CARTA AL DIRECTOR

‘La murga de Alfaro’

No sé si es porque recuerdan el olor de la ruta tendida por la piel del viento o es por la estela celeste que trazaron los rutilantes guiños de las estrellas en sus hermosas noches vividas sobre los tejados… pero estas gráciles aves como aviones en escuadrilla, sin GPS, no se pierden nunca. Van cruzando la embocadura del mar hacia su otro abrigo. Sí, ya retornan del largo y hambriento cinturón sahel africano. Ya están llegando las cigüeñas a sus viejos nidos sobre la copa de los árboles o sobre los dulces tejados de las iglesias. Muchas vienen aquí, a La Rioja, cuando el aire del invierno se perfuma de rosquillas anisadas. Vienen a buscarse la vida. Parecería un chiste si dijera que llegan sin papeles en el pico, pero del mismo sitio vienen otros, los que no tienen alas y cruzan el mismo estrecho pero encallando en el estuario del madero roto de su propio fiambre… Mal negocio nacer humano en África.

Pero qué culpa tendrán estas aves de paso protegidas por la ley de nuestra vileza del miedo a que extraños se sienten a comer un trocito de nuestro bienestar… Las cigüeñas vienen por aquí porque tienen los sotos del Ebro, el río Alhama, un vertedero cerca, y una tierra fértil a la que siguen y limpian de cizaña tras la labor de los aperos de labranza, que llena a rebosar su puchero y de rebote, criba el nuestro, dándonos el mejor ajuar de cada cosecha.

Y mira qué bien, han elegido la techumbre de la Colegiata de San Miguel de Alfaro para levantar una enorme colonia. Y los riojanos estamos orgullosos de acogerlas. Y los alfareños de soportar el ruido del entrechocar de sus picos: el crotoreo, o como decimos por aquí: de oírlas majar los ajos. Y hasta las mismas campanas de los pináculos de la iglesia enmudecen su voz de bronce ante ese tableteo de saludo, de gozo, de… Ya quisiéramos tener esa escuela de vida de la cigüeña. Esa nobleza. ¿Sabes que la pareja sella siempre su fiel amor y hasta la muerte?

Desde el mirador de las cigüeñas ven a contemplarlas: más de cien nidos hace que al caer la tarde aparezcan desde todas las direcciones y sobre el cúmulo de ramas descienden con precisión de acróbata. Inolvidable para el viajero, para pregonarlo a los cuatro vientos.Y sucede aquí, en Alfaro, en La Rioja, este bello e insólito escaparate de murga alada por los tejados.

Ya casi sordas a la llamada de los tambores de África, cada vez migran menos… Su alado cayuco vara feliz entre las olas de las tejas. Y más que huéspedes, son ya riojanas de pura cepa.

Aunque no traigan papeles en el pico.

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