Retrato de La Rioja

De la ‘manía’ a la pasión por el vino

Pedro Balda. 36 años. San Vicente de La Sonsierra. Viticultor, enólogo e investigador.

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

En la infancia todo se ve otra manera: a menudo se magnifica lo bueno y se demoniza lo no tan bueno. Pedro Balda (36 años, San Vicente de la Sonsierra) veía la viña como esa tarea que le hacía quedarse sin verano, que no le dejaba irse a la piscina un día sí y otro también. Hoy, con 36 años, asegura: “No concibo la vida sin estar en el mundo del vino; no puedo dedicarme a otra cosa: es lo que me apasiona”.

Nacer en San Vicente de la Sonsierra conlleva, en muchos casos, salir con la uva o el vino debajo del brazo. Miras a un lado, al otro, viña, más viña, bodegas de renombre, cooperativas… Todo desprende el mismo aroma. Pero no todos han cogido el mismo camino, ni el mismo estilo. Algunos han apostado por la continuidad, otros por buscar una evolución. Pedro Balda es de estos últimos.

Cuando terminó los estudios aprovechó para viajar dos años por distintos destinos vitivinícolas como Chile, Argentina, California, Australia y Nueva Zelanda.

Aunque de inicio no supiera que quería dedicarse a ello. “Sabía que era de Ciencias, las Letras no son lo mío, pero no tenía tan claro que fuera a terminar haciendo Enología…”, cuenta. Sin embargo, tras entrar en la Universidad de La Rioja y cursar Ingeniería Técnica Agrícola -luego completó en la Superior en Lleida-, y posteriormente Enología, fue encontrando su inquietud por todo lo que tiene que ver con la viticultura y elaboración del vino.

Pero terminó los estudios y vio que era momento de conocer mundo. “Aproveché para viajar, aunque con fines de investigación”, ríe. Así aterrizó en Chile para conocer su modo de trabajar, con paso también por Argentina. La siguiente parada fue California; y después llegaron las antípodas: Australia y Nueva Zelanda. “Fue una época increíble”, reconoce. Así suena, impresionante. Allí se impregnó de distintas perspectivas como el vino con “cero sulfuroso” que descubrió en Dry River, con Poppy y Katy, en el país de los kiwis.

Los viajes no pasan de largo en la vida de quien los disfruta y aunque Pedro no era consciente de ello, su experiencia le iba a marcar en su carrera profesional. Y, como casi todo lo bueno, tras dos años, se terminó el tiempo de Willy Fog y hubo que volver a buscar el camino. “Poco después de regresar, en 2009, me ofrecieron la posibilidad de hacer el Doctorado en la Universidad de La Rioja, sobre variedades minoritarias de vid de Rioja. La verdad es que iba por un año y me quedé”, relata. El mundo de la investigación le enganchó. “El tema de la viticultura de precisión es algo que me interesa y es el que trato de aplicar. Y luego trabajar con gente como Fernando Martínez de Toda es una gozada, te enriquece”, subraya.

Cinco años después, en 2014, Pedro Balda se convertía en doctor por la UR, donde además impartía clases en Enología y desde entonces coordina la parte de Viticultura dentro del Máster en Viticultura, Enología y Dirección de Empresas Vitivinícolas, y da varias clases en la parte de Análisis Sensorial (cata).

Sin embargo, solo con unos minutos junto a Pedro se ve que no es precisamente una persona tranquila, en el aspecto de las inquietudes. Y al mismo tiempo que iba labrándose camino por el mundo académico, lo hacía por el de viticultor y enólogo. “Según aterricé de mi tiempo de viajes, en 2008, tuve claro que quería hacer vino de una viña vieja de mi abuelo, en la zona de Majuelo de la Nava, que es mi marca”, explica. Si bien, su deseo era elaborarlo a su modo, probando otras cosas más allá de los métodos de su padre. “Vendí un coche que tenía en Australia y con lo que saqué me compré dos barricas”, ríe, con la satisfacción de quien ha ido construyéndose paso a paso.

