Firmas

Soy del Chile

Crecí en el parque Chile, que ni era parque ni se llamaba Chile. Pero nosotros siempre lo llamamos así. Los de la plaza Fermín Gurbindo, que sí sabían bien el nombre de su zona, eran los de Gurbindo. Nosotros, los del Chile. El parque Chile se llama y se llamaba plaza Primero de Mayo. Y lo del Chile no se nos ocurrió en un golpe de rebeldía contra el nombre impuesto. Venía heredado del Plan Chile, que era como se conocía a esa zona. La plaza Primero de Mayo está rodeada de cuatro calles: Pérez Galdós, Lardero, Huesca y, evidentemente, Chile. Qué manera tan inconsciente de huir de nuestro origen proletario al borrar su nombre verdadero. Por qué elegir la fiesta de los obreros pudiendo huir a Latinoamérica.

Lo menos importante para nosotros era el nombre, que ni siquiera nos planteábamos cuando empezamos a crecer allí, jugando al fútbol en tumultuosas pachangas sin orden ni concierto. 50, 100 niños allí corriendo detrás de una pelota para marcar en cualquiera de las dos porterías. Quien dice dos porterías dice el hueco entre dos árboles, a un lado, y dos chaquetas, en el otro. La transición natural, con la edad, era dejar esos partidos improvisados para ir a jugar con una palanca y unos botones. Salones recreativos había para elegir. Los Donald, en un extremo del parque, cerca de la calle Chile. En los soportales opuestos estaba La Avellana. Y más cercanos a mi casa, los más peligrosos: Ranvi. En estos hasta tenían una zona de adultos, con tragaperras, que se antojaba un lugar inalcanzable para el que había que esperar a que el tiempo nos diera la edad.

Nunca nos la dio, porque los Ranvi terminaron mudándose unos cuantos metros y en su nuevo local desapareció la zona de adultos. Para entonces, ya habíamos ido dejando el Pang. En los Ranvi originales se mezclaba gente de todo tipo. Desde los kinkis del barrio hasta los chicos de las bombers, los que iban al fondo sur de Las Gaunas. Eran los fachas, que luego elegirían como fortín el Minicasino. Un salón recreativo que estaba en la calle Huesca. No era el parque Chile, pero casi.

Allí en Ranvi tuve mi primer contacto con los chicos malos del barrio. Terminé haciendo amistad con ellos. Amistad por decir algo. Porque uno de ellos terminó propinándome el primer puñetazo que recibí en mi vida. No fue grave, ni siquiera bien dado. Pero me hirió en lo más profundo: con 11 años había perdido la inocencia y me habían aplicado un artículo de la Ley de la Calle. Por qué me pegaron tiene su aquel. Dije que la casa de uno de ellos no olía especialmente bien, algo que había comprobado en una visita de apenas 5 minutos. Bueno, qué se le va a hacer. Aún hoy soy especialito para los olores. Ni a hostias se va un vicio así.

Aquellos tipos duros en cuerpos de adolescentes tampoco supieron explicarme nunca quién era Edar. O EdaR, porque así, con la primera y la última en mayúscula, había llenado Logroño de pintadas. No ponía nunca nada más. Solo EdaR. Seguro que en alguna generación anterior era un tipo sobradamente conocido, pero en la mía era casi un mito. Nuestro Muelle, con algo menos de estilo. Escuché teorías del tipo que el chico estaba en la cárcel, hasta que había muerto víctima de las drogas. Seguro que ahora trabaja en un banco o es un respetado padre de familia.

Si no me equivoco, había un EdaR en uno de los pasajes del parque. En el que da a la plaza Invierno. Explico: en las cuatro esquinas del parque había cuatro plazas con aparcamientos rodeadas de edificios, dos de ellas son hoy aparcamientos subterráneos y dos siguen tal cual, como aparcamientos a pie de calle. Los nombres de las plazas son Primavera, Verano, Otoño e Invierno. La que nos ocupa, esta última, es la que está al lado de mi casa. Y el pasaje por el que se accede a ella desde el parque ha sido siempre un vivero de grafitis. Inolvidable uno que, a buen seguro, harían los chicos de las cazadoras bombers: «Maturana, ¿un negro en la Casa Blanca?». Resistía ahí muchísimos años después de que el colombiano Pacho Maturana sonara para entrenar al Real Madrid. De hecho, cuando empecé a ver esa pintada ni siquiera sabía quién era Maturana.

Poco a poco fuimos dejando el parque Chile. Aunque volvíamos, por ejemplo, a tirar globos de agua en las fiestas del colegio, una ancestral tradición en los Jesuitas. Aunque el objetivo primordial eran las Escolapias y su entorno, siempre había alguna escaramuza por el Chile. Poco a poco el Chile terminó de confesionario. El último cigarro antes de subir a casa, de madrugada. Las cervezas, ya de adultos, cuando abrieron el Pato Borracho que siempre empezaban como un tomar algo y terminaban en un dónde tomamos una copa. Luego incluso abrieron un restaurante italiano, de comida tradicional y casera napolitana. Un restaurante que cerró de la noche a la mañana, como en una huida, y en el que una madrugada acabé con un compañero de trabajo tomando cervezas gratis invitados por el camarero. Nunca tuvo buena pinta aquel negocio.

El parque sufrió hace no demasiado la penúltima de sus reformas, en la que se incluyó una zona verde… pero verde solo en el color: pusieron césped artificial. Una genialidad solo a la altura de la que tuvieron muchos años atrás cuando construyeron una especie de estanques con peces. Pobres animales. Perecieron entre bolsas de gusanitos.

Ahora el Chile es para mí apenas una zona de paso. Lo cruzo, normalmente con prisa, y casi ni me detengo a ver las novedades. Ni siquiera sé si sigue abierto alguno de los dos sex shops que había y que en nuestra adolescencia eran lugares llenos de morbo a los que intentábamos asomarnos cuando alguien abría la puerta. Qué decepción hubiéramos sentido de haber visto los penes de plástico.

El Chile, lo dicen las placas, lo dicen también los programas de fiestas cuando incluyen algún acto como mariachis, se sigue llamando plaza Primero de Mayo. Para mí es un parque, pero es mucho más. Es el lugar en el que perdí la cabeza del disfraz de ratón con 7 u 8 años y un tremendo disgusto. Es el sitio en el que celebraba mi cumpleaños, en el bar Plaza, con sándwiches de Nocilla y cheetos. Fue en el Chile donde me fumé mi primer cigarro completo y donde confesé tantos secretos. También es donde se perdió mi perra y reapareció a las 48 horas. Por más que lo reformen, aunque lo llenen de césped artificial, nunca va a dejar de ser el parque Chile. Y si cierro los ojos, veo todavía abierto el taller de mi padre, en la calle Lardero. También veo a un chaval que quería aprender a ser malo y terminó pillando una hostia. Por más que me haya ido, siempre vuelvo. Aunque sea de paso, aunque no me detenga, aunque lo hayan reformado, lo sigo viendo igual.

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