinos. Al segundo día, decidió que mejor ir en coche, porque en el trayecto se le iban dos horas.

Fue tan solo una de las confesiones que los alcaldes de la ciudad en los últimos cuarenta años han compartido este miércoles en el encuentro organizado por el Consistorio. Todos han tenido quebraderos de cabeza comunes, como lo de tener contenta a la Policía Local. Bueno, casi todos. Porque Manuel Sáinz ya estaba presumiendo de que a él jamás le supuso un problema el trato con los agentes cuando el resto le frenó los pies: «Claro, es que tú no tenías».

«Es cierto», confesó, recordando que en su época «los hombres de Harrelson» eran los que imponían la Ley, aunque dos jovenzuelos, «Moco Verde y Poco Vale», les traían por el camino de la amargura. También a cuenta de la Policía Local, Cuca Gamarra ha recordado cómo descubrió que una manifestación de agentes se dirigía a su vivienda porque recibió un correo electrónico que despejaba todas las dudas.

Aunque el verdadero Rey del Chascarrillo en el Consistorio logroñés es José Luis Bermejo. Y más cuando recuerda cómo le tocaba ejercer de maestro de ceremonias en un matrimonio civil. En una de las primeras bodas oficiadas en el Ayuntamiento, «la abuela de la novia me llevó aparte y me preguntó muy inquieta ‘¿vale esta boda?'».

Pero nada que ver con aquella ocasión en la que los gitanos invitados a una boda le ‘trolearon’ con salero: «Se llena el Ayuntamiento, traen guitarras y me preguntan si pueden tocar y cantar. Yo les digo que sí y empiezan a cantar ‘Bermejillo, Bermejillo, no seas pillo y déjanos el mercadillo'».

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