Firmas

Carta al director: ‘Celoso por no ser de Anguiano’

Danzadores de Anguiano | Foto: Gobierno de La Rioja

Por Rubén Lapuente Berriatúa

Puedo soñar, celoso, con ser este último sábado de septiembre, el bisoño danzante de Anguiano, e inquietarme la víspera al tener alguna pesadilla o sobresalto: zarpazos que me vinieran de zancos agrietados, o de vahídos, o de trompicones… el verme de bruces sobre las piedras. Sí, celoso soñar ser un joven de Anguiano, y que eso me llevara a una cita. Que me dijeran: “¿Qué? ¿Cuándo te vas a lanzar por la cuesta? Ya tienes edad”.

Sí, del patio de la escuela, a cruzar por esa prueba de paso a la madurez, como hacían en la antigua Grecia los niños en la ceremonia de uso de razón, ofreciendo sus peonzas a los dioses porque ya comenzaban su preparación para ser hombres… Soñar ser la peonza que bailaba un dios antiguo…

Sí, celoso soñar ser el aprendiz de esos ocho jóvenes del pueblo. Y plantarme en lo más alto del vértigo con la mirada buscando labios de otros padres: “Cuando te vea bajar me veré a mí mismo”. Y dejarme atar minuciosamente los zancos, mientras haría sonar las castañuelas para ahuyentar la ansiedad de ese puro escalofrío. Soñarlo con sana envidia para ser una hebra más de ese largo zumbel de la sangre girando, que me uniera a esa ancestral danza, la primera… Y que aún no me tocara, y demorarme unos segundos viendo en las orillas y abajo de la empinada cuesta, el agobio de tanta mirada, de circo alguna, pero otras, sintiendo en su espalda punzar la memoria de siglos de un pueblo, me empujarían. Sí, puedo imaginarme abrir las alas de mis sayas… ¡Vertiginoso! ¡Girar y girar y girar…! ¡Verme casi volando! ¡Y no ver nada! ¡A nadie! ¡Desaparecer! ¡Oh, sí, ser la peonza de un dios!

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