La Rioja

Lo que hay que ver: ‘El Castillo de Davalillo, desde todas las perspectivas’

Davalillo. Davalillo. Davalillo… Pocas veces en la historia reciente este nombre habrá resonado tantas veces y tan a menudo en La Rioja. El castillo que lleva su nombre está más de actualidad que nunca: su futuro se decide en pocos días, el 23 de marzo, cuando el pueblo de San Asensio vote si se queda con él o no. Pero, ¿cómo está hoy el citado castillo?

En NueveCuatroUno hemos ido a ver «Lo que hay que ver» en este querido castillo: imagen de muchas de las campañas publicitarias de La Rioja y símbolo para los de San Asensio, que celebran en él dos romerías, a finales de abril -dependiendo de cómo caiga la Semana Santa- y en las fiestas de septiembre.

De estilo románico, levantado a mediados del siglo XIII, el Castillo de Davalillo se sitúa en un cerro, desde donde se otea el Ebro, a unos siete kilómetros de San Asensio. Junto a la fortaleza, en las faldas del cerro, se encuentra la ermita homónima.

Tal como reza el cartel informativo, instalado en el paraje, «en este lugar en el que se ubican el Castillo y la Ermita existió una pequeña población llamada Davalillo». «Alfonso X, en el siglo XIII, donó a Davalillo el lugar de San Asensio, pasando a ser Davalillo un poblado de cierta importancia». De hecho, tiempo después, en 1515, la villa llegó a tener representante en las Cortes de Burgos.

Vistas espectaculares

Eso es lo que dice la historia. ¿Y qué sensación produce estando en allí? El camino de subida, vallado por el Ayuntamiento para evitar problemas, no es lo que se podría definir como «accesible»: roto por la caída del agua, «necesita mejorar».

Ya en lo alto, las vistas son entrañables, sientes que agarras a La Rioja por todos sus costados: el San Lorenzo a un lado, la Sierra de Cantabria al otro -con meandro del Ebro incluido-… En el interior, al que se accede por dos puertas: piedras de sillería con poca sujeción; huellas de gamberradas, con pintadas de nombres; abandono; una torre del Homenaje a la que dan ganas de subir para ver todo con más perspectiva aún, pero no es posible.

Cae la tarde, el sol tiñe Davalillo de color rojizo. Ni una nube. Calma -solo rota por el eco de los pitidos de un convoy de mercancías surcando las vías-. Un patrimonio que merece la pena conocer.

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