“Fui el primero en Rioja en elaborar vino sin sulfitos, lo había visto en Nueva Zelanda y quería probarlo yo”

Ahí empezaron sus pruebas. “Fui el primero en Rioja que hizo vino sin sulfitos. Como te decía, lo había visto en Nueva Zelanda, y quería probarlo yo. En Francia ya había gente haciéndolo también…”. “Me parece una forma más respetuosa de elaborar”. Y funcionó. Vaya que si funcionó, aunque él, en ese momento, tampoco imaginara su éxito posterior. Porque aunque su producción no era grande, no tenía nada claro que fuera a comercializarse. De hecho, fueron varias las anécdotas y cantos de sirena que le llegaron hasta que al final se materializó.

“Elaboro dos tipos de vinos: por un lado el que llamo de ‘cosecha’, con tempranillo y un poco de viura, despalillado, con fermentación espontánea en barrica, etc., de donde salen unas 900-1.100 botellas”, precisa y continúa: “Luego tengo el vino más especial, el cien por cien ‘vendimia seleccionada’, que está compuesto por racimos seleccionados, con granos más sueltos y que se han madurado más. Este lo hacemos con desgranado a mano, y salen unas 300-400 botellas”. Aparenta ser ‘canela en rama’.

Y no solo lo aparenta, sino que a tenor de los sitios en los que se sirve, debe serlo. “Esto me da un poco de vergüenza decirlo, no sé si tendrías que ponerlo… “. ¡Cómo no vamos a contar que el vino de este joven se puede disfrutar en dos restaurantes con tres estrellas Michelín como el mismísimo El Celler de Can Roca o el de Quique Dacosta en Denia (entre otros)! Le puede la prudencia, quizás sea la clave del éxito. “Este vino no está concebido como un modo de ganarme la vida, sino con todo el mimo del mundo, con la intención de algo especial, por eso hago un número tan reducido; es un homenaje también a las seis generaciones de viticultores de las que formo parte”, admite mientras recorremos el calado bajo el castillo de San Vicente donde deja ‘descansar’ la producción.

¿Entonces, de qué vive? Por un lado trabaja en grupo Vintae, con quien desarrolla líneas investigación I+D y también pequeños proyectos de vinos de alta gama. Además, ejerce la docencia puntualmente en la Universidad de La Rioja en el citado Máster, gestiona las 15 hectáreas de viñedos de su padre y lleva el asesoramiento de una bodega de Mallorca, en Pollensa, Can Axartell.

¿Mallorca? Este destino es nuevo en el relato, pero pronto vemos que tiene mucho peso en su vida… “En la recta final del doctorado llegó a la UR una chica de la Universidad de Mallorca con un contrato post doctoral”… Y una cosa llevó a la otra, la una a la otra… “A mí me ofrecieron un contrato en la Universidad de Mallorca por dos años, para investigar las variedades minoritarias de la isla, aplicar lo que había hecho en La Rioja en mi tesis. A ella también le surgió un tema de fisiología vegetal, que es su especialidad. Y nos fuimos allí”. Fue en esa estancia en Mallorca en la que se gestó su relación con Can Axartell, a los que ahora asesora. También fue allí donde se gestó su otro gran proyecto: Marc, de casi dos años. “Un devorador de uvas”, ríe Pedro. Luego tocó regresar a la tierra y continuar, los tres, su vida en La Rioja.

Mientras nos cuenta su vida, recorremos viñedos, la bodega de Vintae donde tiene sus proyectos investigadores, el calado donde deja reposar su vino… Nos llueve, anda mucho aire, pero justo cuando lo necesitamos, cuando se lleva a cabo la foto exterior, sale el sol y con él se dibuja un arcoiris casi perfecto. Las historias, parece claro que no son como empiezan sino como terminan. Como la vida de Pedro Balda, lo que le daba manía, hoy es su pasión.

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